El éxito y el vómito

El éxito y el vómito
A la gente por lo general le gusta mitificar a aquellas personas a las que por algún motivo admira.
Del santo se niegan a  reconocer sus posibles flaquezas, del mismo modo que se resisten a creer que a su ídolo ateo alguien lo haya visto arrodillado en misa.
Lo cierto es que la consistencia de la mayoría de los mitos populares se debe a lo poco que se sabe de ellos.
Los admiradores más devotos de Charles Bukowski se niegan a admitir su tardía redención para convertirse en un pulcro conferenciante universitario que en algunas declaraciones abominaba de su tabernaria vida anterior. Al escritor «maldito» no se le perdona la tentación de llevar una vida descansada en la que no se excluya la posibilidad del éxito.
Se entiende que el «maldito» tenga aspiraciones, pero no se le perdonaría que esas aspiraciones cuajasen y le permitiesen liberarse de su doloroso y singular ostracismo. Puede ser que la creatividad de un hombre no sea la misma si varían de manera sustancial sus circunstancias personales y que ése sea el motivo por el que sus seguidores renieguen de la salvación personal del autor en aras de preservar su integridad artística.
Es evidente que Hemingway no habría sido el mismo en el caso de haber envejecido como burócrata en una mesa de escritorio y que en el supuesto de haberle ido mejor con las mujeres, Van Gogh acaso habría sido un anónimo pintor de ciervos o un discreto ilustrador de revistas de moda. Nadie podría hacer del hambre una descripción que mejore la que en su ayuno insoportable haría un hambriento.
Es más, yo creo que quien escribe espoleado por el hambre, pierde buena parte de su encanto literario tan pronto el éxito de sus descripciones le permite hartarse de comida.
A veces el éxito supone el final de la carrera de un artista por la sencilla razón de que el principal alimento de su obra era precisamente el fracaso. Aunque no me considero en condiciones de ser aleccionador al respecto, creo que a veces la serenidad que le produce al escritor encontrarse de repente con el éxito sólo le sirve para el estancamiento de su carrera, incluso para la interrupción definitiva de su trabajo.
En ese sentido estoy con quienes creen que hay escritores en quienes la gratitud del éxito produce peores resultados literarios que el rencor del fracaso. A veces no hay como cambiar de acera para darse cuenta de que todo lo que valía la pena estaba precisamente a este lado de la calle.
Charles Bukowski recibió el reconocimiento internacional no mucho antes de morir. Pero él sabía que su obra era la de alguien que durante buena parte de su existencia había aprendido que lo que hace inolvidable  una comida no es su sabor, o su precio, sino su vómito.

José Luis Alvite/larazon.es

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