¿A quién se le puede creer?

En algunos otros países —no muchos, diría yo— los mentirosos suelen ser pronta y claramente detectados. En estos pagos, por el contrario, nunca sabes quién dice la verdad y quién engaña. La mentira es nuestro gran vicio nacional. Ya la escritora Sara Sefchovich le dedicó al tema todo un libro cuya lectura debiera ser obligatoria desde el colegio, por no decir que debiera imponerse también en las oficinas públicas, en todos los ámbitos de doña Administración y entre los muy augustos miembros de nuestra clase política.

El efecto más pernicioso de esta suerte de gran tradición cultural (para mayores señas, cuando alguien te suelta alguna fórmula de presunta cortesía como “nos llamamos pronto”, ya sabes que no te hablará en semanas enteras) es que ya tampoco nadie se cree nada. Vivimos en un mundo de negra desconfianza donde las cosas no son jamás lo que parecen porque, de entrada, nos resistimos a admitir cualquier manifestación de la realidad como lo que meramente es. Y así, la especie del “fraude electoral”, por ejemplo, es creída por una inmensa mayoría de ciudadanos que, lamentablemente, no son siquiera capaces de advertir, por no decir reconocer, que México ha cambiado a pesar de todos los pesares. Y, justamente, lo inquietante de esta automática disposición a no confiar, es que no hay ya cosa alguna que pueda estar bien, que resulte de un auténtico acto de buena voluntad o que se deba a que una persona está haciendo simplemente su trabajo.

Y lo peor es que la simple experiencia de la vida de todos los días —esa cotidianidad hecha de sucesos turbios, ocultamientos, violencias y atrocidades— viene a reforzar la apuesta del desconfiado. Ahí tenemos, para mayores señas, los recientes acontecimientos de Iguala, tan increíbles como espantosos. ¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente? Imposible saberlo.

Peor aún: tampoco podemos creer en una justicia que inventa culpables, que libera a asesinos y que promueve, a diario, la más escandalosa impunidad. Ay, mamá…

ROMÁN REVUELTAS RETES

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