¿Y ese Guillermo Ochoa, de dónde salió?

 

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Arquero Guillermo Ochoa despeja ataque de brasileños. Ap

Algunas espinas tienen nombre y apellido. Por ejemplo: Guillermo Ochoa, el arquero de la selección de México. Sus defensas espectaculares terminaron por anular la floja, flojísima actuación del seleccionado brasileño. ¿Quién es ese Ochoa?

Esa es la espina que desde ayer está clavada en la garganta de un país llamado Brasil. ¿Tendrá idea, ese muchacho de 28 años, de cuántas gargantas hirió, de cuántas almas sacudió por aquí ese martes 17 de junio? Claro que tuvo un desempeño estupendo. Pero precisamente por eso nos molestó tanto. Hubo otros buenos jugadores mexicanos en la cancha, algunos especialmente peligrosos, pero ninguno de ellos causó el desastre – visto desde nuestro punto de vista, desde luego – que el joven Ochoa.

Un partido raro, que nos dejó un gusto raro en la boca. Si repetimos la actuación de ayer frente a otros equipos de mayor peso, estamos fritos. Si nos dejamos apretar por selecciones más poderosas como nos dejamos por México, que no es tan-tan, estamos perdidos.

Día raro, el de ayer. Además del partido, todo, ayer, ha sido un tanto singular en Brasil. Aquí en Rio, el aeropuerto metropolitano Santos Dumont amaneció cubierto por una niebla inexplicable, y quedó cerrado por casi cuatro horas. Nada menos que 33 vuelos fueron cancelados. Extranjeros de todas partes, que pretendían embarcar para ver sus equipos en otras ciudades brasileñas, quedaron varados. Dos muchachas rusas, rubias y espantadas, perdieron el partido de su selección contra Corea del Sur. Un norte-americano no sabía cómo encontrar a su hermano, que vendría de Dallas para reunirse con él y, juntos, volaren a Fortaleza.

Caos absoluto, pero no tan total como el nudo que se armó en São Paulo: 297 kilómetros de embotellamientos fueron registrados en las calles de la ciudad. La ansiedad de llegar a casa para ver el partido Brasil-México sirvió para dejar bien claro que no hay límites para el tránsito absurdo de la mayor metrópolis brasileña.

En la otra punta del mapa, en Fortaleza, capital del estado de Ceará, la fiesta empezó temprano. Para incrementar el clima festivo, unos 17 mil mexicanos deambulaban por la ciudad desde hacía dos días. Y cuando terminó el juego, tenían mucho más razones para celebrar. Al fin y al cabo, Brasil era el favorito absoluto. Para los mexicanos, un empate sería – y fue – una victoria. Para Brasil, lo que importaba e importa es ganar, siempre y siempre. Somos muy competitivos.

Pocas horas antes de que empezara el partido, el mercado negro de ingresos alcanzó su auge: había gente dispuesta a pagar poco más de dos mil dólares por el ingreso.

Hubo intentos de marchas y protestos, en Fortaleza y Belo Horizonte, pero fueron controlados por la policía, sin mayores incidentes. Al menos hasta ahora, el clima está bastante más ameno de aquel de hace un año, cuando coincidieron con la Copa de las Confederaciones los mayores protestos públicos, multitudinarios, que el país veía en décadas.

Ochoa. Guillermo Ochoa. Un nombre que, desde ayer, paira sobre las almas de todo un país. Cuatro defensas espectaculares frente a una selección brasileña que mostró un juego flojo, desarticulado, pifio. Pero que, de no ser por esa pared con nombre y apellido, hubiera ganado un juego importante. Porque, para un brasileño, vale reiterar, cualquier partido es importante. Tanto vale si contra un equipo frágil o poderoso: el brasileño no acepta un segundo lugar. O se es primero, o nada sirve.

Lo de ayer sirvió de doloroso alerta: si contra uno de los equipos que consideramos de primera jugamos tal y como jugamos contra México, estamos perdidos. Ya lo dije unas cuantas líneas arriba, pero repetirlo es inevitable: esa la frase impregnada en la cabeza de millones de brasileños.

México nunca ha sido un adversario peligroso para Brasil. Bueno, casi nunca: hay antecedentes negativos, pero jamás en un Mundial. Hemos perdido dos juegos decisivos en los últimos años, como la final de los Juegos Olímpicos en Londres, en 2012, o en la Copa de las Confederaciones, en 1999. Pero jamás en un Mundial. En las tres ocasiones en que nos encontramos en el torneo máximo del fútbol, fuimos implacables, o casi.

En 1950, apertura de la Copa del Maracaná, los aplastamos por cuatro-cero. En el estreno del Mundial de Suiza, en 1954, el marcador aumentó: ganamos por 5-0. En 1962, otro estreno, otra victoria, aunque más apretada: 2-0.

Vaya día, el de ayer… ¿Cómo logramos jugar tan mal, tan sin norte? ¿Cómo logramos responder con semejante apatía a la garra mexicana?

El lunes, Brasil vuelve a la cancha, para enfrentar a la alegre y desordenada selección de Camarones. Peor misión tendrán los mexicanos, que enfrentan, ese mismo día, a Croacia.

Ochoa. Guillermo Ochoa. Ese es el nombre de la pesadilla. ¿Con qué derecho jugó de manera tan formidable?

Por si todo eso fuera poco, hay que recordar que en los últimos años México viene trabando otra disputa con Brasil, y no en las canchas. Y si en el fútbol Brasil es desde luego el pleno favorito, en otro campo de batalla – la sacrosanta, vaga, misteriosa y muy poderosa entidad llamada ‘mercado’ – los mexicanos vienen incomodando bastante. Son modelos económicos muy diferentes, como en el futbol son diferentes los estilos y estrategias, pero con el mismo objetivo: conquistar más y más inversiones globales en el primer caso, mantenerse en la cúspide del fútbol en el segundo. México apuesta por seguir la línea determinada por el mercado abierto, es decir, por lo que Washington impone que los demás practiquen mientras se cierra cada vez más, y Brasil, desde el gobierno de Lula da Silva, apuesta por otra estrategia. Ambos países enfrentan problemas económicos similares, y cada uno trata de situarse de la mejor manera posible.

Este año, año de Mundial, el escenario económico de los dos países parece conturbado. En el crecimiento del PIB en el primer trimestre, hay un casi empate: 1,8% para México, 1,9% para Brasil. Mexicanos exportan más que Brasil (380 mil millones de dólares el año pasado, frente a 242 mil millones), pero dependen casi que exclusivamente de un solo mercado, los Estados Unidos. Pero importan más que nosotros (principalmente de Estados Unidos), y el año pasado tuvieron un déficit en su saldo comercial, mientras nosotros tuvimos un superávit (es verdad que el peor en 13 años, pero al fin y al cabo superávit). El año pasado, la inflación mexicana (3,8%) ha sido bastante más baja que la brasileña (6,2%).

Pero ahorita mismo, la verdad es que nada de eso parece demasiado importante.

Por ahora, lo mejor es dejar esas observaciones descansando, y volver a la misma pregunta: ¿Quién diablos es Guillermo Ochoa? ¿De dónde surgió? ¿Por qué nos hizo lo que hizo?

Que los mexicanos se queden con las inversiones, con el crecimiento de la economía, con todo lo que quieran. Pero que saquen a Ochoa de la cancha. Porque hice proyecciones (y ojalá esté equivocado), y existe la posibilidad – lejana, pero viable – de que volvamos a tropezar con México. Ningún problema, siempre que Ochoa, Guillermo Ochoa, no esté.

Eric Nepomuceno

http://www.jornada.unam.mx/

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