El desafío de ser cada quien

Por: Ángel Gabilondo

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Aprendemos de los demás, incorporamos más de lo que creemos, pero en última instancia nos encontramos en la tesitura de ser nosotros mismos. Y eso no está nada claro. Ni en su forma, ni en su contenido. No basta con improvisarlo, ni con prevenirlo. No hay manera de preestablecerlo. Es imprescindible ser cuidadoso, pero nada impide el que tengamos que vérnoslas en la tarea de ser quienes somos. Así dicho, ni siquiera está definido, y es suficiente con fijarse mínimamente para comprender que estamos convocados a tratar de llegar a ser cada quien, lo cual resulta tan indeterminado que uno, o una, no sabe si simplemente alegrarse, o lamentarlo, o ponerse a la incierta labor.

Es difícil no tener la sensación de que ello supone una travesía y un desafío. En principio, tampoco se trata de un sobreañadido a nuestra existencia, sino más bien de aquello en lo que consiste. En todo caso, siempre cabe la sospecha de que habría de serlo con miras a algo. Sin embargo, eso no significa que ser el cada uno o cada una que cada quien es constituya un medio para algo otro. Tampoco que sea suficiente con constatarlo. Y ahí reside el atractivo de la cuestión, que radica en que el único modo de hacer por ser radica precisamente en hacer. Y quehacer es, a la par, hacerse. Y padecerse. No somos ni indiferentes ni independientes de nuestro obrar.

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Puestas así las cosas, parecería que lo más cómodo es dejarse llevar, aunque cabe plantearse por quién y hacia dónde. Podríamos presuponer que “por las vicisitudes de la vida”, como si del hecho de que no las controlemos del todo se dedujera que eso basta para presuponer que no tienen que ver en absoluto con nuestras decisiones. Tal vez sea mucho decir que uno también se elige, aunque no lo es menos señalar que lo que cada cual es viene a ser autónomo de lo que va paulatinamente prefiriendo o, al menos, dibujando con sus acciones. No todos en la misma medida, ni con un mismo abanico de posibilidades, pero también hay modos diversos de responder a las que se nos ofrecen.El enorme atractivo de la singularidad no se agota en ser distinto, sino que requiere ser diferente. Ello es más que una variedad de lo igual. Y no basta con proponérselo. Se precisa una forma insustituible e irreductible de vivir. Lo que no significa ni extravagante, ni exótica, ni siquiera peculiar, aunque no lo excluye.Cultivarse y labrarse supone toda una labor que no se reduce a esculpirse. Cada detalle, cada modo de habitar el tiempo produce permanentes y en ocasiones imperceptibles transformaciones, a veces mínimas, que, en todo caso, puedendesplazarnos precisamente hacia nosotros mismos.

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Las múltiples reescrituras de la afirmación, yo soy si tú eres”, con independencia de la consideración que nos merezca, abre la cuestión más allá del pliegue en el que refugiar los asuntos de cada quien. Si comenzamos por asumir que en gran medida ya somos otros para nosotros mismos, y que los otros lo son respecto de un nosotros del que en cierto modo formamos y forman parte, no es suficiente con estimar que el desafío es solo cosa de uno. En este sentido es cosa nuestra. Y no como propiedad sino como mutua pertenencia.

Ahora bien, en esta cuestión de los propios límites no faltan quienes consideran que se trata de ser, eliminando precisamente lo que nos impide serlo, y a quienes lo obstaculizan. Parecería en tal caso que solo podemos ser a costa de que no lo sea alguien.

Sin embargo, se trata de considerar el conflicto no como una simple posibilidad de confrontación, sino asimismo como una relación, y en ella nos vemos asimismo afectados. No solo frente a los otros. Desconciertan, en todo caso, quienes siempre consideran que los demás son el obstáculo y nunca la ocasión. Para tales, ser ellos mismos no pasaría por otra vía que la aniquilación de la diferencia, siquiera en el modo de la indiferencia.

Nos encontramos entonces en el corazón de los comportamientos, en la necesidad de ser uno mismo en el todo humano, aquel ideal que para Hegelconstituye la base de la idea de la unidad y la libertad. Ser cada quien no sería el obstáculo, sino la condición.

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La enorme complejidad de tantas vidas, en contextos inclasificables, no merece nuestro silencio. No hemos de dejar de identificar, y de afrontar, incluso de apoyar o de combatir, el anonimato de tantas dificultades, hasta de imposibilidades. Ello contextualiza e influye, a veces decisivamente, en la tarea, pero no la excluye. Paradójicamente ocurre que, distraídos con ocupaciones que encontramos decisivas, va decidiéndose a la par la vida, y no solo transcurriendo.

Parecería entonces que no hemos de perder el tiempo en minucias, entre las que, con un mínimo de descuido, queda incluido uno mismo. El ocuparnos de otros asuntos podría entenderse, en el mejor de los casos, como generosa entrega. O como un modo, en realidad poco sofisticado, de engañarse. En el extremo, de estar entretenidos, de ampararnos en el sinsentido de esgrimir que no disponemos de tiempo. No ya, como se dice, para uno mismo, sino para ser uno mismo, siquiera serlo para algo otro, para otros.

El tiempo hace su trabajo. Pero conviene que no trabaje solo él. Y no simplemente  por las urgencias y apremios del presente que, por cierto, tanto nos constituyen, sino por incidir, a la par, tanto en él como en nosotros mismos. Cuando Foucault se pregunta, “¿quiénes somos en este preciso momento de la historia?”, lee bien a Kant. Es una pregunta, a la par, por nosotros mismos y por nuestro presente. Afrontar el desafío de ser cada quien es asimismo un modo de respuesta, de alcance colectivo, a los avatares de nuestro propio tiempo, lo que no excluye otras y decisivas intervenciones. No es necesariamente un simple refugio, sino un gesto afirmativo.

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(Imágenes: Pinturas al óleo de Scott DuceRedscarfSkinny ManSewing Machine MoverBike Chain Woman; y Man with Cane)

http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel

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