La vida

La vida

En relación con el ébola, la gente se queja de que no hay información. De todas formas, en lo más oscuro, emerge la figura totalmente transparente del consejero de Sanidad de Madrid. Una transparencia demasiado transparente. La transparencia aterradora, mal enmendada luego, de intentar culpabilizar a la enfermera que se jugó la vida cumpliendo su misión. Esta transparencia inversa es ya un resorte tradicional de nuestro fogoso Establishment, por lo menos desde la expulsión de los judíos, culpables ellos de su expulsión. Hubo otro detalle muy transparente, de apariencia personal, pero de alto contenido histórico, y fue cuando el consejero declaró que no le importaría dimitir porque él ya tenía “la vida arreglada”. Se estaba hablando de lo que se estaba hablando, de un sin vivir, pero allí teníamos a un líder que transmitía serenidad y seguridad. Un hombre con “la vida arreglada”. Se recupera el concepto de economía honesta, de poner coto a la desigualdad. Eso será por ahí adelante. Aquí y ahora, yo lo único que veo es, como diría Mariano, una “malleira”. Los cuatrocientos golpes. Una paliza social. Vivimos en una sociedad de riesgo, en la incertidumbre. Muchos miles de familias, más que el año anterior, van a pasar un invierno demasiado transparente, sin recursos para la calefacción, con las tripas revueltas y el ánimo congelado. Hay que reconocer el coraje, el cuajo y hasta la cara al señor consejero de Sanidad, esta su generosidad de revelar el secreto de que al menos hay gente con “la vida arreglada”. Me emociona saberlo. Me gustaría abrazarlo, felicitarlo. Preguntarle cómo se hace eso, lo de arreglar la vida. Y agradecerle la información más que sanitaria. Saber que en España hay tres clases sociales. Los que tienen “la vida arreglada”. Los que se buscan la vida. Y quienes se la juegan.

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