¿Por qué se come tan mal en las bodas?

Por: Mikel López Iturriaga

Comida bodas

Plato viejuno visto en boda reciente. / AFOTOQUÍMICO

 

A la gente le da mucho por casarse en estas fechas. No sé si por el buen tiempo, por juntar el permiso por matrimonio a las vacaciones o por la conjunción de Júpiter con Mercurio, el frenesí emparejatorio es tal que los alérgicos a las bodas casi tenemos miedo de abrir el buzón no vaya a ser que algúna invitación nos espere allí agazapada. Lo peor es que con los enlaces matrimoniales no sólo llegan las interminables ceremonias, los modelitos, los puros, las corbatas anudadas en la cabeza y las cadenetas bailando I will survive, sino algo aún más abominable: los banquetes.

He comido bien en bodas. En pocas. Tan pocas que se podrían contar con los dedos de una mano que hubiera sufrido un par de amputaciones. Pero la mayoría de los ágapes nupciales a los que he asistido han ido de lo mediocre a lo directamente espeluznante. Alguien dijo -me suena que fui yo- que eran era el hábitat natural de la comida viejuna, y es cierto: en ningún otro lugar se ven tantos platos que puedan ser incluidos en esta categoría, como los cócteles de gambas, las colas de langostinos a la gabardina, los dátiles con bacon o el mítico redondo de ternera con salsa marrón, conocido por muchos como “carne de boda”.

He visto cosas que vosotros no creeríais, y no eran precisamente naves en llamas más allá de Orión. Carros sobre los que se amontonaban solomillos de ternera asados enteros, capaces de volver vegano a un oso polar. Ensaladas templadas reducidas por el paso del tiempo a un amasijo de hojas lacias. Establecimientos que, con todo su c***, servían como entrante espaguetis que no colarían ni en un menú infantil. Cremas de primero convertidas por arte de birlibirloque en la salsa del segundo. Merluzas a la romana que llegaban al plato conservando intacto su corazoncito de congelado Findus. Y todo pagado por los contrayentes a precio de chuleta de unicornio, que es lo más grave: el coste medio del cubierto en este tipo de acontecimientos oscila entre los 75 y los 100 euros.

Con estos números, ¿por qué es tan difícil comer bien en una boda? Siempre tendemos a buscar a los culpables en las cocinas de los restaurantes o locales donde se celebran los banquetes, y en muchos casos seguramente encontraremos allí a más de un criminal de plato rancio de entremeses y entrecot recocido. Como cualquier persona que haya cocinado para un grupo grande en casa sabe, servir a montones de personas a la vez y que todo llegue en su punto a la mesa no es tarea sencilla. Es más bien un gran marrón.

Rocío Vázquez, que organiza bodas a través de su empresa Luz Verde, cree que en muchas ocasiones el problema está en las propias parejas que se casan. “Para mí es más complicado hacer entrar en razón a la gente que encontrar un espacio en el que se cocine bien. Muchos novios invitan a comer a 200 personas y se empeñan en poner platos que no salen bien para tanta gente, como solomillo a la plancha o arroz meloso. No se dejan aconsejar”. Ante la cantidad de solomillos resecos con salsa roquefort, salsa de pimienta verde o, horror de los horrorres, plastorra de foie que he padecido en estas situaciones, no puedo más que darle la razón.

Según Vázquez, otro elemento distorsionador de la calidad de los menús son los padres de los futuros esposos, que tienden a exigir cantidades mastodónticas de comida para que nadie se escape sin la andorga bien llena. “En Galicia, por ejemplo, mucha gente mayor piensa que si no te ponen ocho platos de marisco, te salen los percebes por las orejas y comes hasta reventar, la boda ha sido una mierda”, asegura la coruñesa. Por fortuna, la costumbre de cebar a los invitados como si acabaran de llegar de una hambruna africanaestá en declive: “La tendencia es reforzar los aperitivos y aligerar los banquetes. Las bodas de ocho o diez platos que te pasas cinco horas sentado van a menos”.

La modernidad ha traído consigo el ocaso de los atracones, pero también otra tendencia de lo más temible: los intentos de servir comida “creativa” o “de autor”. Algo que puede salir bien si el lugar cuenta con cocineros capacitados, pero que acaba dando risa cuando las pretensiones de refinamiento desembocan en platos cursis y rococós. Arantxa Ruano, miembro del departamento de Comunicación de la productora gastronómica Gsr y autora del blog Curry Curry Que Te Pillo, me enviaba hace unos días esta maravillosa foto de un plato que le sirvieron en una boda.

BpyjU2tIMAA6brD

Sinfonía de sabores. / CURRYCURRYQUETEPILLO

 

¿Trampantojo de la vendimia? ¿Cuadro de Arcimboldo? ¿Canto sutil al aparato genital femenino? Ruano cuenta así el origen de esta obra de arte: “La boda se celebró en un lugar sencillo, con gente sencilla y comida sencilla donde, por lo visto, el chef quiso lucirse con el primer plato. Perlas de melón con jamón ibérico y helado, decían las minutas, y efectivamente eso era, pero todo-todito colocado estratégicamente en el plato para que resultara el mejor bodegón realizado en su vida. Supongo que se inspiró en el tradicional melón con jamón, y cada cosa por separado estuvo bien (el helado era de gazpacho)”.

El autor de la foto que abre esta entrada, José María Montenegro, también detectó destellos de vanguardia en una boda a la que asistió en un pueblo de Málaga. “Fue en un sitio de carretera que sirve platos clásicos y en cantidad. Hubo croquetas, daditos de queso, dátiles con bacon y, supongo que en homenaje a cuando se casaron los abuelos de los novios, piña rellena. Pero también inauditas concesiones a la modernidad como pollo al curry, puntillitas de solomillo con crujiente de kikos o sorbete de mojito”.

La fusión comida viejuna / modernuna funcionó, porque Montenegro asegura haber comido “realmente bien”. Sin embargo, en otras ocasiones las veleidades tecnoemocionales no llegan a ser comprendidas en las bodas. En una boda en un restaurante de renombre, a Arantxa Ruano le sirvieron entre los aperitivos un vaso con caldo de tomate transparente que llevaba colocado encima una tostadita con jamón ibérico. “De repente empecé a ver como sobre la mesa se posaban todos los vasitos con aquellas ‘aguas’ que pocos invitados osaron a catar. Todos creyeron que aquello era para perfumar o algo así… En fin, que la innovación a veces no entra por los ojos”.

El clásico que permanece inalterable frente a las modas es posiblemente el postre más hortera de todos los tiempos: la tarta nupcial. Habitualmente incomible, y recientemente reforzada en su mal gusto con la aparición del fondant, esa capa moldeable de masa azucarada capaz de cargarse cualquier postre. Por desgracia, lo de que los novios la corten con una espada cada vez se ve menos al menos en los círculos más refinados, pero avanzan otras peculiares costumbres al respecto.

Una consiste en mostrar un pastel gigante junto a los novios, que permanece intacto mientras a los invitados les llegan porciones de tarta salidas de Dios sabe dónde (“¿Por qué no nos sirven el de verdad? ¿Quién se come el otro pastel?”, se pregunta no sin razón Ruano). La otra, sin duda mi favorita, es la tarta que baja del techo con bengalas: lo cuenta la seguidora de El Comidista en Facebook Cristina de Lama, y desde que lo he leído no paro de suspirar porque me inviten a un bodorrio en el que pase algo así.

http://blogs.elpais.com/el-comidista

Deja un comentario