Ir al médico

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¡Qué difícil resulta todavía que alguien reconozca la necesidad de una psicoterapia! Ciertamente la vida es tan contradictoria que los desequilibrios personales suelen ser propicios  para atribuirlos a las circunstancias exteriores. Nada qué decir en términos absolutos. Hay circunstancias exteriores que se imponen como grandes bloques inamovibles e indisipables. Pero otros, muchos de los complejos componentes de nuestra vida diaria suben o bajan, se acentúan o se moderan, se convierten en terrores o son problemas dóciles de acuerdo al pensamiento que proyectemos sobre ellos y a la decisiva interpretación que finalmente les asignamos. De esta manera puede  cualquiera rodearse de un campo de minas  que un experto desactivaría. Minas y asechanzas, tristezas y complejos, desorientaciones y depresiones que un buen psicoterapeuta podría poner en evidencia su mecanismo interior y al contemplarlo, pieza a pieza,  nos sería posible tratar convenientemente con la sevicia.

 Relaciones con uno mismo y con los demás se engusanan por efecto de no haberles aplicado un insecticida eficaz y a su debido tiempo. O se enredan apretadamente los ingredientes por no haber contado con la necesaria lucidez exterior para comprender cómo se había formado ese nudo. De todo este universo de dolor hay algunas personas que no rehúyen ser atendidas por un profesional, por un terapeuta que, al cabo, no es ni mejor ni peor, ni un dios ni un mago, sino sencillamente un especialista en conflictos personales y así como a un ignorante de la automoción  le parece un imposible arreglar la avería de un coche, a un ciudadano común ignorante de  los procesos  o  vericuetos de la psicología le puede parecer imposible mejorar o sanar su malestar recurrente. Malestar para sí, malestar para los otros, malestar para vivir, malestar para trabajar, malestar para emprender, malestar para amar, malestar para dormir, malestar para estar.

Vicente Verdù

http://www.elboomeran.com/blog

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