Manual para darse a la bebida

Por: Mikel López Iturriaga

Kingsley amis

Kingsley, el cigarro y la botella. / TERENCE DONOVAN

En estos tiempos de corrección política, en los que cualquier opinión, ironía o broma puede escandalizar a un montón de necios carentes de sentido del humor, leer a un personaje como Kingsley Amis es como beber un trago de agua tras una caminata por el desierto. O mejor dicho, como beber una cerveza, un bloody mary o un gin tonic, porque es el alcohol en todas sus múltiples variedades de lo que trata el último libro del autor británico publicado en España, Sobrebeber.

Esta compilación de tres obras, Sobre el beber, El trago nuestro de cada día y El estado de tu copa, editados por Amis entre 1971 y 1984, reúne sus divertidísimos y muy contrastados escritos acerca del bebercio. Desde ya mismo aviso a los beatos, a los finolis del vino y la coctelería y a los incapaces de tomarse las cosas a risa siquiera por un momento de que no se acerquen a este libro, ya que está plagado de reflexiones irreverentes que no encajarán en sus estrictos códigos de conducta. Este señor pensaba que si no puedes molestar a nadie con lo que escribes, no tiene sentido escribir, y os aseguro que en este libro lleva tal principio a rajatabla.

Amis, que cultivó la afición a empinar el codo desde su más tierna juventud, escribe desde un mundo pasado, en el que se podían alabar la ebriedad sin que te salieran al minuto 100 pelmas a recriminarte por hacer apología del alcoholismo. Un mundo perdido en el que el boom de la coctelería moderna aún no se ha producido, la ginebra es una bebida vulgar y corriente para la que no hay marcas “de primera fila, a diferencia de lo que ocurre con los brandis y los whiskies”, y la piña colada se ha convertido en el cóctel adecuado “para cualquier hembra con un coeficiente de inteligencia de 95, recién bajada de la moto de alguien, para que la sorba con pajita mientras el maromo se dedica a gruñir ante la máquina tragaperras”.

Sin embargo, muchas de las ideas de esta cumbre de la literatura etílica resultan sorprendentemente actuales. Sus latigazos verbales contra los esnobs de la bebida podrían publicarse hoy mismo en cualquier medio de comunicación. “La cerveza es un tema espinoso”, escribe. “Hay expertos por todas partes. Lo mejor es adoptar la típica defensa Amis contra los enterados y considerar todo el asunto como una moda absurda. Si te obligan a beber cerveza, tú di: ‘Una jarra de cualquier lager, por favor. No dudo que todo ese rollo de la fermentación y el CO2 es fascinante, pero la vida es muy corta”.

Además de un montón de recetas de cócteles y fantásticas anécdotas sobre colegas bebedores como Evelyn Waugh -que mezclaba el champán con cerveza negra- y la reina Victoria -que aderezaba el vino tinto con una generosa dosis de whisky y paralizaba la ascensión de cualquier clérigo anglicano que condenara el alcohol-, Sobrebeber rebosa de consejos unas veces útiles y otras, cuestionables, pero casi siempre hilarantes acerca de cómo se debe acercar uno a la bebida.

Equípate de lo necesario y evita lo superfluo

En la primera parte del libro, el padre de Martin Amis nos ofrece un curso práctico de lo que debemos tener en casa antes de darnos al buen beber. Entre otros trastos, recomienda poseer un frigorífico. “Sólo para ti, quiero decir. Esto es básico. La mujer y los demás parientes siempre están llenando la nevera de porquerías irrelevantes como la comida”.

Aconseja hacerse con una cuchara de bar, un colador o frascos para mezclar o medir, pero curiosamente rechaza la coctelera: “A mí siempre me ha parecido que un minuto extra removiendo es lo mejor. El problema de esos trastos es que resultan muy chapuceros a la hora de servir y, lo que aún reviste mayor importancia, son demasiado pequeños y nunca contienen más allá de seis tragos. No estaría mal una coctelera del tamaño de una sombrerera, pero yo nunca he visto ninguna”

Olvídate de la ortodoxia mixológica

Más de una recomendación de Amis causará irritación entre los puristas de la coctelería. A él, como es lógico, le importaría un pimiento. “Para conseguir cualquier licor que vaya a ser mezclado con zumos de frutas, jugos vegetales o cosas por el estilo, recurre al material fiable más barato”, asegura adelantándose a la ola de chorradas premium que nos azota en la actualidad. También prefiere la presencia de hielo aunque agüe la bebida: “Es más importante que una bebida fría esté todo lo fría posible que lo más concentrada posible”.

