Chipilo, el México italiano

En una comunidad de Puebla se sigue hablando un antiguo dialecto del norte de Italia

Un grupo de niños chipileños, a principios del siglo XX. / COMUNIDAD DE CHIPILO

En Chipilo de Francisco Javier Mina todos hablan raro. Aquí, la sopa es menestra y los frijoles son fasui. Cuando sus habitantes se despiden no se dicen adiós; dicen se vedon. Perdida en el centro de México y empotrada en tierra azteca, esta comunidad de menos de 5.000 habitantes no habla ni castellano ni náhuatl: su idioma es un dialecto del noreste de Italia, el véneto, legado de una inmigración que cruzó el Atlántico a finales del siglo XIX.

Mientras el dialecto de Italia fue evolucionando, la lengua de Chipilo se quedó atrapada en el tiempo. “Cuando nos encontramos con algún véneto nos dice que hablamos como sus abuelitos”, cuenta Javier Galeazzi Berra, dueño de un restaurante a las puertas del pueblo. “Y hay gente que nos hace burla porque dice que no es italiano. ¡Igual no lo es pero es nuestro idioma!”, salta antes de romper en una carcajada.

Iglesia de Chipilo en 1954. / COMUNIDAD DE CHIPILO

En esta pequeña aldea, a tan solo 15 kilómetros de Puebla, parece que los años no han pasado. A Javier, como a todos los chipileños, el dialecto se lo enseñaron sus padres, quienes lo aprendieron de sus abuelos y estos de sus tatarabuelos. Era el 2 de octubre de 1882 cuando 38 familias de Segusino, un pequeño municipio de la provincia de Treviso, a los pies de los Alpes, desembarcaron en México. La historia cuenta que compraron terrenos, se dedicaron a la agricultura y a la ganadería y se especializaron en el arte de producir queso.

Cada una de las farolas de Chipilo lleva pintada una bandera italiana. Aquí, todos se sienten vénetos. Javier cuenta que los niños aprenden dialecto antes que castellano y que los obligan a estudiar español en la escuela. Él conoce también el inglés, fruto de su estancia en Estados Unidos, donde estuvo viviendo durante 25 años. El destino, sin embargo, quiso que se casara con una chipileña, y tras su aventura al otro lado de la frontera volviera, tres hijas incluidas, a la tierra donde nació.

Las historias de chipileños que acabaron casándose con otros chipileños son innumerables. Por eso, Chipilo es una gran familia. “De parte de mi papá eran 22 hermanos. Era el párroco quien juntaba a los que se quedaban viudos”, cuenta la mujer de Javier. Ellos, como muchos otros matrimonios, comparten apellido. Algunos hasta dicen que los de afuera, mejor no se acercaran. Myrna Ajuria Zecchinelli lo corrobora. Esta joven de 26 años, que en 2009 voló a Italia y participó en la competición de belleza Miss Italia en el Mundo, cuenta como a su padre, oriundo de Puebla, le echaron a balazos cuando pisó Chipilo. “Se decía que los chicos venían aquí a buscar mujeres guapas”, comenta.

Pero los chipileños son vénetos no solo en el idioma. Muchos son rubios y de ojos claros en una tierra de mestizaje, todos comen polenta –plato del norte de Italia a base de harina de maíz- y juegan a bocce –parecido a los bolos pero practicado en un campo de arena—. Hasta tienen un montículo llamado Monte Grappa, en honor a los caídos italianos en la Primera Guerra Mundial. La estatua de una virgen y un trozo original del macizo italiano, regalo de la tierra querida, vigilan el pueblo desde lo alto de la colina. Una placa escrita en italiano cita: “Intriso di nobile italico sangue simbolo della patria lontana testimonio dell’eroismo italiano [impregnado de noble sangre itálica símbolo de la patria lejana testimonio del heroísmo italiano]”.

La pregunta es si los chipileños se enterarán de lo que pone la insignia o sabrán dónde está el Monte Grappa. Javier nunca ha estado en el Bel Paese, así como la mayoría de sus conterráneos. “¡Yo entiendo a los italianos pero ellos no me entienden a mí!”, confiesa. Hasta 1982, centenario de la fundación de Chipilo, los vénetos de México no tuvieron ningún contacto con Italia. A partir de ese año, el ayuntamiento de Segusino empezó a organizar “intercambios” entre las familias de ambos pueblos, lejanas pero agarradas a la misma identidad.

Como todos los italianos, también los chipileños se gritan de un lado al otro de la calle para saludarse o para comentar lo último ocurrido en el pueblo. “Tanto festejamos el 16 de septiembre [fiesta nacional de México] como cuando Italia mete gol”, explica Pedro Martini, presidente auxiliar de la comunidad. Su objetivo, además de “independizarse” del municipio cercano de San Gregorio Atzompa, del cual depende Chipilo, es algo que podría sonar como un disparate: pedir que el véneto se reconozca como lengua indígena.

Carolyn McKay, una lingüista estadounidense, fue la única que intentó establecer un sistema de escritura para el idioma de Chipilo, que se fue transmitiendo de generación en generación solo a través del habla. McKay obtuvo escaso éxito entre los chipileños. “Aquí cada quien escribe como quiera”, dice Martini antes de reírse discretamente y agradecer, en véneto, a la camarera que acaba de traerle su café.

Javier va enseñando las fotos de su padre y sus hermanos. Repite constantemente la pena que le provoca pensar que se borre el idioma y las costumbres de sus familiares, el único patrimonio que le queda de una tierra que nunca vio pero que siente suya. Por eso volvió a Chipilo: “Aquí nací y aquí quiero estar”.

http://internacional.elpais.com/

Deja un comentario