Altamira: copias, réplicas y originales

Por: Estrella de Diego

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Cueva de Altamira. Pedro A. Saura

Hace poco -y como es lógico sólo para visitas muy escasas- se ha reabierto la tan conocida cueva de Altamira, una de las joyas mundiales del arte rupestre que, con el fin de ser conservada, se cerró al público hace bastante y después de ser duplicada para permitir de este modo el acceso a los visitantes.

Esa copia –o más bien réplica-, la “Neocueva” –como fue bautizada y de la cual hablaba Elsa Fernández-Santos en un estupendo artículo-, ha sido de hecho lo que la mayoría de las personas de a pie han llegado a conocer en estos últimos años. La otra, la verdadera, se ha quedado para algunos privilegiados o para los que como yo y antes de que cerrara, tuvimos ocasión de verla, incluso hace muchísimos años, cuando el público era más que escaso y la visita se llevaba a cabo casi con linternas. Era la cueva de mi infancia,  la cueva a la cual nos llevaban mis padres en algunas de sus frecuentes excursiones y resulta sorprendente  el modo en  que recuerdo aquellas visitas de niña, la sensación de sobrecogimiento que ha vuelto al regresar a Altamira muchos años después.

Será el ambiente oscuro, frío y húmedo, será la impresión profunda que causa la sola idea del paso infinito del tiempo, pensar que allí mismo, en ese lugar, estuvieron pintando los artista pretéritos, si se les puede llamar artistas, claro. Será porque, pese a lo que diga Benjamin, incluso las fotos tienen aura –lo comprobé al tener en la mano una foto de Duchamp de la colección de Madame Duchamp. La cuestión es que visitar Altamira –la real- no produce la misma emoción que visitar la réplica, al menos a mí.

Pero volvamos al punto de partida. Volvamos a una cuestión  que me parece básica para tratar de descifrar si da lo mismo abrir que cerrar la cueva, si es igual ver la real o la réplica; si merece la pena arriesgar la conservación con las visitas o si vale la pena conservar algo que  al final nadie puede disfrutar. Preguntemos a los visitantes si han sentido sensaciones diferentes en una u otra cueva o si por el contrario no ha sido así. Hagamos luego la pregunta incómoda: ¿decimos que hemos notado diferencias para que no nos tachen de insensibles, debido a la presión social  y nuestra fascinación hacia el “original”?

La cuestión es candente  ya que pone el dedo en la llaga respecto a la conservación misma de los monumentos, en algunos casos muy deteriorados por el tráfico y la polución, se comenta a menudo. Se dice mucho, por ejemplo, del Coliseo romano y hasta se habló, hace años, de hacer réplicas de los monumentos y cerrarlos en plástico para que no se estropearan. Esta historia, sin duda una idea de la “era berlosconiana” de la cual alguna empresa iría a sacar más dinero que la propia marca de zapatos por la explotación del monumento, suena a mitad de camino entre absurdo y ciencia ficción. ¿Se iba a hacer un edifico capaz de albergar el monumento inmenso y poner en medio de la ciudad una réplica de algún material plástico, resistente?

¿Se imaginan? Roma, la pobre, que ya es bastante parque temático, ¡toda de plástico! ¿Y qué iría después? ¿El Battistero de Florencia? Con el riesgo, además, de desmontar la cúpula que dio tantos quebraderos de cabeza a Brunelleschi y , con lo torpes que somos ahora, seguro que no la conseguiríamos volver a hacer.

Pero dejando a un lado estas cuestiones que tienen algo de broma y que tampoco son exactamente el caso de la cueva de Altamira, parece obvio que se trata de asuntos unidos a nuestro propio concepto de “originalidad”, clave para nuestra cultura y, sobre todo, en lo referido al “arte”. Poner en entredicho esa “originalidad” -que es tanto como la unicidad- es a veces el anatema del arte contemporáneo, donde se han roto por completo las antiguas barreras -o casi, porque luego a la hora de la verdad el más replicante de todos, Andy Warhol, deja claro que “no hay dos  iguales”.

También es posible que se trate de una  simple adquisición cultural, como el resto de emociones que sentimos a lo largo de nuestra vida. Quizás lo que creemos sentir ante la auténtica cueva sea sólo lo que nuestra cultura nos ha dicho que tenemos que sentir. Me hizo reflexionar sobre este particular una colega india después de una conferencia en Dehli. Al acabar de hablar del caso de la Exposición Colonial de 1931, con el mundo a mano en el recinto del Parc de Vicennes, incluida la reproducción en cartón piedra de Angkor de la cual se hicieron postales –en lugar de reproducir la auténtica, me  comentó inquisitiva: “¿Y qué? Qué historia tan rara tenéis con las copias.”

Y seguro que son manías y adquisiciones culturales, pero la emoción me parece diferente ante el original, aunque la copia sea perfecta. ¡Imaginen ustedes que hasta estoy convencida que el Guernica del Reina es una copia y el auténtico se lo ha quedado el MoMA en sus almacenes! Aunque, dicho esto, pare tenerlo guardado, sin que nadie lo pueda ver, mejor la copia, ¿no?

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