Napoleón en mi barrio

Napoleón en mi barrio

Ulises

Yo no me creo a Napoleón, pero un día espero verlo con su capote gris, subido en su caballo blanco. Vivo en Chamartín de la Rosa, a 200 metros de donde durmió, y me lo imagino llegando a este barrio, también el de Antonio López, último pintor de cámara. El emperador se incautó -en diciembre de 1808- del Palacio de los Duques del Infantado y no mostró ningún interés por llegar a Madrid, donde el pueblo se había sublevado siete meses antes. No quiso pisar Madrid, donde, según él, una chusma de aldeanos dirigida por una chusma de frailes se había enfrentado al ejército de las luces.

Paseo muchos días por delante del Palacio de los Duques de Pastrana, hoy propiedad de la ONCE, al final de la Avenida de La Habana. Pienso si aquella opinión sobre los españoles se ha desvanecido. Dicen que no: la vulgaridad y la incultura nos aplasta. Incluso ahora, que hemos dejado de ser nuevos ricos. Nos describen como gritones, intolerantes, sectarios. Los nórdicos piensan aún que somos uno de los países peor educados de Europa. Arturo Pérez-Reverte suele decir que hemos hecho un país cada vez más inculto. Hace unos días, el novelista, en Guadalajara (México), acusó a los ministros españoles de analfabetos por quitar El Quijote de las escuelas. «No se lee porque ellos no lo entendían y prefirieron eliminarlo, antes que educarse a sí mismos». Según otros académicos, para descubrir el nivel cultural y político de España no hay más que escuchar las tertulias de voceras, gritones y fanáticos. Tengo la esperanza de encontrarme entre la niebla de diciembre con el Gran Coro para decirle que la pintura de esta España no es tan negra. A veces confundimos la educación -dar al alma y al cuerpo la belleza de la que son susceptibles, según Platón- con la urbanidad, los buenos modales y la cortesía.

Al mismísimo Napoleón, que era un ilustrado, le acusaron de maleducado. Sus libros de cabecera eran El príncipe y La Ilíada. Cuando conquistaba ciudades, saqueaba las bibliotecas y, precisamente, al volver a Francia, después de publicar un bando en el que abolía la Inquisición, tuvo una pelotera con el ludópata y antiguo obispo de Reims, el majestuoso Talleyrand. Le habían informado los espías de que el príncipe conspiraba contra él.

El mundo no olvidará nunca dos escenas. La de Goethe, al decir: «He aquí a un hombre»; y la del emperador de mi barrio preso de un ataque de ira insultando a Talleyrand, mientras éste permanecía apoyado en la pared de la chimenea. Napoleón le llamó cobarde, sin credo ni fe, capaz de vender a su propio padre. Le culpó de la guerra de España. «¿Por qué no lo cuelgo a las puertas de las Tullerías? Usted no es más que un pedazo de mierda con medias de seda». Talleyrand cruzó el recinto cojeando y, cuando le ponían el abrigo, dijo: «Qué pena, caballeros, que un hombre tan grande sea tan mal educado». Confundió la educación con la urbanidad. Esperemos que ése sea el error en la mala versión que vuelve a tenerse de los españoles.

Raúl del Pozo

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