Feliz día de no se sabe qué

Feliz día de no se sabe qué

El día de la raza, le llamaban al 12 de octubre antes de que España tuviera facultades de antropología. Cuando supimos que entre el ADN del ser humano en su conjunto y el de las moscas del vinagre apenas existían grandes diferencias, el racismo –como el franquismo– quedó reducido a la estulticia de los descerebrados.

Nos quedó luego el sobrenombre de Día de la Hispanidad. España pretendía ser lo que no fue nunca, más madre que madrastra para las repúblicas del otro lado del Atlántico. Manuel Fraga se tuteaba con Fidel Castro con la misma cordialidad que reinara en las relaciones entre Juan Domingo Perón y Francisco Franco o, ya sobrevenida la democracia, entre Felipe González y Carlos Andrés Pérez. Inventamos las cumbres iberoamericanas como si nuestra Commonwealth llegara con siglo y medio de retraso. Allí, bajo su pompa, en el recuento habitual de las ausencias y leyendo entre líneas de los discursos pomposos, empezamos a percibir que entre la vieja metrópolis y algunos representantes de los estados criollos, existía la misma empatía que entre Juan Carlos I y Hugo Chávez: cada 12-0, en la avenida San José Insurgentes del D.F., algunos herederos sentimentales de los pueblos precolombinos se empeñan en tumbar la estatua de Colón, aunque una vez Carlos Fuentes se apeara del auto y les espetase que podríamos renegar de lo peor de nuestra historia mutua pero no del español, esa lengua mestiza que nos sigue uniendo a pesar del inglés y que por fortuna no ha logrado acabar con el idioma ancestral de los quechuas o de los guaraníes.

Más allá de la Expo y del Quinto Centenario, la hispanidad, sin embargo, se rompía con cada visado o cada vez que la palabra sudaca sonaba a insulto. O cuando renegábamos en Estados Unidos o en cualquier otro espacio de poder, respecto a nuestra condición común de hispanos: “No, nosotros somos españoles”, clamaba la muchachada peninsular cada vez que alguien le confundía con los nacidos al sur de Río Grande, en el peor skyline del melting pot estadounidense. Todo ello ocurría, claro, antes de que ningún candidato a la Casa Blanca tuviera que hablar en la jerigonza de Cervantes y de Rubén, cuando nuestra genética sólo era la de los espaldas mojadas en el desierto de los desperados o la de la vistosa cabalgata que recorre, tal día como hoy, la avenida de las Américas en la Gran Manzana.

En los carteles oficiales de la España del PP, hoy es el Día Nacional y junto a la tradicional cabra de la Legión, por la capital de la gloria desfilará un mister universo bajo la boina del Ejército de Tierra. Nuestras fuerzas armadas vuelven a limitar, en estos días, con Irak, aunque ahora iremos allí para matar poquito como diría Federico Trillo en sus mejores tiempos. ¿Por qué sólo desfilan los militares en el día común de todos los españoles? ¿Es que siguen teniendo, acaso, el monopolio de la patria? Hay muchos héroes sin derecho a parada: los parados, sin ir más lejos. Aquellos que nunca tuvieron tarjetas black, ni colaron su nombre en un ERE fraudulento, ni acudieron a la boda del Escorial, ni jugaron al paddle con el Bigotes, ni hicieron negocios con la ex infanta Cristina. ¿Para cuándo una españolísima exhibición de madres que se multiplican por cuatro, de dependientes sin ley de Dependencia, de jóvenes suburbiales cuya droga es un empleo precario, de niños que no piden primeras marcas a los reyes porque saben que son las padres y que hace mucho tiempo que les destronaron de un empleo fijo? Será sin duda nuestro día cuando la rojigualda tremole un doce de octubre sobre aquellos intrépidos que intentan llegar a fin de mes, sobre las mesnadas de fontaneros, albañiles, poetas cuánticos o científicos en vías de extinción, sobre las legiones de funcionarios de sueldo cabizbajo, de profesionales de la salud a quienes nadie despide con lágrimas en los ojos al afrontar la difícil misión de ir a currar con los contagiados por el Ebola.

¿Cómo asumir sin rubor nuestra condición de compatriotas del mangazo, de los miles sin nada y de los pocos con todo, de aquellos que se sustentan en el trapicheo y en la palabrería, o alquilan su bandera a los estancos y su tierra eternamente al pabellón de las barras y de las estrellas? Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de hipotecarte el corazón. Que viva la España de Manolo Escobar con letra y música de un sueco, o la de la Marcha Real a la que puso palabras José María Pemán, todavía con ademanes falangistas: “Alzad los brazos, hijos/del pueblo español,/ que vuelve a resurgir./ Gloria a la Patria que supo seguir,/ sobre el azul del mar el caminar del sol”. ¿Cómo identificarnos con esa España falsamente gloriosa, que ocultaba el remiendo en los pantalones tras el paredón de ejecución y los alamares dorados de las iglesias barrocas? Mejor ser ciudadano de la Sansueña de Luis Cernuda, de la balsa de piedra de José Saramago, de la Atlántida de Manuel de Falla.

Sólo la Pilarica tiene claro que hoy es su santo. Y los picoletos, aunque no sean de la misma opinión que su director general, que sigue viendo a los inmigrantes clandestinos de Ceuta y Melilla como una versión contemporánea  de la invasión de los bárbaros, de cuando la Bética enviaba emperadores a Roma.  ¿Día Nacional? Ojalá lo fuera para esta nación de naciones que la ortodoxia españolista no reconoce. Quizá –tan sólo digo quizá porque el fanatismo suele ser de doble dirección– si se hubiese aceptado esa simple palabra, “nación”, en el preámbulo del Estatuto de Cataluña, no estaríamos a punto de la secesión. España no se construyó desde la voluntad de sus habitantes sino por la fuerza de las armas, quinientos años atrás. Ojalá, como buscan principalmente catalanes y vascos, al resto se nos permitiera autodeterminarnos como españoles, en un país distinto al que hoy nos imponen y en el que nos sintiéramos igualmente orgullosos de nuestras cuatro lenguas y la de los gitanos, en donde el mapa no fuera un rompecabezas sino un diálogo constante y en donde pudiéramos decidir si merecemos un rey o si Felipe de Borbón pudiera presentarse libremente a la presidencia de la República.

Para quienes creemos en la España de Quevedo y en la de Goya, en la de Luis Vives, en la de Fray Bartolomé de las Casas, en la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en la de Celestino Mutis, Alcalá-Galiano, Ramón Power o Mejía Lecquerica, en la de Mariana Pineda y la de Torrijos, en la de Rosalía de Castro y Benito Pérez Galdós, en la de Salvador Espriu y en la de Picasso, en la de Manuel Chaves Nogales, María Zambrano o Manuel Azaña, hoy no es nuestro día. Hoy sigue siendo la fiesta de no se sabe qué. Felicidades a quienes lo sepan.

Juan José Téllez

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