El arte de estar en el trabajo pero no trabajar

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Hasta cierto punto vivimos en la era de la distracción. Campos de pestañas, “ventanitas”, pantallas, sonidos, conversaciones y noticias, entre otros, están permanentemente luchando por nuestra atención, a todas horas, sin respetar el baño, el templo o la oficina. Y lo anterior, aunado a otros factores en torno a las circunstancias laborales que viven millones de personas, han terminado por refinar el antiguo arte de “trabajar sin trabajar”, incorporando a muchos a un terreno que en algún momento fue casi exclusivo de burócratas y holgazanes. 

Con la consagración del capitalismo y los estilos de vida que promueve, el concepto de empleo fue modelándose bajo una guía deshumanizada: trabajar para ganar dinero que luego pueda usarse para comprar cosas desechables, innecesarias pero ligadas a una noción de estatus social. La eterna persecución de bienes materiales para construir una endeble identidad que luego, en algún punto de nuestras vidas, se revele a sí misma como absurda e insuficiente.

Douglas Rushkoff cuestiona la posible obsolescencia del actual modelo de empleo y comenta:

Me da miedo siquiera preguntarlo, pero ¿desde cuándo el desempleo se convirtió en un problema? Entiendo que todos queremos nuestro salario, o al menos queremos dinero. Queremos alimento, techo, vestido y todas esas cosas que el dinero puede adquirir. ¿Pero de verdad queremos empleos?

La productividad, como la zanahoria que perseguimos infinitamente sin preguntarnos por qué o para qué, se traduce casi inevitablemente en la pérdida de sentido de una buena porción de nuestra existencia –sobretodo si consideramos que dedicaremos una buena parte de nuestras vidas a laborar, algo así como 100,000 horas–. Nociones como compromiso, inspiración, congruencia y gusto, fueron gradualmente ausentándose de nuestro panorama, y así se favoreció, paradójicamente, el arte de la simulación laboral, estar en el trabajo cumpliendo “horas hombre” y resolviendo tareas a cuentagotas, pero realmente sin trabajar.  

Lo anterior, un modelo laboral arcaico, innumerables distractores, poca identificación de los empleados con sus lugares de trabajo, nula inspiración y falta de estímulos creativos, ha provocado que cada vez más personas se entreguen a la simulación laboral. Un caso épico es el de un burócrata alemán que servía en el ayuntamiento de Menden, un pueblo alemán, y quien tras retirarse luego de 14 años de “laborar” ahí confesó jamás haber hecho algo: “Desde 1998 estuve ahí pero en realidad no estuve presente. Así que estoy bien preparado para el retiro”. La confesión se filtró a un diario local y causó revuelo. 

Paradójicamente, este fenómeno que parece hoy más popular que nuca, contrasta con la era del estrés laboral: jornadas interminables y la disolución de las fronteras entre vida privada y trabajo (fomentado por la comunicación electrónica y los dispositivos móviles). Al respecto un estudio realizado en Suecia reveló que los empleados utilizan entre 1.5 y 3 horas, diariamente, de su jornada laboral a resolver asuntos o atender distracciones que no tienen que ver con sus tareas. Y finalmente tenemos el fenómeno de la procastinación, la cual es como estar corriendo pero sin avanzar, es decir, estar haciendo cosas, incluso bajo presión, pero sin realmente estar resolviendo o avanzando en nada. Estos dos últimos factores podrían explicar por que a pesar de que cada vez estamos más tiempo en una oficina pero sin trabajar, no excluye la posibilidad de que nos sintamos estresados.

En fin, un fenómeno más de la vertiginosa contemporaneidad sobre el cual valdría la pena reflexionar –quizá comenzando por responder a si estás leyendo este artículo desde tu oficina y en horario laboral. 

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