Brujas y chefs en la televisión

Brujas y chefs en la televisión

Ulises

Los estraperlistas eran unos caballeros comparados con los de Bankia, pero esto no es igual que aquello. Éramos, como el de Miguel, niños amamantados con sangre de cebolla y luego con pan de maíz, esperando a que pasara el pasodoble y llegara el bolero para arrimar escombro. Este no es el hambre de la carbonilla y la tuberculosis, el chocolate de tierra y las bellotas; es más discreto. La pobreza que acosa a España no parece desarrapada y zurcida, sino bien maqueada. La gazuza ha llegado a la gente de corbata, pero hay bancos de alimentos, funciona la solidaridad familiar y el reparto de las pensiones del abuelo, aunque esta recesión ha disparado la veneración a las brujas y a los cocineros, que desarrollan su talento a todas horas y en casi todas las televisiones.

Hay una paella denominada Manolete. Se cuenta que una vez, en Barcelona, al diestro se le antojó comer arroz y la encargó al restaurante 7 Portes, donde solían ir Orson Welles y Lauren Bacall. Desde ese día, el restaurante tiene en el menú la paella Manolete, a base de cigalas, trozo de butifarra y una cola de langosta.

El mítico Lorenzo Díaz, del programa de Carlos Herrera, el sabio que llegó a Madrid en un camión de melones, no sabe explicarme con exactitud si la que ha pasado a la historia es la paella de 7 Portes o la que el diestro cordobés compartió en Valencia con Carlos Arruza, o quizás la que comió con Lupe Sino en Riscal. Lo cierto es que la instantánea se publicó en Dígame. Lo misterioso de esa foto es que la gente que rodea la paella no se siente hipnotizada por el aura del Cuarto Califa de Córdoba, sino que mira fijamente a la cola de la langosta.

Hasta este siglo, el hambre no había creado más arte que la novela picaresca. La comida era popular -escribe en su libro de bodegones Lorenzo Díaz-, a base de ajos, azafrán y aceite: el cocido, las dos sardinas, la olla podrida. Una gastronomía arcaica, de arrieros y buhoneros, frailes cocinillas, monjas reposteras en bodegones de puntapié y ventorros de la mesta. Ya el hambre de la última posguerra avivó el talento de los cocineros, que antes eran franceses y sólo para los palacios; y en la galiposa de la posmodernidad la gente se quedó arrobada ante el arte culinario, como ante la paella de Manolete.

Los chefs son aclamados como toreros en la última hambruna. La televisión transmite constantemente, además de la faena de los cocineros, las adivinaciones de brujas catódicas. La gente es cada vez más supersticiosa; mejor sería que volviera a la religión o que visitara a la bruja de Andorra, como Pujol. Las televisiones se han hundido por dar noticias y han sido traspasadas a echadoras de cartas que se pasan las horas leyendo manos y naipes. No son aquellas gráciles gitanas que echaban la buenaventura por un real, ni tampoco aquellos gentiles trujamanes de El Quijote. ¿Por qué no contratarán a un actor, lo visten de zahorí y aparece como maese Pedro junto a su mono?

RAÚL DEL POZO

http://www.elmundo.es/opinion

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