Kingsley amis con copa

Ponme otra copita. / THE INDEPENDENT

Prima la cantidad frente a la calidad

Amis es un bebedor nato al que no le gusta andarse con tonterías. Por eso se atreve a defender posturas capaces de abochornar a cualquier gourmet. “La mayoría de la gente prefiere beberse dos vasos de un oporto decente que uno de cosecha especial. En la misma línea de pensamiento, dales vasos grandes, no pequeños, salvo excepciones. Los bebedores serios se mostrarán complacidos y tranquilos, mientras que los no serios no se ofenderán, y tú perderás menos tiempo de amena cháchara en rellenar las copas”.

Bebe el vino que te dé la gana

En la misma línea de sus afirmaciones sobre la cerveza, nuestro querido Kingsley también sacude -y con más razón que un santo- a los enterados del vino. “Sigue los consejos de los tenderos, de los clubs de vinos, de los camareros que entienden y hasta de los periodistas especializados, pero ten siempre presente que el veredicto final es cosa tuya. De la misma manera que ciertos abogados mantienen sedados a sus clientes basándose en una sofisticada jerga legal, también hay esnobs del vino, supuestos expertos y vendedores celosos conspirando a tu alrededor para convencerte de que el tema es demasiado misterioso para ser abordado por una persona normal carente de asistencia continua. Esto es, por decirlo de una manera educada, una fantasmada”.

Por lo visto, en su época los sabios del vino ya estaban dando la caca con el asunto de los maridajes, ante los que reacciona con la debida contundencia. “Acompaña la comida con el vino que te plazca. Aquella pareja del norte de Inglaterra sobre la que leí en cierta ocasión, que había acompañado el rodaballo a la plancha con una botella de pipermín, debería constituir una inspiración (aunque no un ejemplo a seguir a rajatabla) para todos nosotros”.

Si eres tacaño…

Nuestro héroe también tiene corrosivas palabras dedicadas a los ratas, esas personas que gustan de racanear cuando reciben a amistades en sus casas. Sus recomendaciones para ellos no pueden ser más afortunadas. “Prepara bebidas pre y poscena en alguna despensa, zulo o rincón bien alejados de la escena principal. De esta manera no sólo disimularás tu tacañería, sino que también convertirás cada nueva ronda en un leve esfuerzo, poniendo así el foco de manera desfavorable sobre cualquiera que se empeñe en sacarte toda la bebida adicional posible. Siéntate siempre en un sillón donde te quedes convenientemente hundido y procura que se te note que te cuesta un poco levantarte; a partir de ciertas horas de la noche, puedes emitir incluso alguna queja o gruñido, pero cuidadito con la sobreactuación”.

No hagas cosas raras para evitar toñarte

Cómo no emborracharse es seguramente el capítulo menos basado en la experiencia personal de Amis. Aun así, es tan rico en consejos más o menos fiables como en historietas cómicas. Mi favorita es la referente al famoso truco de beber aceite antes del alcohol, algo que mi padre siempre nos recomendaba (pero que nunca le vi hacer a él). “Un conocido mío empezó la velada con un vaso de aceite de oliva, seguido de una docena de whiskies. Los cuales, tras dos horas lamiendo la mucosa que supuestamente cubría su estómago, se colaron al fin en él y lo dejaron tirado en el suelo del bar del hotel Metropole, en Swansea (afortunadamente, cuando yo ya me había ido)”.

Piensa en la bebida como un bien de la Humanidad

Aunque no es el objeto de sus escritos -sospecho que el asunto le aburría profundamente-, Amis tambien habla de las motivaciones del ser humano para entregarse a la ebriedad. Para él, “la conversación, la risa y la bebida están conectadas de un modo especialmente íntimo y profundamente humano”, y “la raza humana no ha descubierto otro sistema para eliminar barreras que resulte la décima parte de eficaz y oportuno a la hora de permitirte relacionarte con los demás en un entorno agradable: basta con interrumpir tu sobriedad”.

