Pedir perdón

La iglesia católica tiene, desde tiempos inmemoriales, un curioso sistema para pedir y dar perdón por los pecados cometidos. Simplemente hay que confesarlos.

Hacer un acto de contrición desde el arrepentimiento y después rezar unos cuantos padres nuestros y otras tantas aves marías, ¡Zaz! El pecado se desvanece, como por arte de magia en el aire. Es sin duda eficaz y muy conveniente para aquellos que creen que hay una corte celestial y un magistrado supremo que desde el cielo juzga y condena con tanta suavidad de manera pronta y expedita por medio de sus emisarios en la tierra. Pero también puede comprarse el perdón con dinero contante y sonante.

En 1506, se vendían en Europa, alegremente las llamadas “indulgencias”, que eran letras de cambio que “perdonaban” los pecados cometidos o por cometer, a cambio de donativos para ayudar a la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. Mediante  estas cartas certificadas por los más altos dignatarios de la iglesia católica, el poderoso caballero, don dinero, obraba pequeños y grandes milagros y volvía puros a los impíos.

Una especie de poderoso detergente que quitaba las manchas del alma. No existía un límite en la compra de “indulgencias”, excepto el que las arcas del peticionario permitiera. La práctica de las indulgencias fue encuadrada por la Congregación de las Indulgencias, creada por Clemente VIII (1592-1605) e integrada a la Curia Romana por Clemente IX en 1669.

Sus competencias fueron transferidas en 1908 al Santo Oficio y en 1917 a la Penitenciaria apostólica. El Código de Derecho Canónico de 1983 las regula detalladamente en su Libro IV, Parte I, Título IV, Capítulo IV, cánones 992 al 997. El canon 992, dice a la letra: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos”. Y puede ser consultado en la siguiente liga de una página del Vaticano.

El tema es que hay una variada oferta que ofrece la “administradora de la redención” para lavar los pecados, empezando por el muy barato y sencillo que consiste en pedir perdón. Así, los tristemente célebres “Legionarios de Cristo”, piden  públicamente perdón a las cientos de víctimas de abusos y pederastia, y acostumbrados al sistema implementado por la iglesia que los cobija, piensan que con ello es más que suficiente. Pero sin duda se equivocan.

Quienes cometieron y siguen cometiendo esos crímenes, tipificados como tales por diversos códigos penales del mundo, pueden pedir todos los perdones que quieran, pero tendrán que pagar no sólo con “indulgencias” o rezos, sino con las penas impuestas por la justicia terrenal, representada por las cortes, los jueces y las autoridades de aquellos estados o naciones donde fueron cometidos. Hablo de cárceles.

No hay eufemismos al respecto. Un transgresor de la ley puede sin duda pedir perdón a su víctima, pero tendrá que pagar con la prisión dependiendo de la gravedad del delito cometido. Y las víctimas de esos depredadores sexuales, e incluso la sociedad, no deberían esperar menos al respecto. Se dice donde vivo, que es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Pero a la hora de recibir el castigo por la falta cometida, no hay más sopa que la que propinan quienes tienen la autoridad para ejercerlo. ¿En algún momento de la historia se pidió perdón o se recibió algún castigo por los larguísimos años de inquisición y los aberrantes crímenes cometidos en su nombre?

Me parece que no. Va siendo hora que la justicia (la de los humanos) tome cartas en el asunto de abusos y pederastia realizados por  miembros de la iglesia en el siglo pasado y el actual (para no ir tan lejos) y actué en consecuencia. No estoy de acuerdo con el perdón, pero sobre todo, no estoy de acuerdo con el olvido. Todos sabemos bien, que los que olvidan estarán condenados a repetir una y otra vez esos horrores criminales que han hecho de este mundo, el lugar inhóspito en el que hoy se ha convertido.

Por: Benito Taibo

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