Entre la vida y la muerte

PedroHerrero  Mientras esperaba que lo ejecutaran, el preso alojado en el corredor de la muerte sufrió un infarto del que tuvo que ser asistido sin la menor dilación. El equipo médico que se disponía a aplicarle la inyección letal, y que después debía certificar su defunción, se hizo cargo de la emergencia en la propia camilla prevista para el caso. Al otro lado del cristal, aguardando la respuesta del gobernador a la última petición de indulto, el director del centro penitenciario no se separó ni un instante del teléfono móvil, pendiente por igual de la llamada que podía decidir la suerte del recluso, como de su incierta recuperación. Y una tensión similar pudo verse en las caras de las personas que habían venido a presenciar la aplicación de la pena capital, fueran o no partidarias de la misma. Al cabo de unos minutos, con el reo estabilizado y fuera de peligro, todos comentaban que -de no mediar la rápida intervención del personal acreditado- el condenado no habría superado una crisis de la que ahora, aún sin saber si valía la pena que lo movieran de donde estaba, empezaba a recuperarse.

Pedro Herrero

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