Con frialdad

Por: Ángel Gabilondo

Shared Sight

Es llamativo el prestigio que tiene la frialdad. Parecería incluso que fuera garantía de objetividad. A su vez supondría un factor decisivo de la buena profesionalidad. Nada de emocionarse y cuidado con la cálida influencia de los sentimientos. Lo importante sería mantenerlos al margen, muy singularmente si hubiera de adoptarse alguna decisión. Pronto accedemos al extremo de incluir en tamaño planteamiento cuanto tenga que ver con los demás. Nada de dejarse influir. Ni en el mejor de las situaciones, con excepción de ciertos ámbitos muy próximos, en los que también, en todo caso, convendría no conmoverse.

Y a partir de ello, ya todo se tiñe del dominio de semejante flema. Se pretendería que hasta la serenidad fuera una muestra inequívoca de este poder conservante del hielo. La apatía se presentaría como ecuanimidad; la indiferencia, como carencia de intereses espurios; la indolencia, como equilibrio. Convendría entoncesmostrarse insensible a cualquier atisbo de afecto que no esté absolutamente controlado o de sentimiento que pudiera inducir a entenderse como debilidad. Y de eso se trataría, de considerar que la firmeza incluye esta despreocupación, la de no perderse en las consecuencias que lo que hacemos pudiera tener en las vidas ajenas.

Pero la insensibilidad también hace su trabajo. Y muy especialmente en uno mismo. La parálisis de la frialdad alcanza muy singularmente a quien pretende hacer de ella un factor que llegue hasta los rincones propios más inaccesibles. La dosificación acaba convirtiendo todo en gesto vacío, en postura, en pose, en ademán, y el afecto pasa a ser afectación. Y ya todo es mueca, retoque fotográfico del alma.

 

 

Weekend+Love

Para los habitantes de estas regiones glaciares de las relaciones resultan convenientes las precauciones sobre los sentimientos, el peligro de las pasiones, las veleidades de los afectos. Encuentran en ello el caudal para alimentar la conveniencia de mantenerse a buen recaudo, de no entregarse a los desmanes de sus imprevisibles efectos. El cuidado necesario pasa a ser entonces desconsideración. Y justificación.

Poco a poco, todo se ve concernido por semejante frialdad y acaba encontrándose adecuada la distancia en la que uno puede no verse ni concernido ni afectado. No hay modo de ponerse en el lugar del otro, salvo para presumir que nuestro proceder sería diferente. No hay manera de asumir consecuencias ni de padecer lo mínimo por cuanto nunca nos tocaría. Espectadores imparciales de cuanto acontece, protegidos por esta máxima precaución, la frialdad funcionaría como un auténtico muro de seguridad y en su caso como cortina de humo para ocultar nuestra interesada desidia.

Sembrada así la “razonable” frialdad, ya todo consistiría en no dejarse influir en las grandes actuaciones sociales por los efectos, siempre colaterales, de las decisiones. Pronto atribuiríamos a la cabeza ese rigor, frente a los desconciertos del corazón, por lo visto siempre inquietantes. La frialdad vendría a ser de este modo no solo un baluarte protector sino una auténtica coartada para la anestesia. Podríamos pasearnos por la vida sin ver, sin sentir sin padecer, más de lo conveniente. Y proseguir nuestros quehaceres comentando, más o menos apasionadamente, pero sin repercusiones, las coyunturas y los avatares de nuestra existencia individual. Y las de los demás. Y tomar medidas supuestamente imprescindibles, sin considerar relevante los impactos y sin detenernos en los padecimientos generados. Tal parecería, lo que es de lamentar, que este don habilitaría singularmente para ser alguien con capacidad de asumir puestos de responsabilidad.

Best+Friends

Una vez suficientemente anestesiado, ya cabe operar. El principal problema es que quien lo está es quien ha de intervenir. Y en tal caso la acción quirúrgica no es muy recomendable, en especial para aquel con quien se va a proceder. Perdida la sensibilidad del cirujano, inquieta el alcance del corte o de la extirpación, que prácticamente se perpetra sin demasiados miramientos. Ya no se trata de ninguna entereza, sino de una manifiesta desconsideración. No siempre es necesario tanto. Es suficiente alguna actuación higienista, preventiva en efecto, que nos precavede ulteriores acciones. Y nos amenaza con ellas. Presentadas y anunciadas por nuestro bien

En este sentido, hace un frío verdaderamente polar. Incluso se proclaman las ventajas de no ceder a las debilidades a las que nos impulsan emociones y sentimientos. No necesariamente “ese gran columbario de los conceptos, necrópolis de las intuiciones”, como Nietzsche proclama, pero desde luego no faltan modelos de supuesta racionalidad que son poderes encaminados a acallar la sensibilidad. Y no dejan de propalarse en nombre de intereses superiores que se esgrimen como objetivos ventajosos. Entonces, cualquier especial atención o mirada de afecto, cualquier palabra amable o actitud afable no tendrían cabida sino como un detalle, que convendría que no alterase la firmeza que únicamente la frialdad otorga.

No es cosa de ignorar que, como ya se viene subrayando, son tiempos de hielo. La necesidad se impone, pero asimismo se utiliza. Y ello nos atrapa. No solo en las grandes decisiones y coyunturas sociales. Todas nuestras relaciones se ven convocadas a una mirada clínica. Y se elabora en torno a ellas un saber que se erige como sensato y razonable, el que nos insta a no ceder a cuanto cálidamente pudiera entrañar cualquier atisbo de humanidad o, como despectivamente suele decirse, de fragilidad. Se produce así una suerte de inhóspito exilio de las zonas más acogedoras y habitables de la vida. Y cabe decir, como Ovidio al ser relegado a Tomos, que “más allá, ninguna cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo.”

La frialdad opera como ceremonia personal, social y política para atenuar cualquier atisbo de especial consideración. Y todo se puebla de presuntos analistas que no tardan en advertirnos de los momentos en los que se liberan los afectos. Ciertamente, también estos pueden distraernos, incluso de nosotros mismos. Perojamás la frialdad nos acerca. Alguien dirá que esta es su ventaja. Ahora bien, mientras todo parece reducirse a cálculo, y muy especialmente de resultados, hayindomables alientos, cordiales, que se presentan como verdaderos signos de resistencia, que desafían con su entrañable calor, siquiera mínimamente, los poderes del frío.

 Que+Sera+Sera

(Imágenes: Pinturas de Ellen de Meijer. Shared Sight; Weekend Love; Best Friends; y Que Sera Sera)

http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel

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