20-N: “Españoles, el Régimen ha muerto”

20-N: “Españoles, el Régimen ha muerto”

Mil años tardó en morirse,

pero por fin la palmó.

Los muertos del cementerio

están de Fiesta Mayor.

Seguro que está en el Cielo

a la derecha de Dios (…)

los del exilio de fuera

y los del exilio interior

celebraban la victoria

que la historia les robó.”

(Adivina Adivinanza, Joaquín Sabina)

Hace ahora 39 años un dramatizado Presidente del Gobierno de una Dictadura zombie, pero aún asesina, anunciaba la muerte del dictador. Era el primer paso para una Transición pactada desde las alturas. Una Transición sobre la que han descansado demasiados mitos y relatos edulcorados dirigidos a consolidar una estabilidad social, política y económica en beneficio de unas élites que supieron entender los mecanismos necesarios para el tránsito y las posibilidades que abría la “reforma”. Una Transición que, conviene no olvidar nunca, fue profundamente sangrienta, amnésica y que aún hoy tiene pendiente ajustar cuentas con la verdad, la justicia y la reparación, siendo en un juzgado argentino en donde ha encontrado eco, por fin, la querella contra los crímenes del franquismo.

Sin embargo, el “shock austericida” y la marea negra de la corrupción han ejercido de detonadores de los consensos sociales sobre los que pivotaba, hasta ahora, la legitimidad del régimen post-Transición. De esta forma, de la mano de la movilización social y las experiencias reales de auto-organización popular, hemos asistido a una progresiva impugnación del relato oficial de la Transición y, sobre todo, de sus instituciones centrales.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire” decía Marx. Hoy muchas de las aparentes certezas inamovibles sobre las que se construyó el sistema político y económico español están en el aire. Como quien no se atreve a mirarse en el espejo para asumir el inevitable paso del tiempo, los guardianes de los muros constitucionales solo se atreven a proponer pequeños arreglos o reformas “express” para satisfacer las demandas de los llamados “mercados”.

El mantra de la reforma asoma hoy otra vez, como entonces, para agitar los fantasmas de los cambios traumáticos o de los “paisajes calcinados” (editorial de El País dixit). Soliloquios repetidos, sin capacidad ya de seducir a quienes han roto ya el pacto de consentimiento con las élites. Menos aún de seducir a quienes han sido capaces de mirar a los grandes partidos y sus corruptores y gritarles: culpables. Es esta ruptura, todavía simbólica, discursiva y actitudinal, lo que podemos entender como el inicio de un lento proceso destituyente que se ha fraguado desde la ya larga ola del 15-M que supuso una impugnación intuitiva, al grito de “democracia real ya” . Pero se trata de ir más allá, de poder articular un movimiento socio-político que desarrolle una impugnación estratégica del régimen. Se trata de romper el candado y el estrecho corsé de la Constitución del ’78. Salir de ese terreno de juego y construir un nuevo espacio y un nuevo tiempo político. Es más que un objetivo: es una necesidad urgente para revertir las políticas de dominación, expolio y de neo-autoritarismo que estamos padeciendo.

Se trata, por tanto, de caminar con la mayoría social hacia unos procesos constituyentes que, efectivamente, devuelvan el protagonismo a la gente que, diariamente, hace que la sociedad funcione. Unos procesos constituyentes que deben enemarcarse en la revolución democrática que las distintas expresiones de movimiento real están practicando en calles, plazas e instituciones y cuyo protagonismo debe mantenerse como expresión y experiencia de poder popular (tal y como recuerda Antoni Aguiló en su artículo publicado ayer mismo). Unos procesos que, además, deben ser un pacto de democracia construido desde, con y por los sectores populares marginados de la vieja política. Un nuevo pacto social que debe incluir nuevas formulaciones y garantías de derechos (sociales, culturales, políticos, sexuales y ecológicos) y de libertades democráticas que permitan hacer efectivo una democratización de la economía y el derecho a decidir sobre todas las cosas (incluyendo el derecho a la independencia de las sociedades que así lo estimen).

En este sentido, el dispositivo puesto en marcha por Podemos es un catalizador necesario para abrir este horizonte de ruptura, también en el campo institucional. Pero no es suficiente. Debe estar acompañado de otros actores del campo popular que han sido, precisamente, quienes han ido construyendo un “sentido común” favorable a la ruptura con las vergonzantes herencias de los lodos de la Transición.

Para que esto sea posible hay una tarea urgente que hay que llevar adelante: echar a los representantes del viejo desorden. Ese es es un paso imprescindible para que otros futuros posibles sean viables. Un buen comienzo sería escuchar a la portavoz del Gobierno en la noche electoral del próximo noviembre anunciando ante las cámaras: “Españoles: el Régimen ha muerto”.

Miguel Urbán

http://blogs.publico.es/tomar-partido

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