¿Por qué tu nombre importa?

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La escritora María Konnikova acaba de publicar un metaestudio sobre decenas de investigaciones acerca de las implicaciones de los nombres propios. Más que enfocarse en los significados de los nombres, que muchas personas consideran como parte del destino (nomen est omen), se enfoca en las iniciales y las implicaciones socioeconómicas, muchas veces inconscientes, que los nombres arrojan para el resto del mundo (que también, sin duda, acaban siendo destino). El primer estudio que se llevó a cabo en torno a esto fue en 1948, cuando dos profesores de Harvard publicaron una investigación de tres mil trescientos hombres que se acababan de graduar. Los investigadores buscaron si sus nombres tenían algo que ver con su desempeño económico. Los individuos con nombres inusuales, encontraron, tenían más índices de haber reprobado o exhibido síntomas de neurosis psicológica que aquellos con nombres más comunes: los “Juanes” estaban funcionando muy bien, mientras que los “Berriens” estaban teniendo problemas.

Desde entonces cientos de investigadores han continuado estudiando los efectos de los nombres, y en las décadas siguientes a 1948, los resultados han sido reproducidos masivamente. Recientes estudios sugieren que los nombres pueden influenciar la elección de carrera, dónde vivimos, con quién nos casamos, si nos contratan en un trabajo, entre otras cosas. En pocas palabras, según estos estudios nuestros nombres determinan el camino que tomamos en la vida.

Mucha de la influencia aparente de los nombres en nuestro comportamiento, apunta Konnikova, ha sido atribuida a lo que se conoce como “efecto de egoísmo implícito”: generalmente estamos atraídos a las cosas y a las personas que más se parecen a nosotros. Ya que valoramos y nos identificamos con nuestros propios nombres e iniciales, la lógica es así: preferimos cosas que tengan algo en común con ellos. Esto se traduce, según su investigación, en qué marca de coches compramos o si donamos dinero a damnificados de un huracán que tiene la misma inicial que nosotros. Sin embargo, estudios más recientes han descartado estas asociaciones.

Pero uno de los estudios más elaborados, en el cual los investigadores Marianne Bertrand y Sendhil Mullainathan crearon cinco mil currículos en respuesta a una oferta de trabajo, tuvo resultados bastante interesantes. Crearon grupos de “nombres acústicamente blancos” (como “Emily Walsh” y “Greg Baker”) y “nombres acústicamente negros” (como Lakisha Washington y Jamal Jones). Mandaron estos dos tipos de currículos a la empresa y encontraron que los candidatos con nombres “acústicamente blancos” recibían 50 por ciento más seguimiento que aquellos con nombres “acústicamente negros”. Un promedio de uno de cada diez currículos “blancos” recibía llamadas de seguimiento, contra uno de cada quince “negros”. Los nombres, en otras palabras, mandan señales acerca de quiénes somos y de dónde venimos.

Al parecer, en el estudio de 1948, la mayoría de los nombres inusuales resultaron ser los apellidos usados como nombres propios –una práctica común entre familias blancas de clases altas, apunta Konnikova–, y sirvieron como señal de privilegio y derecho. Quizá sus portadores fracasados pensaron que podían mantenerse bien sin hacer mucho trabajo o que podían exponer una neurosis que en otra situación tratarían de esconder. Cuando vemos un nombre asociamos implícitamente distintas características con él, y usamos esas asociaciones, aunque sea sin saberlo, para hacer juicios no relacionados acerca de la competencia de su portador. “La pregunta importante”, apunta la escritora, no es “¿Qué hay en un nombre?” [Romeo y Julieta], sino “¿Qué señales emite mi nombre y qué es lo que implica?”.

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