El hoyo y el bollo

Se acerca la fiesta de los difuntos y no es ninguna contradicción hablar de gastronomía. No sólo de los apetecibles huesos de santo y los buñuelos de viento, sino de esas extrañas relaciones entre comida y muerte. En todas sus variantes.

Así, a bote pronto, la primera relación entre estos términos que se me ocurre es la más siniestra –si cabe-: el envenenamiento. Ya sea accidental, autoinflingido o directamente homicida, tan tradicional este último en la lucha por el poder –véase, “Juego de tronos”, sin ir más lejos- en la ficción como en historia real de la humanidad. Envenenaban con cianuro los romanos;  con indetectable arsénico, los árabes; concantarella, los Borgia… de manera que, en las cortes palaciegas, era tan fácil encontrar a un envenenador profesional como un catador muy bien formado y enseñado para que velara por la integridad de los comensales. A veces, sin éxito.

Había ocasiones en que recibir un invitación a cenar era como para echarse a temblar y había que pasar revista a la calidad de las relaciones con el anfitrión para ver hasta qué punto era arriesgado probar su cocina. Terrible. Como forma de asesinar, el envenenamiento es frío, taimado y traicionero, algo antinatura, porque ofrecer comida o bebida siempre ha sido signo de buena voluntad y una llamada a la confianza.

En nuestros tiempos apenas sobrevive una pequeña casta de intoxicadores: los que sirven mayonesas, tortillas de patata o langostinos pasados o los que preparan bazofias a modo de paella. Pero sus malas artes no suelen llevarnos más allá del cuarto de baño.

El siguiente punto de relación entre la muerte y la comida nos queda ya un tanto lejano, es un rito religioso que se ha ido perdiendo con el tiempo: dejar al difunto bien pertrechado de viandas para ayudarle a pasar el trance. Este antecedente de la cesta de picnic, del que se encuentran trazos hasta en la prehistoria en forma de cazuelas, platos y vasijas, parte de dos premisas: primero, que existe un más allá. Y, segundo, que está lo suficientemente lejos como para necesitar provisiones para el camino. Los maestros en el arte de la gastronomía mortuoria fueron, como no, los egipcios. Y el gran número de soldados, criados y concubinas que perecían encerrados en la tumba acompañando al difunto señor de sus destinos, por lo menos, no morían de hambre.

Finalmente, acudimos a ese castizo dicho popular de “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Curiosamente, son los norteamericanos quienes cumplen a rajatabla con él. Sus velatorios acaban siendo auténticos festines. Es curioso que un país en el que cada vez se cocina menos en casa, tenga esa costumbre de llevar comida casera a casa de sus vecinos –para darles la bienvenida- o de quienes celebran un velatorio. En las pelis, siempre, macarrones con queso.

En España, pegarse un festín con el finado de cuerpo presente se considera de mal gusto. Aquí nos arreglábamos con café, aguardiente y rosquillas. Eso cuando se velaba en casa. Ahora, con los tanatorios industriales, la cosa ha perdido color y ha ganado asepsia. Durante años, por cierto, antes de la apertura de los “after hours”, uno de los tanatorios de Madrid se convirtió en refugio de noctámbulos. Ya se sabe que los negocios funerarios no cierran nunca.

Otra cosa es lo de las celebraciones mortuorias por los familiares perdidos. En eso, los mejicanos se llevan la palma. El día de los muertos –el 1 y 2 de noviembre-, el recuerdo, la añoranza y el cariño se escenifican en las casas en altares repletos de comida. Se preparan sobre todo recetas que recuerdan a los seres queridos o sus platos preferidos. La mesa acaba siendo tan copiosa como la de navidad: hay tamales, mole, frijoles, arroz, tortillas y salsas picantes. Para beber, zumos, chocolates y el inevitable tequila. Y todo un surtido de dulces, de entre ellos, el pan de muerto, con anís, canela y azúcar glaseado, con forma de calabazas o huesos.

En el fondo no me resulta tan lejano. En mi familia, los terribles momentos de vuelta de un tanatorio se han vivido siempre con una comida o una cena en compañía y apoyo mutuo. Y conozco un viudo que reúne a sus amigos en torno a una mesa en cada aniversario de la muerte de una esposa a la que quiso y sigue queriendo mucho. Es su particular homenaje. Es uno de los mejores que conozco.

Nekane Goñi

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