El mamut: ¿especie a revivir o patentar?

El mamut: ¿especie a revivir o patentar?

En una escena de The Lost World: Jurassic Park 2 (Spielberg, 1997), el doctor Ian Malcolm (Jeff Goldblum) advierte a su novia, a su hija y a los ecologistas que lo acompañan, todos extasiados y eufóricos por la vista de las manadas de dinosaurios que pastan en las praderas de Sorna, una isla de Centroamérica: “Sí, así es aquí, primero todo es risas, alegría, asombro, pero después empiezan las corretizas, los gritos, las muertes”. Se refiere, por supuesto, a la trama de la primera película, en la que también figura el personaje, detractor del proyecto de traer de vuelta a la vida a los reptiles prehistóricos.

La novela que dio pie a esta saga cinematográfica, obra de Michael Crichton (1942-2008), data de 1990. El autor acude a los avances científicos de la época, retomando estudios de universidades prestigiadas, para dar verosimilitud a su trama ficticia. Cita los adelantos en clonación y ADN disponibles para relatar que a partir del material genético preservado en un mosquito jurásico, atrapado en ámbar, combinado con el de varias especies de reptiles contemporáneos, puede traerse de regreso a especies que vivieron, las últimas de ellas, hace 65 millones de años.

Veinticuatro años después, gracias a un reportaje publicado el jueves pasado en el New York Times, el lector no especializado se entera no solo de que el procedimiento, con aplicaciones más modernas que las recreadas por Crichton y Spielberg, ya es una realidad en los laboratorios (“bringing extinct animals back to life is really happening”), sino que ahora la discusión ya está en el terreno de la ética y de la economía. ¿Un mamut traído de vuelta debe ser una especie “nueva” o un producto a patentar? Ese, le cuentan los científicos al reportero Nathaniel Rich, es el debate.

En materia de laboratorio, George Church es el nombre a seguir, biólogo molecular de Harvard que trabaja en nuevas tecnologías genómicas. Consultado sobre la posibilidad de sacar de la extinción una variedad de pichón, cuyo último ejemplar fue visto en 1914, respondió a algunos colegas, en febrero de 2012, con un detallado plan para consumarlo. Con la demostración que dio en su alma máter ante expertos, todos quedaron convencidos de que no solo podía aplicarse para esa ave (plan que comenzó en 2001), sino para otras especies.

El proyecto ha entusiasmado no solo a los científicos, sino también a personajes como Sergey Zimov, quien ha creado una reserva experimental en Siberia, llamada “Pleistocene Park”, que pretende poblar con manadas de mamut. Stewart Brand, una institución en el tema y principal impulsor de lo que llaman “de-extinction”, dice sobre el caso: “Lo hemos enmarcado en términos de conservación. Estamos reviviendo a la especie para restaurar la estepa del Ártico. Uno o dos mamut no es un éxito. Cien mil de ellos será un éxito”.

El bucardo es una subespecie de cabra montés que se extinguió en 2000. El último ejemplar era una hembra llamada Celia, que murió aplastada por un árbol. El investigador Alberto Fernández Arias extrajo material del animal y lo congeló en nitrógeno líquido. Usando la técnica aplicada a la oveja Dolly, primer mamífero clonado, el equipo usó el ADN para crear embriones implantados en 57 cabras. Una tuvo éxito, si bien la cría murió por asfixia a los pocos minutos de nacer. El método, conocido como transferencia somática celular nuclear, solo puede efectuarse cuando hay material celular.

Beth Shapiro, otro especialista, descalifica la idea de revivir al mamut. Considera que acaso insertarán material genético en un elefante de la India para hacerlo peludo. Al final, valga retomar la respuesta de Norman F. Carlin, autora de un ensayo sobre el mamut en The Stanford Environmental Law Journal sobre si los animales revividos deben ser protegidos por la Ley de Especies en Peligro de Extinción o regulados como organismos modificados genéticamente: “Deben ser productos del ingenio humano, elegibles para ser patentados”.

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ALFREDO C. VILLEDA/http://www.milenio.com

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