La bestia y la bella

Buko - Lemper2

Charles Bukowski dedicó su poesía a darle voz a una bestia. La bestia que fue él. Una bestia alcoholizada de uñas negras, panza blanca y pies peludos; una bestia atrapada en una jaula sucia y pegada a una botella de cerveza; una bestia iracunda y misógina. Mientras otros trabajan o sacan fotos para dejar de pensar, mi bestia me permite pensar en ella, en la muerte, en la demencia y el miedo; en flores secas, en decadencias y en el hedor de la tormenta ruinosa. La bestia habla de la violencia de su padre, del reloj que registra el tedio, del hambre y las cucarachas, del paso de sus amantes. Bukowski escribe siempre borracho, mientras mata moscas, decidido a arrebatarle todo arte a la poesía. Todo es una farsa, escribe en un poema: los grandes actores, los grandes poetas, los grandes estadistas, los grandes pintores, los grandes compositores, los grandes amores. La historia y su recuerdo son también un fraude. Sólo existe uno mismo con el ahora. Entre vagos y prostitutas, Bukowski alardea y se lamenta. Su misantropía es sórdida y vulgar pero, al mismo tiempo, perceptiva. 

Narrativa autobiográfica en la que suele aparecer un bar, alguna amante, un coche y música. Una columna de desplantes, declaraciones y anécdotas. Pero también hay poemas como “El genio de la multitud” del que capturo unas líneas, de la versión de Hernán Bravo Varela: 

cuidado con los predicadores
cuidado con los conocedores 
cuidado con aquellos que siempre están leyendo libros

cuidado con aquellos que
odian la pobreza     
o los enorgullece
cuidado con aquellos que elogian de buenas a primera
porque a la vuelta buscan el elogio
cuidado con aquellos que censuran de buenas a primeras    
le tienen miedo a lo que desconocen
cuidado con aquellos que están en busca de fieles multitudes porque   
solos son nada.

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