En los últimos años he desarrollado una cierta prevención hacia las actitudes intelectuales que seguramente tiene mucho que ver con el progresivo descreimiento al que llegamos los hombres a medida que envejecemos. Se trata sobre todo de recelo ante el intelectual, una figura que con cierta frecuencia no se dedica a explicar con claridad las ideas profundas, sino a oscurecer los conceptos más elementales. Es como si la claridad le diese miedo, como si temiese caer en la vulgaridad de que se le entienda lo que dice. Lo suyo es explicar la luz aflojando la bombilla. Al intelectual le apasiona complicar los conceptos de manera que a los demás les parezca que la sencillez es una malformación de la inteligencia, un defecto que conviene corregir. Consideran motivo de descrédito intelectual que sus ideas puedan ser entendidas sin necesidad de explicaciones que las hagan resultar aun más confusas. Al intelectual lo que le apasiona es sentirse en minoría, pero no en una minoría vulgar, sino en una minoría admirable, como si fuese un héroe del pensamiento, el depositario del estoicismo de la luz, la referencia heroica del talento incomprendido. Por eso leen novelas de las que dicen que son complejas porque no se atreven a admitir que están mal escritas. O presumen de deleitarse escuchando composiciones musicales que parecen escritas bajo la influencia de cierta insensibilidad al ruido. Es cierto que hay conceptos equívocos que sólo se pueden entender bien empleando toda la capacidad de nuestra inteligencia, pero no lo es menos que a veces lo que hace el intelectual es oscurecer un concepto meridianamente claro para que su comprensión parezca lejos del alcance de la gente corriente. Nada asusta tanto a un intelectual como la posibilidad de que a sus seguidores sus ideas les resulten fácilmente comprensibles. Necesitan presentarse como tutores exclusivos de la inteligencia y es seguramente la razón por la que jamás aclaran una duda si no es a costa de sembrar dos dudas nuevas. A lo mejor es que la condición de intelectual reside en su facilidad para iluminar una idea arrojando más oscuridad sobre ella, algo tan absurdo como sin duda lo sería fabricar hielo con agua y un soplete. ¿A que se debe ese miedo del intelectual a ser comprendido? ¿Teme acaso que su prestigio se resienta por culpa de que sean accesibles sus ideas? El caso es que a mí esa clase de intelectual me recuerda un poco el caso del médico que se sirve de su pésima caligrafía para oscurecer un diagnóstico del que no está muy seguro. Pero allá ellos, los intelectuales vanidosos y confusos. Los demás humanos podemos vivir sin la irónica oscuridad de sus iluminaciones intelectuales. Mucho menos lúcidos que nosotros, los cerdos consiguen fabricar jamón sin saber biología.

José Luis Alvite

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