El primer error político de Mahoma: no dejar sucesor

Fundador de una religión y de un imperio, el profeta no dijo quién debía sucederle o cómo elegirle; las guerras entre suníes y chiíes estallaron poco después de su muerte

 

La hostilidad y confrontación violenta entre las dos principales ramas del islam, la suní -que representa el 80 por ciento de los musulmanes- y la chií -poco más del 10 por ciento- se remontan a los primeros años que sucedieron a la muerte de Mahoma, y en cierto modo pueden atribuirse a un error de cálculo, quizá el mayor y más grave cometido por el profeta.

Mahoma murió en el año 632 sin nombrar sucesor ni dejar indicado cómo elegirlo. Después de poner los cimientos para crear un imperio político que iría en pocos años desde Asia hasta Europa, y sobre todo fundar una religión que sigue conmoviendo a generaciones de musulmanes en todo el mundo, por la belleza en árabe del Corán, Mahoma no fue capaz de prever en el lecho de muerte las consecuencias de no fijar su sucesión al frente de la umma, la nueva comunidad musulmana.

Todos los musulmanes se sienten unidos por su fe en el Corán, que consideran palabra directamente revelada por Dios a Mahoma, y por las cinco obligaciones religiosas del islam. Pero la disputa por la sucesión abrió desde finales del siglo VII una brecha tan fuerte que, con el paso de los siglos, las guerras -a veces de exterminio- y las disputas teológicas en torno a la interpretación del Corán generaron de hecho dos religiones que a veces parecen incapaces de convivir juntas.

Después de un breve periodo que los musulmanes consideran dorado, con cuatro califas comunes, la ruptura se hizo patente en el 661. Un grupo de musulmanes cerró filas en torno a Alí, primo y yerno de Mahoma, y exigió que la sucesión siguiera recayendo en este y en toda la línea de parentesco del profeta. El resto se alineó con el gobernador de Siria, Muawiya, miembro de la familia de los Omeya.

La mítica batalla de Kerbala (Irak) en la que murió el imán Husein, hijo de Alí y nieto de Mahoma, en el año 680, marcó el principio del cisma entre los chiíes -partidarios de la línea de parentesco- y los vencedores suníes. A partir de aquella batalla los chiíes han construido su peculiar mística basada en el culto al martirio y al sacrificio, a la espera de que el duodécimo imán (desaparecido misteriosamente) regrese como redentor al final de los tiempos.

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