La Yakuza japonesa: del sol naciente a tierra azteca

La Yakuza japonesa: del sol naciente a tierra azteca

 

Óscar Balderas / @oscarbalmen

 

(28 de agosto, 2013),- Iban a 120 kilómetros por hora en plena zona urbana. Manejaban ignorando los semáforos, dando vueltas prohibidas, con el acelerador a fondo por la delegación Venustiano Carranza en la Ciudad de México. Si alguien se les hubiera atravesado, los “tumbaburros” de esos tres vehículos de la Policía Federal habrían dado un golpe mortal a cualquiera.

A toda velocidad, condujeron por varias cuadras hasta que alguien les hizo una señal y frenaron intempestivamente en la esquina de Eje 1 y Gran Canal.  Con el motor aún encendido, bajaron los agentes y con armas largas apuntaron a otro vehículo. “¡Las manos arriba, arriba chingadamadre! ¿no entiendes español o qué?”, gritaron los policías.

Del otro auto bajaron las pasajeras Marisol, Zaira e Isabel con los brazos en alto y rostro de espanto. Las tres se identificaron como mexicanas, de entre 30 y 40 años y con algo en común: guardaban en sus cuerpos varios globos en los que transportaban cocaína, que depositarían en cuanto llegarán “allá”.

El chofer era Phanor Eriko Kuratomi, alias “El Casio”, originario de la ciudad de Fukuoka, quien tenía el encargo de vigilarlas y llevarlas al aeropuerto de la Ciudad de México, donde dejaría a las tres mexicanas para que llegaran a Japón.

Hasta ese momento, “El Casio” era el enlace en México de la mafia japonesa Yakuza, la más importante del continente asiático, que contrata “burreras” en el país para redondear su negocio internacional de tráfico de droga. Un segundo después, estaba detenido y esposado dentro de una patrulla federal.

Un policía alcanzó a susurrar, aquella tarde de diciembre de 2010, “¿qué hace un japonés ‘moviendo’ droga hasta acá?”

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“El Casio”, se supo después, era apenas un contacto menor. Un enviado de la mafia japonesa para echar un vistazo al territorio mexicano, donde los cárteles de la droga producen sus estupefacientes y los exportan al mundo con ganancias de 2 mil 600 millones de dólares, según cálculos de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Era un primer acercamiento al plan expansivo de esta mafia, cuyos abuelos son los samuráis que gozaban de una gran reputación entre la población japonesa por su eficiencia a la hora de cuidar a la población gobernada por los señores feudales. Eran alabados, respetados y tenían buenos ingresos… hasta 1868, cuando el país del sol naciente comenzó a transitar a una monarquía con parlamento.

Entonces, la “modernidad” que exigía ese cambio desplazó a muchos samuráis, quienes pronto quedaron sin empleo formal. Debieron replegarse a tareas de seguridad clandestinas con empresarios de dudosa reputación o en comunidades alejadas, cuyos pobladores les pagaban cuotas para protegerlos de la delincuencia común. Se volvieron grupos de choque.

De pronto, se vieron en una posición privilegiada: controlaban grandes extensiones de tierra y mar que conectaban ciudades, tenían contactos con dirigentes inescrupulsosos y cobraban buenas sumas de dinero que no eran reportadas al gobierno. Su ingreso a la delincuencia organizada fue el siguiente paso natural.

A principios del siglo XX, ya controlaban el trasiego de drogas, armas, lavaban dinero y controlaban los negocios de espectáculos y bienes inmuebles, pero su mayor ingreso eran las apuestas clandestinas, por lo que se nombraron “Yakuza”: “ya” (ocho), “ku” (nueve), y “za” (tres), cifras que sumadas dan 20 puntos, la peor mano en una variante del juego de cartas Hanafuda, popular en Japón. Se definían a sí mismos como perdedores, traicioneros de una tradición de honor que habían creado sus abuelos samuráis.

A medida que su negocio fue creciendo, también la violencia de la mafia: no hay un registro claro de cómo se entra a la Yakuza, pero varios testimonios recogidos por el periodista Anton Kusters – quien convivió con ellos durante dos años – señalan que el ingreso está condicionado por estrictos entrenamientos mentales y pruebas físicas que incluyen lesiones causadas por otros miembros.

Cuando se ha probado que se tiene lo necesario físicamente, se induce a un sistema de clanes, donde la lealtad a la familia tiene un valor superior por encima de todo. Quienes traicionan pagan con la norma Senpai-kōhai, que establece la amputación del dedo meñique.

Los tatuajes son parte de su cultura: son grandes y en lugares visibles. Imposibles de cubrir. Cada imagen revela la familia o clan al que pertenecen, su rango y sus actividades ilícitas preferidas. Todos los yakuzas pintan en su piel las katanas que los hacen miembros vitalicios de una mafia sádica, cerrada y millonaria.

Sus 3 mil clanes y más de 100 mil miembros, sólo en Japón, ya controlan partidos políticos, negocios internacionales y según varias indagatorias policiales, tienen presencia diaria en las operaciones bursátiles del país. Apenas tres clanes generan 15 mil millones de dólares anuales a través de la droga y especulaciones financieras de alto calado.

Su peligrosidad, sus vidas de millonarios y la honorabilidad que pregonan causa fascinación en el mundo: en Japón, el cine, música y danza se han nutrido de estos personajes, quienes son vistos con una extraña admiración.

En México, seis meses antes de la detención de “El Casio”, en la delegación Venustiano Carranza, la Cineteca Nacional exhibió, por primera vez, un ciclo de cine de 16 filmes dedicados a la Yakuza. El encargado de inaugurar las proyecciones fue Toru Oono, director de la Fundación Japón México, quien reconoció que la mafia se les infiltró en tráfico de drogas, prostitución y negocios bursátiles.

El ciclo se llamó “Historias del crimen: la Yakuza japonesa”. Llenó todas las salas.

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Luego de la detención de “El Casio”, la entonces Secretaría de Seguridad Pública comenzó una investigación sobre la presencia de la mafia japonesa en México.

La primera línea de investigación unió a los clanes de legendarios samuráis con el grupo criminal “Los Zetas”, con quienes comparten una historia similar: desterrados del Cártel del Golfo, iniciaron como protectores de personajes de dudosa reputación y ahora ganan millones de pesos con el tráfico de drogas, tráfico de personas, secuestro y lavado de dinero a través de empresas de alta facturación.

De concretarse, se trata de un puente criminal de 14 mil 950 kilómetros, desde el imperio azteca hasta el imperio nipón. Un negocio entre descendencia samurái y los hijos de los capos mexicanos.

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