La envidia en acción

Por: Ángel Gabilondo

Bearden-la-prevalencia-del-ritual-el-bautismo-

La envidia es la cuna del resentimiento y se nutre de la inseguridad. Es cierto que uno admira cualidades, competencias y valores, pero no precisa desear que los demás los pierdan, para tratar así de hacerse con ellos. Bien se dice que la envidia es más la insatisfacción por el bien ajeno que el deseo de su mal. Sin embargo, a veces, ambas posiciones conviven con naturalidad. Lo que más parece molestar, entonces, no es que el otro haga lo que hace, sino que sea como es y, en concreto, que sea quien es.

Vivimos en general asentados en una montaña de sombras. Vienen a ser ya tan nuestras que cuesta distinguirlas de quienes somos. Y convengamos que hay asuntos sobre los que es difícil sustraerse de hablar en primera persona. Ello suele tener algo de impúdico, pero en ocasiones es ciertamente inevitable si se pretende decir algo al respecto.  En cierto sentido, cada quien tiene también sus propios defectos. Tampoco es imprescindible que sean especialmente peculiares para compartirlos, antes bien, lo común favorece la comunicación. Se dice que cada cual, a su modo, siente envidia. Sin embargo, hay quienes no son especialmente dados a padecerla, mientras se apodera verdaderamente de algunos, hasta constituir el sentido de sus juicios y actitudes. Solo asi se explican ciertos comportamientos sociales.

Resulta triste cuando el deseo se encamina más a pretender que el otro se despoje de lo que tiene o le constituye, incluso que lo pierda, aunque ello no suponga ninguna modificación ni en nuestro saber, ni en nuestro poseer. Parecería bastar con que se viera privado de aquello que, incluso antes que quererlo para nosotros, que no se excluye, pretendemos que no sea suyo. Es suficiente con que se malogre. Pero no es solo un asunto del tener. Tratándose del poder, el deseo de hacerse con el que los demás ostentan podría obedecer simplemente al de que no sean precisamente otros, unos concretos otros, quienes lo ejerzan u ocupen, más que a la voluntad de disponer de condiciones para actuar. Y ello añade ya diferentes componentes, a veces bien justificables, aunque polémicos. Si es cuestión del saber y del conocer, es razonable querer mejorar los propios, aunque eso no implica necesariamente que, para lograrlo, los demás se desprendan de ellos. Sin embargo, la envidia busca no solo la apropiación, sino prioritariamente la expropiación del bien ajeno. Ello, que podría ser tan increíble como impresentable, es “lo natural” del envidioso. Ahora bien, en tal caso, las raíces son asimismo otras. Se comprende, por tanto, hasta qué punto, y para empezar, la envidia es autodestructiva, una verdadera maquinaria de dilapidación de uno mismo.

Return

El extendido afán por comprender las razones por las que alguien puede llegar a ser desagradable, incluso incómodo, sin otras causas aparentes que sus cualidades o su simple existencia, permite reconocer que son múltiples y, desde luego, podrían esgrimirse. Sin embargo, sorprende que haya quienes en todo, y prácticamente siempre, se muevan casi exclusivamente por ese motor de su juicio y de su acción, que es la envidia. No hace falta más. Ella les posee. Posesos de la envidia, ya no la tienen ni la padecen, son envidiosos. Y víctimas de ella, y de sí. Ante la imposibilidad de alcanzar, no ya ciertos logros, sino de alcanzarse a ellos mismos, su esfuerzo parece encaminado a que nadie lo consiga, ni se acerque a conseguirlo. La envidia se sustenta en una cierta impotencia. Y solo es sana cuando no se tiene.

En cualquier caso, presumir de no sentirla puede constituir asimismo un modo de no reconocer su incidencia. Ni es tan fácil hacerlo, dado que precisamente la envidia suele sustentarse en otras razones que desplazan la necesidad de tener que soportarse constatando que se padece. Se trata de algo corrosivo que permite construir bien poco. Su carácter disolvente suele ser eficaz, en especial para procurar alguna forma, tanto de autojustificación como de autodestrucción. Su capacidad para nublarlo todo se ve acompañada de una paradójica potencia para la iluminación, aquella que proyecta una luz sombría sobre cualquier logro. De este modo, resulta más cómodo sobrellevarlo que tener que aceptar que alguien realice algo bien, o que sepa, o que pueda. O que sea alabado, o que se considere interesante o atractivo quien es y lo que hace aquel a quien envidiamos.

No siempre la envidia es tan explícita, ni tan contundente. En ocasiones adopta formas sutiles para desplazar las aptitudes ajenas en nombre de una supuesta posición equilibrada y objetiva. Cualquier mínimo resultado se atribuye a causas espurias, a intereses poco presentables, o a torcidas razones. Todo, en cualquier caso, antes que verse conducido a alguna suerte de admiración. Hay quienes se asustan de encontrar cualidades en los demás. Hay quienes, por el contrario, las disfrutan, pero otros literalmente sufren ante las cualidades ajenas, pues quizá temen enfrentarse con las carencias propias. La denominada “sana envidia” es un remedio no pocas veces peor que la enfermedad.

Beraden-sermones-los-muros-de-jericó- GRANDE

La envidia supuestamente sofisticada se presenta asimismo como presunta ecuanimidad, equidistancia, temple de ánimo, con tal de no verse arrastrada al reconocimiento y, menos aún, a la alabanza. Si parece digno de admiración, no puede ser verdadero. Únicamente no cabría dudar de la sinceridad de lo impresentable. Sin embargo, un tanto paradójicamente, una sociedad incapacitada para el reconocimiento se entrega a la adulación más que a la emulación. No habría nada que imitar ni que seguir. Cualquier referente sería desautorizado, en nombre de una distancia, incluso a pesar de lo merecido.

La gran descalificación generalizada, en lugar de las buenas razones para un espíritu libre, activo y crítico, evidenciaría nuestra propia incapacidad. La cuestión no es que nada acaba de estar del todo bien, el asunto es que nada ni nadie merece la pena, no está a la altura, ni es capaz. Solo aquellos que tienen el detalle de no destacar, ni de ser singularmente ellos mismos. La envidia es entonces la arrogancia de lo anodino.

Más significativa resulta aún la desazón de quienes propiamente no la sienten por otros, sino que no comprenden por qué no son ellos quienes en concreto merecen nuestra admiración. De ahí no se deduce que la merezcamos nosotros, ni que hayamos de despertarla, ni que tengamos que padecerla o sentirla para sabernos autónomos y autosuficientes. Una vez más, se trata de que el sujeto de la enunciación sea a la par el sujeto de la conducta.

10911

(Imágenes: Pinturas, reproducciones  fotomecánicas y  collages de Romare BeardenThe Prevalence of Rituals: Baptism, 1964; Return of the Prodigal Son, 1967; Sermon: The Walls of Jericho, 1964; y Uptown Looking Downtow, 1980)

http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel

Deja un comentario