La ficción

La ficción

Un historiador y un novelista que fabula sobre un hecho real son dos coches que circulan en la misma carretera, a idéntica velocidad pero en direcciones opuestas. El historiador documenta exhaustivamente un relato que es cierto aunque a veces pueda llegar a parecer ficticio, y el novelista se inventa de cabo a rabo un relato que es ficticio aunque debe parecer cierto. Porque la regla de la historia es la verdad, mientras que la regla de la ficción literaria es la verosimilitud.

Cada oficio tiene sus normas. Por eso, y no porque carezca de imaginación, un historiador debe detenerse en las lagunas de información que le impidan sustentar cualquier hipótesis sobre datos objetivos, fiables y contrastados. La posición de un novelista es distinta, porque puede rellenar esas lagunas con ficción y seguir adelante. Si es honesto, procurará hallar un equilibrio entre la libertad imprescindible para crear y la lealtad a la verdad histórica en la que se inspira. Este compromiso nunca le obligará a comportarse como un notario, pero sí a respetar los datos en los que se apoyan los historiadores. Los novelistas deshonestos, por otra parte, invocarán los privilegios de la ficción para mentir o manipular en función de sus intereses, y saldrán más o menos airosos de sus trampas.

Este tema, sobre el que reflexiono desde hace ya muchos años, acapara la actualidad gracias al libro de Pilar Urbano, que la Casa Real ha definido como ficción y la autora reivindica como historia cierta. En plena controversia, el teniente general Cassinello ha declarado que “algunas cosas es mejor que no se sepan nunca”. Al margen de la terquedad con la que tantos prohombres de la Transición nos siguen relegando a una irritante y perpetua minoría de edad, nos hallamos al menos ante una verdad indiscutible. Con amigos como este, el Rey no necesita enemigos.

Almudena Grandes

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