¡Enamorados!

¡Enamorados!

El amor es más fácil de encontrar que de buscar. No lo busquemos: él llega. Con paso suave, o violentamente. Bueno, creo que violentamente, sea cual sea su paso. Irrumpe. Sobre todo, al principio: cuando se entrega uno como un jarro que se vacía, sin que le quede nada dentro. Así se deberá hacer. A ciegas. Sin prejuzgar. Sin presentir. Como si fuese a terminarse el mundo -que de alguna manera se termina- y sólo existiera ya el presente. Sin temor, ni proyecto. Extraviado y a la vez recuperado. El mundo estará ahí, concreto y a tu alcance; te mirará en los ojos, meterá sus ojos en los tuyos; y tú no verás más. Y, de pronto, se odia cuanto rodeaba a quien amas antes de que llegaras, antes de que quien amas llegara a ti: a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, porque los quiere. Sin darse cuenta de que tú, por debajo, continúas queriendo a los tuyos también. Sin darse cuenta de que hay muchos modos de querer, y de que el corazón -preparándose para el abandono- deja latentes los cariños anteriores para retornar, aterido, cuando el amor se vaya… Pero eso se sabe después mejor, en los días en que el amor -o lo que luego sea- comience a atacar con menos violencia cada vez. Hasta que se siente casi como un perfume desvaído que uno, inseguro, se esfuerza en percibir.

ANTONIO GALA

http://www.elmundo.es/opinion

Foto: © Serj Petkoglo/Aula de Especialización Fotográfica

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