El otro mundial de Brasil

Por: Juan Arias |Discriminacion racial
Mientras ya no dudamos que en el fútbol los negros y de color pueden ser igual o mejores jugadores que los blancos- aunque a veces sigan siendo expuestos a burlas racistas – seguimos aún sin aceptar, que lo mismo debería acontecer en todos los otros campos porque las brasas de la esclavitud siguen aún vivas. Apagarlas del todo, será el gran desafío del Brasil moderno. El nuevo Mundial que deberá conquistar cuanto antes.

¿Cuándo este país eligirá, por ejemplo, a un presidente negro como lo hizo ya con un obrero y una mujer? A pesar de que la Copa se ha teñido de política más que otras veces con las críticas a su organización y con los abucheos de mal gusto a la presidenta Dilma, sólo un pequeño número preferiría otro maracanazo.

Brasil quiere ganar esta competición aunque ya no es la estrella que un día hizo vibrar al mundo. Es probable que acabe  ganando el Mundial y que la fiesta inunde de nuevo las calles, pero existen, en verdad, otras Copas que le esperen al país del fútbol cuando se apaguen las luces del Mundial. Y serán esas nuevas victorias,  las que empezarán a cimentar un país nuevo, moderno, capaz de crecer económica y socialmente.

La primera y quizás más importante de todas,  más incluso que la lucha contra la inflación  o contra la precariedad de los servicios públicos, es la de acabar con las cenizas aún calientes de los restos de esclavitud que anidan entre los pliegues del alma de muchos de los blancos.

Brasil tiene hoy, según los expertos en nuevas tecnologías, un potencial de creatividad como pocos en el  mundo, hasta el punto que los gurús de la comnunicación global de Silicon Valley en California, aseguran que los nuevos Jobs o Bill Gate saldrán esta vez de Brasil.

Se trata de un potencial de los brasileños en el ámbito de la innovación,  que por mucho tiempo ha estado mortificado y del que han estado al margen sobretodo las gentes de color. Hoy la mitad de Brasil, el de color y pobre, no tiene posibilidades de superarse y triunfar fuera del mundo del balón.

El círculo del poder, enredado en sus viejos vicios de política con minúscula, dejó de aprovechar miles de posibles talentos que, como en el fútbol, hubiesen contribuido a que este país fuera hoy no sólo el del petroleo o la soja, sino el de la creatividad tecnologica, que es donde se conquistan hoy los verdaderos Mundiales de la economía.

Para ello, Brasil necesitaría revisar a fondo, su política de educación introduciendo en ella elementos de innovación ya presentes en tantos otros países y que, gracias a ello, han conseguido entrar de pleno en la modernidad. Necesita acabar con la resignación de que la escuela pública es fundamentalmente para negros o de color, es decir, pobres, y la privada para blancos y ricos. Brasil necesita una escuela pública moderna a tiempo integral.

A Brasil le urge sobretodo la conquista definitiva de algo que quizás esté a la base de todos sus retrasos políticos y educacionales: necesita desafiar esa discriminación latente, difícil a morir, heredada de la esclavitud y que condiciona buena parte de su vida social.

Con una población en la que los negros o pardos ya son mayoría (52%) y seguirán siéndolo cada vez más, no se puede esperar para dar la batalla definitiva contra el prejuicio del color de la piel que es también el del color del alma. Los blancos, a pesar de ser minoría, siguen siendo los predestinados a ser  de primera división, cada día más ricos.

De los 14 millones de analfabetos que aún humillan a este país, sexta economía del mundo; de ese 60% de adultos analfabetos funcionales entre los que figuran un tercio de los estudiantes universitarios, estoy convencido que un 90 % son negros o de color, descendientes aún de los esclavos a los que se les concedió la libertad pero no el derecho a la educación.

Todo ello sigue alimentado por los rescoldos aún vivos de aquella esclavitud, una de las últimas a ser abolidas en el mundo (1888) y que sigue condicionando tristemente a esta sociedad al mismo tiempo rica en humanidad, solidariedad y creatividad.

