¿Qué le pasa a tu perro cuando te vas?

Por: Ana Alfageme |

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Antes de que cierre la puerta de casa detrás de mí, mi perra, Matilda,se queda quieta, mirándome. Fantaseo con lo que querría decirme si pudiese hablar:

1) Ya era hora de que me dejaras a solas con el oso de peluche.

2) Qué bien, ahora podré dormir la siesta en paz sin que me pegues esos sustos cuando te mueves.

3) ¿Te largas? Cuando llegues, te va a hacer fiestas el vecino de enfrente.

Deseo que la opción que le ronda la cabaza sea la segunda. Un estudio publicado el pasado año en el Journal of Veterinary Behaviour analizaba la grabación en video de perros cuando se quedaban solos en casa. Cuando regreso a casa, Matilda no ha destrozado nada, ni me ha dejado ningún regalito maloliente. Los vecinos me dicen que solo ladra cuando oye algún perro conocido. Es decir, que no padece signos clínicos de la llamada ansiedad de separación, la forma más grave de sufrimiento canino: cuando defecan, orinan, aúllan, ladran, pulverizan lo que tienen a mano y hasta se autolesionan. Ocurre, según varias publicaciones científicas veterinarias, en el 18% de los perros y en entre un 20% y un 40% de los que tienen problemas de conducta.

Los científicos que grabaron en video a 30 perros de diferentes edades durante 90 minutos mientras estaban solos hallaron que la mayor parte del tiempo, los animales que no tenían síntomas previos de ansiedad de separación mostraban una actitud pasiva, reposo o sueño, un detalle indistinguible en la cinta. Estaban aparentemente tranquilos entre casi una hora y 22 minutos. Otras conductas menos comunes fueron el juego o la atención al entorno, y en mucha menor medida, quejidos, aullidos o ladridos. 

Un experimento realizado por la Universidad de Bristol y vinculado al documental La vida secreta de los perros de la cadena de televisión británica Channel 4 mostraba que el 85% de los animales que se quedaban solos en casa soportaba algún tipo de sufrimiento, desde ansiedad de separación a incremento en sangre de la hormona del estrés, el cortisol.

 

No sé si Matilda está en el escaso grupo (5 de los 40 del caso de Bristol) de los que se quedaban tan anchos cuando se les deja solos. Espero que se de la media vuelta y se eche a dormir y que las veces que viene a recibirme bostezando signifique que la he sacado de un bonito sueño en el que persigue pájaros y merienda calcetines. Pero lo que sí sé es que su recibimiento es directamente proporcional al tiempo de abandono, algo que también está estudiado. Si paso de las cuatro horas de ausencia, bate al menos un día a la semana su propio récord de salto de altura, que en estos momentos llega al nivel de mi clavícula. No está nada mal para una perrilla de 8 kilos no más alta que la rodilla.

Cuando no tenía ni idea de esto, yo montaba un lío similar al de ella, consistente en voces melifluas, exclamaciones y mucho sobeteo. El primer día que me vio hacerlo su veterinaria, me tiró de las orejas: “Así le potencias la ansiedad de separación”. Así que ahora entro más tiesa que una vela cuando en realidad lo que me pide el cuerpo es tirarme por el suelo y darme un buen revolcón con ella. Lo que se pretende es que el perro sienta que es natural tanto permanecer solo como estar acompañado.

¿Qué hacer si tu perro ha dejado el salón irreconocible, aúlla como un coyote o ha convertido tu hogar en una fábrica de abono? Ponte en manos de un veterinario, aunque parezca una perogrullada. Este entenderá si le medica, le prescribe una terapia de conducta o ambas cosas. Lo primero consiste en tranquilizantes y antidepresivos. Lo segundo, empezar a separarse de nuestro amigo de a poquitos, tanto en distancia como en tiempo. Así es como deberíamos actuar con un cachorro.

 

Para los perros que son como Matilda, un poco pasotas (pero no tanto como el del video de aquí arriba), lo primero es cansarles antes de irse, es decir, un generoso paseo matinal para que, por una parte, se alivien y por otra relajarles para que luego estén menos nerviosos.

Por otra parte, sabiendo que yo tengo todas las papeletas para que mi perra sufra ansiedad de separación (un estudio de 2001 halló por primera vez evidencias de que los animales que viven con una sola persona tienen más riesgo que los que habitan con una familia de al menos dos) yo ya no hago lo mismo cada día antes de irme. Es más, cualquier testigo de mis rutinas previas a la salida me enviaría al psiquiatra de cabeza: me lavo los dientes forrada hasta las cejas y con el bolso en ristre o cierro las puertas de las habitaciones una detrás de otra aún en pijama. Tiene algo que ver con lo que aduce la veterinaria Alicia González, de la clínica Los Molinos: “La vida de nuestros perros es mirarnos, examinarnos, se aprenden nuestras liturgias y cuando asocian lo que hacemos en el mismo orden y saben que nos vamos a ir, les genera más ansiedad”.

Y una cosa más: déjales entretenidos. Son útiles los juguetes a los que les puedes meter golosinas dentro, para que se ocupen en sacarlas, esconder otro días ese mismo chisme en algún lugar para que maten el tiempo buscándolo o ponerles la radio o la televisión. Yo dejo unas chuches en un cajón de juego difícil de abrir y aprovecho el momento en que jura silenciosamente en arameo para largarme. No sin antes sintonizar Radio Clásica o Radio 3, aleatoriamente. En cuanto a la tele, he deshechado Sálvame en favor de los Documentales de La 2, que es lo que, según dicen, ve todo el mundo. No se me vaya a volver rarita.

¿Y tú, qué haces cuando dejas a tu perro solo en casa? 

La fotografía que abre el post es de Matilda, después de escuchar Siglo XXI, en Radio 3.

http://blogs.elpais.com/emperrados

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