Por qué debemos de matar a la “mujer más sexy del mundo”

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Las revistas para hombres han instituido la presea anual de “la mujer más sexy del mundo”, coronando a una celebridad como un imposible objeto del deseo mundial. La dinámica es bastante sencilla y burda: las personas aman consumir información en listas definitivas y a los hombres les encanta ver fotos de mujeres sexys. A la celebridad ganadora es posible que no le guste del todo ser tratada como objeto, pero eso es un nimiedad en comparación con lo que genera para su carrera ser considerada la mujer más sexy del mundo — algo que seguramente los productores toman en cuenta y pueden capitalizar en su siguiente película o programa de TV.

Andi Zeisler, quien escribe sobre feminismo en la revista Salon, sugiere que debemos de matar a la mujer más sexy del mundo (no a Penelope Cruz, la ganadora de este año de la revista Esquire) sino este canón de seleccionar cada tanto a la mujer más sexy del mundo en el que participan numerosas revistas y sitios de Internet. Al final estas revistas, incluyendo las que son orientadas al público femenino (como In Style, People y otras), lo que hacen es permanentemente juzgar a las mujeres: ya sea quiénes son las más sexys, quiénes son las mejor vestidas o quiénes tienen los mejores novios, esta es la norma. El resultado de esto es la introyección del censor, el juez interno que evalúa, ostraciza lo anormal y acepta lo que se alínea con el cánon; ver el mundo siempre a través del cristal fragmentario del juicio, un filtro incisivo.

En el caso de Esquire hay un aspecto que hace doblemente ridículo el nombramiento de la mujer más sexy del mundo: el texto que acompaña el shoot de fotos sexys, el cual parece estar motivado por una prerrogativa de justificar con algo de contenido literario lo que es básicamente sólo un spread de carne. Por ejemplo  Rihanna, la ganadora del 2011: “Toma su radiante trasero –lo maneja, lo mece– es como asado en su punto”; Scarlett Johansson (ganadora en el 2006 y en el 2013), con meta-obviedad “Se ve como una mujer. Exuda feminidad”. En el caso de Penelope, el reino del cliché, metáforas detauromaquia para describir como hace brotar la sangre (inflamación sexual, pasión latina). Preámbulos masturbartorios con pedazos de poesía oficinista. 

Los nombramientos no sólo contribuyen a perpetuar imágenes colectivas de la feminidad objetificada, también son parte de una velada industria de manipulación aspiracional. El timing, por ejemplo, del galardón de Cruz, coincide con el estreno de dos de sus películas, como bien señala Zesiler: todo es parte de una estrategia de comunicación y PR.

Abandonar este tipo de clasificaciones, sin embargo, es más difícil de lo que se podría pensar, ya que en un sentido primigenio estamos cableados biológicamente para crear todo una red de significados y normas que funcionan como pegamento social. Ideales de belleza y estándares de lo que es normal y de lo que es aberrante conforman el tejido social que es también una máquina colectiva de aprendizaje y adaptación. Nuestra mentalidad es mucho más la de una manada que la de un individuo que mira libremente el horizonte.

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