Sólo cuando Brasil disipe las últimas sombras de la esclavitud habrá conquistado la Copa de las Copas y entrado en la modernidad para convertirse en el motor de este continente americano, que debería ser su verdadera vocación.

Y no bastan para poder conquistar la Copa contra esos restos de mentalidad esclavista, hacer proclamas o concesiones que suelen tener más de retórica y de interés político que de voluntad de acabar con esa lepra.

Esas brasas de la esclavitud seguirán vivas mientras un policía al ver correr en medio de un asalto a un negro y a un blanco, se sienta tentado a pensar que el bandido es el negro;  o mientras en la Universidad se piense que al alumno negro o de color o también al indígena, le será más difícil estar a la altura del blanco, lo que llevará fatalmente a calificarle según la profecía que se autorealiza.

Seguirán vivas esas brasas mientras el Congreso Nacional, el Gobierno, la Justicia y demás instituciones en un país de mayoría de color, sigan siendo aplastantemente blancos.

O cuando la policía al entrar a registrar a los pasajeros, inicie a hacerlo por los negros. Hace sólo dos días, a un joven que yo conozco, un trabajador de color, que vuelve de Río a su pequeña ciudad cada semana, un agente entró en el autobús y le pidió autoritariamente que abriese su mochila. El joven, con pocos estudios pero con conciencia cívica, le entregó la mochila y le dijo educadamente: “Puede abrirla”. El agente quería que la abriera el joven. “Si usted tiene alguna sospecha, usted debe abrirla”, le respondió el trabajador. Se cruzaron las miradas. La del policía sorprendido por la firmeza del negro y la del joven consciente de su dignidad como ciudadano.

Al contármelo, el joven me comentó: “Todo eso porque mi piel es negra, a un blanco lo hubiese tratado diferentemente”. ¿Creen que le faltaba razón? Son esas brasas aún sin apagar.

Peor quizás que aquel policía fue el señor, dueño de un perro mezcla de callejero y de raza, que mientras yo paseaba días atrás frente a su casa, vino por detrás y apretó con su boca mi muñeca mientras iba clavando sus dientes hasta hacerme sangrar.

Yo tengo pasión por los perros y no les temo. Le miré a los ojos y le pedí que me soltara. Obedeció.

Busqué al dueño, que tiene casa también en Río, para asegurarme que el perro estaba vacunado antes de ir al hospital.

Estaba aún durmiendo. Salió y muy educado me explicó que el perro estaba con todas las vacunas al día y que lo que pasa es que a veces no le gustan algunas personas. Me explicó, que hay  por ejemplo, un señor que se emperra en pasear por la calle donde está ubicada su casa y el perro lo odia. Y bajando la voz, me confió: “Es que ese hombre es negro”.

No necesité hablar más con él. Entendí que a quién no le gustaba el hombre negro era a él. Basta dar un vistazo a un libro de zoología para saber que los perros absorben y asimilan los gustos y sentimientos de sus dueños. Los perros, como los niños, pueden ser caprichosos y hasta violentos, pero nunca racistas. Que lo digan toda esa caravana de mendigos que en cualquier parte del mundo, conviven con sus perros, los cuales, como los niños, no distinguen entre reyes y miserables y menos entre negros y blancos. Saben sólo quién les ofrece más cariño.

Mientras siga habiendo quienes lleguen a pensar que los negros no gustan ni a los perros, seguiremos perdiendo el más precioso de los trofeos: el que nos hace victoriosos frente a nuestra conciencia. Todo el resto, como diría el escritor argentino, Martin Caparrós, “son pamplinas”. Tristes pamplinas.

¿Será capaz Brasil de emocionar un día al mundo ganando además de la del fútbol, esa Copa de las Copas?

Quizás sea ese el mayor desafío de este país, cuya sociedad forcejea con coraje, pero aún con graves retrasos, por librarse de los últimos malditos escombros heredados de la vieja esclavitud.

Chaplin
http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil/ 

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