Leer ‘El señor de las moscas’

Por: Virginia Collera

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Leí El señor de las moscas en el internado cuando tenía trece años en una edición especialmente reforzada -sin ironía ni, probablemente, demasiado éxito- contra el salvajismo cotidiano de los colegiales. Los ejemplares nuevos de estreno se repartieron en clase una tarde de verano. Las cubiertas de cartón de doble grosor eran de un dorado intenso, que nos llegó a parecer el color de la arena de una isla desierta y del apellido del autor. Era el tipo de libro que crujía la primera vez que se abría, y la cola de la encuadernación despedía un olor ligeramente fecal, que pronto asociamos a chicos atiborrados de frutas tropicales a los que les había entrado un apretón en la playa.

 

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El texto era sorprendentemente claro, en armonía con las aguas límpidas de la laguna. Algo me habría llegado de la fama de la novela porque ya sabía que era un libro serio, escrito por un adulto para que otros adultos le prestaran toda la atención. En esa época ardía en deseos de entrar en el mundo de los libros de verdad. Empecé la primera página con avidez y leí demasiado rápido porque me quedó la idea de un chico con una cicatriz enorme y un pájaro capaz de hablar.

 

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Empecé de nuevo, esta vez más despacio, y me inicié, aunque entonces no podía saberlo, en el proceso mediante el cual los escritores le enseñan a uno a leer. No todas las cicatrices las llevan las personas, esa estaba en el entramado de la jungla. Y el chillido de un ave podía encontrar eco en el chillido de un niño y por lo tanto parecerse a él.

 

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Dos descubrimientos relacionados me proporcionaron un placer inmediato. El primero fue que, en un libro de adultos como este, los adultos y todas sus preocupaciones grises e impenetrables no eran importantes. Me encontraba con las situaciones que poblaban mi imaginación y mis lecturas infantiles preferidas. Durante años había fantaseado con que, oportunamente y de manera indolora (no quería en absoluto que sufrieran), los adultos se esfumaban lo que nos obligaba a mí y a un puñado de amigos de lo más capaces a superar peligros sin que nunca se nos llamara a merendar.

 

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Había leído La isla del tesoro y La isla de Coral, por supuesto, y lo sabía todo de la parte menos respetable de la tradición, la serie de aventuras de Enid Blyton en la que cuatro amigos y un perro desarticulaban organizaciones criminales internacionales durante las vacaciones de verano. Lo que era tan atractivamente subversivo y verosímil de Golding era la premisa aparente de que en un mundo dominado por niños las cosas iban mal, de una manera horrible pero interesante. Y es que -y ese era el segundo descubrimiento- conocía a esos chicos. Sabía de lo que eran capaces. Había visto cómo lo hacíamos. Para mí, la isla de Golding era un internado apenas oculto.

 

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 Extracto del epílogo escrito por Ian McEwan para El señor de las moscas de William Golding. Ilustraciones de Jorge González. Traducción de Carmen Vergara. Editado porLibros del Zorro Rojo.

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