Si estás leyendo este artículo probablemente eres un fumador(a) que se propuso como propósito de año nuevo dejar el tabaco; tal vez incluso tengas en los labios un cigarrillo en este mismo momento y no te hayas dado cuenta. Si es así, felicidades: acabas de descubrir que eres adicto a la nicotina, o lo estás constatando una vez más. Pero este artículo no hablará nuevamente de los incontables riesgos para la salud física que implica el consumo de tabaco; no te daremos cifras alarmantes de las muertes que la adicción cobra cada año a nivel mundial, ni trataremos de animarte para que empieces una vida sin humo de tabaco. Queremos hablar a grandes rasgos del miedo a fumar y ofrecerte una solución gratuita, que ni siquiera requiere fuerza de voluntad ni un periodo de agónico síndrome de abstinencia.

La única manera infalible y permanente de dejar de fumar tabaco es no fumar, eso lo sabe cualquiera. El problema con el que todo fumador se enfrenta es ese momento que se abre como un vacío aterrador después de que apaga el “último cigarrillo”. Es como esa escena de Coffee and Cigarettes de Jim Jarmusch, donde Iggy Pop y Tom Waits (en papel de exfumadores) deciden fumarse juntos un “último cigarrillo”, “por los viejos tiempos”. Como todo fumador sabe, ese último cigarrillo después de dejarlo es el primero de una nueva cadena de adicción.

¿Pero dónde comenzó la cadena?

Pensemos por un momento que todo gusto es un gusto adquirido. En la vida de cada uno de nosotros hubo un primer chocolate, un primer sorbo de leche, y conforme fuimos creciendo, un primer beso, un primer sorbo de vino, un primer libro, un primer cigarrillo… Probablemente al principio no nos gustó, y con el tiempo y la práctica fuimos haciéndolos parte de nosotros. El problema con el tabaco, más que con ninguna otra droga, es que la adicción psicológica es tan sutil que los fumadores han olvidado lo que es la vida sin tabaco, por lo que la perspectiva de una vida sin fumar los aterra.

Los médicos desaconsejan el tabaco durante el embarazo por una buena razón: nadie nace fumando. Se dirá que nadie nace volando tampoco, y que no por eso deberíamos prohibir los aviones. El problema es que el uso de tabaco con fines rituales (de donde los conquistadores de las Américas popularizaron el uso) se ha convertido en la perversión del principio de que el veneno en dosis bajas puede ser medicinal; el uso que en nuestros días hacemos del tabaco conserva solamente la administración del veneno sin promover el resto de las propiedades chamánicas asociadas a su consumo en sociedades precolombinas.

Como sea, un día decidimos tragarnos el humo de ese primer cigarrillo y continuamos haciéndolo. Cada uno lo hizo por una razón distinta y personal, que pueden sumarse en unas pocas líneas: presión social, deseo de parecer adulto, costumbre familiar, desafío a la autoridad, “aburrimiento”, búsqueda de relajación, concentración, etc. Si has intentado dejar de fumar antes, sabes que el tabaco es un estimulante del sistema circulatorio, y que más que relajarte, te excita; fumar no sirve tampoco como un remedio mágico para superar el estrés: al subir tu pulso, te vuelve más propenso al estrés.

Al final, fumar es un acto narcisista y egoísta: algo que hacemos por y para nosotros mismos, aunque en el proceso convirtamos a nuestros seres queridos (incluso a nuestros hijos) en fumadores pasivos.

Algunos argumentos frecuentemente aducidos por los fumadores son: Sólo fumo después de comer / después del sexo / cuando estoy estresado / cuando estoy relajado / antes o después de un largo viaje / para aclarar mis ideas / para reducir el estrés.

¿Pero no es sorprendente que existan personas que pueden hacer todo esto sin necesidad de fumar?

Luego de una noche de fiesta o de un periodo estresante, todo fumador (que ha echado humo como si no hubiera mañana) se ha planteado dejar de fumar. El primer cigarrillo del día siguiente, con la boca pastosa, la garganta con olor a caño y los dientes amarillos de alquitrán, no le producirá placer. Pero la verdad es que ninguno de los cigarrillos que ha fumado en su vida le produce placer: el secreto del cigarrillo es que crea el propio malestar mientras lo alivia temporalmente. El tabaco no produce placer en sí mismo: siempre está asociado a otra cosa.

Todo lo expuesto hasta aquí ha sido tratado con simplicidad y humor en el libro Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo de Allen Carr. Carr no es un médico ni un terapeuta, sino un exfumador que llegó a consumir hasta 100 cigarrillos al día y lo dejó de golpe, de un día para otro, al desmenuzar el complejo lavado cerebral que la publicidad y el cine han implantado en la sociedad.

Si como parte de tus propósitos de año nuevo estás considerando dejar de fumar (ya sea para mejorar tu salud, para ahorrar una considerable cantidad de dinero, o porque deseas genuinamente probar tus propios límites), descarga aquí el libro de Carr, enciende un cigarrillo (en serio) y prepárate para hacer un viaje hacia tus motivos para fumar: encontrarás que incluso el miedo a dejar de fumar es parte del sistema de esclavitud de conciencia que nos impone la publicidad.

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