De una parte no queremos que nos vean y de otra nos afanamos por ganar, en la red, visibilidad. El invisible es el que no tiene existencia. O bien quien no tiene nada que enseñar. O bien no presenta nada de interés.

La visibilidad en la red es una segunda forma de identidad natal. Nacemos a la visión de los otros y crecemos en medio de  ella. Engordamos, nos agigantamos o no a ojos del amo, como se dice de uno u otro animal. Crecemos a ojos del Gran Amo, esa abstracción que ha logrado una realidad tan evidente que ha dejado de verse.

Una porción, más o menos vasta, de irrealidad forma ahora parte real de nuestras vidas palpables. Una irrealidad patente en las pantallas (de los bancos, las redes, los registros de la agencia Fiscal). Es una realidad con efectos reales o una irrealidad que gana en efectos  la tangibilidad.

Lo palpable, de hecho, tiende a ser pobre y lo intangible compone el grueso de las grandes fortunas. Somos también más visibles en cuanto gruesos cebados  gracias a los  likes, las visitas, la visibilidad.

La cinta de medir la categoría personal o profesional se halla conformada por una secuencia de fotogramas a la manera de una película de actualidad.

O bien, se es actual en la medida en que nos ven en una película de sesión continua. Se es más o menos visto de acuerdo a la vigencia de nuestra actualidad. Es decir, de nuestra vivencialidad circunstancial. Nuestra muerte aplazando sin cesar su ingreso en la ceguera. El reino de la invisibilidad. 

Vicente Verdù

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