¿En qué estás pensando?

¿En qué estás pensando?

Las mujeres, sobre todo, aquellas que nos quieren y se interesan por lo que nos pasa, tienden a preguntar en los silencios de la relación: “¿En qué estás pensando?”

Creo que, salvo alguna que otra excepción, todas las parejas se encuentran con esta pregunta femenina que de una parte denota curiosidad, de otra es afectividad y, finalmente, hasta una especial clase de miedo. El pensamiento no se puede controlar ni excavar incluso para la misma persona que ahonda demasiado en él pero desde luego es prácticamente imposible extraer en segundos sus postulados. La respuesta a esta cuestión ardua que interroga sobre el contenido de lo que se está pensando, es la frase fría (frente a ardua) que dice: “no estaba pensando en nada”.

Pero ¿es posible no pensar en nada? ¿Adquirir por unos momentos el modelo animal y vivir el presente inmediato que como tal no tiene nada que ofrecer sino su redundancia?

Efectivamente los animales lo entienden mejor porque, al cabo, piensan del mismo modo a como rumian. Nosotros en cambio cuando rumiamos es precisamente cuado más estamos dándole vueltas y vueltas al tema. Tema central que, siempre, se vuelve arborescente y conduce a esas marañas ininteligibles en las que nosotros mismos nos preguntamos, al cabo, confusos y abrumados: “¿En qué estaba pensando?” “¿Cómo es que llegué hasta aquí?”

El pensamiento se muestra así como la potencia independiente y rizomática que suele ser. No pensamos sino que nos pensamos como, efectivamente, no matamos el tiempo cuando no hacemos nada sino que es el tiempo quien siempre nos mata y nos mata.

 No sabemos por un  momento en qué estábamos pensando pero no, de otra parte, no puede decirse que estábamos muertos ni bestializados. ¿Entonces? El pensamiento hace en esos trances  como si ausentara hacia otra mente que tiene más necesidad de él porque ¿cómo dejar de apresar el recuerdo del pensamiento mediando algo importante en que nos  va el amor, la vida o el resultado del encuentro?

“El pensamiento no tiene asiento”, decía Eduardo Aute. Va de un lugar a otro y se posa aquí y allá como un ave. Sin embargo, puede morirse también de una atmósfera enrarecida o agujerearse por la obsesiva barrena que nos traspasa desde la cabeza a los pies. Una psicosis que termina por enloquecernos o, como metáfora, nos introduce en una especie de Alzheimer que no aguanta más el ordenado movimiento de la mente.

Todo viene pues de que al haberme reencontrado con un  amigo, ya muy envejecido y decepcionado (todos los viejos, veteranos de la vida, portan en su semblante una mueca de decepción, dice Ciorán) que con su perspicacia respondía siempre a la  pregunta de “¿qué estás pensando?” con la sentencia de que se hallaba pensando precisamente en aquellas cosas en las que siempre se piensan cuando se dice al otro que no se piensa en nada.

No pensar en nada. He aquí la felicidad suprema. Ortega decía que el pensamiento era para los seres humanos como el gorjeo para los pájaros. Con ello se entretenían a solas y se deleitaban. Sin embargo un poco más allá, en la nada del pensamiento irreconocible, hay una laguna donde parece que flotando boca arriba en ella, haciéndonos los muertos, nos hemos librado de la muerte. Por el momento. Abandonados al no pensamiento de la nada.

Vicente Verdú/http://www.elboomeran.com/blog/11/blog-de-vicente-verdu/

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