Poco sorprendentemente, su defensa de las virtudes del drinki es cerrada. “Los beneficios sociales de la bebida en colectividad superan los desastres individuales que puedan precipitar. Un equipo de investigadores norteamericanos llegó a la conclusión de que sin el estímulo aportado por el alcohol, sin la relajación que promueve, la sociedad occidental se habría desmoronado durante la Primera Guerra Mundial. La bebida vino para quedarse; moraleja aparente: si ella se va, nosotros también”.

Sobrebeber kingsley amis
El libro en cuestión. / EL COMIDISTA

Entiende la resaca como un camino hacia el autoconocimiento

Para muchos, el mejor capítulo de Sobrebeber es el dedicado a la resaca, una lúcida reflexión rebosante de ingenio, humor y perspicacia acerca del mal pospriva. Según Amis, los consejos para combatirlo se han centrado demasiado en el lado físico, cuando la resaca es más que una simple enfermedad. “Siempre se omiten los aspectos psicológicos, morales, emocionales y espirituales: toda esa superestructura metafísica amplia, vaga e ilustrativa que convierte la resaca en un campo privilegiado hacia el autoconocimiento y la autorrealización”.

“Cuando esa mezcla inefable de depresión, tristeza, angustia, desprecio de uno mismo, sensación de fracaso y miedo al futuro empiece a imponerse, recuerda que lo que tienes es resaca”, recuerda. “No te estás poniendo enfermo, no has sufrido una leve lesión cerebral, no haces tan mal tu trabajo, tu familia y amigos no han tramado una conspiración de silencio a tu alrededor para que descubras que eres un mierda, no estás viendo por fin cómo es realmente la vida y no hay por qué llorar por la leche derramada”.

Para combatir la “resaca metafísica”, recomienda distintas lecturas y músicas. Entre ellas, el libro de Alexander Solzhenitsyn Un día en la vida de Iván Denísovich. “No es demasiado deprimente, pero la visión que aporta de la vida en un campo de concentración soviético te hará el inmenso favor de sugerirte que hay mucha gente que debe aguantar bastante más de lo que tú (o yo) hayas soportado o debas soportar jamás, por lo que no mereces la más mínima compasión, propia o ajena”.

En el apartado sonoro, considera que el jazz no conviene para la resaca metafísica, y el pop agudiza la física. “Pero si de verdad piensas que la vida no podría ser más siniestra, recurre a cualquier tema lento de Miles Davis. Así intuirás que la existencia, por deprimente que sea, no puede serlo tanto como la presenta Davis. Cuentas también con la posibilidad de que escuches a algún transeunte referirse a Davis como Miles, en vez de Davis. El ataque de adrenalina que sufrirás al oír esta lamentable muestra de seudofamiliaridad te alterará el sistema nervioso, y en cuanto derribes al sujeto ofensivo, volverás a creer en tu masculinidad, fuerza bruta y demás”.

Cómo adelgazar bebiendo

La dieta del beodo es posiblemente el apartado más delirante del libro. En él, el escritor cuenta cómo adelgazar “sin reducir la ingesta etílica en lo más mínimo”, para lo que esboza un régimen que ningún nutricionista recomendaría a no ser que estuviera bajo el efecto de varios Jaggermeisters. Si vas a un restaurante, escribe, “pide algo que odies o que sepas que hacen fatal. Tras unos pocos bocados de pollo Kiev o buey Stroganoff, habrás satisfecho el apetito”. Hay que reconocer, eso sí, que algunos de sus consejos tienen sentido, como el de preferir los vinos y licores secos y evitar los refrescos, apostando por el agua y la soda como mixers. Y es que Amis puede parecer un bebedor insensato, pero en realidad sabe de lo que habla.

‘BLOODY MARY’ DE KINGSLEY AMIS

Ingredientes

  • 1/2 botella de vodka

  • 1 litro de zumo de tomate

  • 2 cucharaditas de kétchup

  • 4 cucharaditas de zumo de limón

  • 4 cucharaditas de zumo de naranja

  • 1 cucharadita (por lo menos) de salsa Worcester

  • 1 pizca de sal de apio

  • Hielo

Preparación

1. Poner en un recipiente pequeño el vodka, el kétchup, la salsa Worcester y la sal de apio. Agitar hasta que el kétchup emulsione por completo.

2. Mezclar el zumo de tomate con los de frutas en una jarra. Añadir la mezcla anterior, echar hielo, remover de nuevo y servir en copas de vino o parecidas.

http://blogs.elpais.com/el-comidista

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