Las cuatro Españas

Las cuatro Españas

ULISES

RAÚL DEL POZO

Cuenta Eduardo Martínez Rico en su novela Fernando el Católico que el príncipe modelo de Maquiavelo vivió los últimos instantes obsesionado. Tomaba hierbas y criadillas de toro para enderezar la verga y embarazar a la bella Germana de Foix, guapa de cara, de 18 años y de anchas caderas. Estaba al borde de la muerte y temía que sin un descendiente los reinos de España volvieran a desbaratarse. El viudo de Isabel, su santa esposa, y la España única fueron enterrados juntos en la capilla de Granada con el siguiente epitafio: «Expulsaron la secta mahometana. Aniquilaron la falsedad herética». Antes de los Reyes Católicos, otros monarcas habían convivido con las tres culturas. En el sarcófago de Fernando III el Santo, en Sevilla, hay una inscripción en cuatro idiomas; y tantos siglos después vuelve a hablarse, otra vez en cuatro idiomas: el de Mariano, el de Pedro, el de Albert y el de Pablo. Mejor cuatro Españas que cuatro generales a los que la gente cantaba: «Los cuatro generales, mamita mía, que se han alzado/ para la Nochebuena, mamita mía, serán ahorcados».

Cuatro idiomas políticos y todos bajo la confusión de lenguas y el pesimismo crónico. El pesimismo antes era de derechas, frente al optimismo de la voluntad, que era de izquierdas. Hasta que llegó Rajoy. El presidente del Gobierno ha emprendido en el último Debate sobre el estado de la Nación una campaña contra el pesimismo y los derrotistas. Se niega a aceptar que España sea un declive permanente, una constante y progresiva desintegración. En el hemiciclo acaba de decir que España es un gran país, serio y fiable; que estamos infinitamente mejor que hace tres años. Insiste el presidente en que hay que recuperar el orgullo o, por lo menos, la autoestima, porque vivimos en el mejor de los mundos, como pensó Leibniz, el inventor del optimismo. Su loa a España en plan cantaora de coplas ha terminado con una duda razonable: «Creo que puede ir bien, creo que debe ir bien y creo que va a ir bien». Ya no hay derechas ni izquierdas, ni una España, ni las dos fratricidas, sino cuatro; y las cuatro han descubierto que España da votos.

El presidente del Gobierno cree en la magnificencia de los sueños españoles, en la plenitud de las empresas que hacen las obras faraónicas con los AVE que atraviesan los desiertos sagrados y llegan a su hora. Mientras busca con un farol un político no corrupto para ponerlo en las listas, ordena a sus ministros que pisoteen el pesimismo y canten el talento de nuestras empresas, la calidad de nuestros servicios públicos a pesar de la recesión y que destaquen la excelencia de nuestra sanidad. Ha empezado el salto adelante del optimismo. Ayer mismo, la vice y la ministra de Fomento asistieron a la entrega de una bandera de la FIFA a la Clínica Cemtro, a la que han declarado Medical Centre of Excellence. El doctor Pedro Guillén dirige una orquesta de cirujanos ortopédicos y médicos del deporte que asombra al mundo. Es que, mientras los políticos riñen o roban, el país progresa, cultiva células, arregla cartílagos, salva vidas, inventa futuro.

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