Los premios Grammy: cada vez peor

Patricia Peñaloza
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El cantautor Beck, que recibió el premio a mejor álbum del año, observa al hiphopero Kanye West, quien intentó subir al escenario

Hace un año, este espacio (Ruta Sono- ra 31/01/14) abundó sobre la farsa que hay detrás de los premios Grammy que otorga la estadunidense Academia Nacional de Grabaciones, Artes y Ciencias (NARAS, en inglés). En resumen, las tres trasnacionales que acaparan las producciones híper-comerciales (Sony-BMG, Universal y Warner), son las mismas que dictan lo que ha de escucharse, para luego premiarse a sí mismas.

Esto es: tales disqueras funcionan como fábricas en serie que promueven sus productos e intervienen económicamente (payola) para que a base de repetición excesiva, impacten en el gusto masivo. Así, lo más popular termina siendo, no lo más pedido, sino lo más sonado, es decir, lo más pagado. El Grammy gratifica a lo que más se vendió; recupera la inversión, con ganancias, y lo hace pasar por lo más popular.

Ello no significa que no haya talento en mucho de lo premiado. El problema está en que se deja fuera de la atención mediática a artistas que no pertenecen al círculo de la industria, pero sí están impactando el rumbo de la creación musical. Se hace pasar a esta ceremonia como una distinción a la creatividad, cuando es sólo un gran comercial. Esto no sería ominoso, si existiera además una premiación de tal alcance, que sí reconociera la calidad. Pero no la hay (aunque en Inglaterra están los locales Brit y Mercury). Esto afecta la percepción de la audiencia, así como la de los empresarios para contratar, las productoras para programar, las emisoras pa- ra difundir. Por fortuna, aunque con menor impacto, tal reconocimiento existe en medios impresos y digitales, blogs y algunas emisoras de radio.

Premiación esquemática. Salvó mención a Ferguson

A veces al menos la ceremonia es divertida, pero el 8 de febrero se llevó a cabo una de las más aburridas y esquemáticas de la historia, de no ser por el ridículo y risible acto del hip-hopero Kanye West al subirse al escenario a desacreditar al cantautor Beck por ganar tres gramófonos en favor de su elegante disco Morning Phase (amén de que es su álbum más flojo, tras joyas como Oddelay, Mutations o el gran Sean Change, por los que no había ganado nada). Otros momentos afortunados fueron los pronunciamientos de Prince (los álbumes, los libros, aún importan; las vidas de la gente negra aún importan), Common, Pharrell, Beyoncé, entre otros, en torno al asesinato de Michael Brown Jr en Ferguson. Fuera de eso, la mayoría de las canciones pop sonaron igual (a R&B descremado). El nuevo tema de Madonna no rasguñó a nadie, la interacción Paul McCartney-Rihanna-West estuvo para dormir y el intérprete inglés más galardonado, Sam Smith, representó al canto de lobby-bar más somnífero y anodino que pueda haber. Predeciblemente, se premió como productor del año a Max Martin, quien está detrás del sonido homogeneizador de las plásticas Ariana Grande, Nicki Minaj, Katy Perry, Iggy Azaela, Taylor Swift. Todo ello, como parte de la misma descomposición y desmorone.

Lo deseable

Lo deseable es que coincidiera lo comercial con la calidad, así sólo se calificara al pop. Ejemplos al azar: en 1964 la mejor nueva banda fue The Beatles; en 1974, el álbum del año fueTapestry, de Carole King; en 1978, Rumours, de Fleetwood Mac. En 1980 (en que ¡por primera vez! se incluyó al rock como categoría) ganó Bob Dylan como mejor cantante del género (compitió con Frank Zappa, Robert Palmer, Joe Jackson). En 1981, nominados a grupo de rock: Pink Floyd, Queen, Pretenders, Blondie. En 1984, postulados a disco del año: Michael Jackson, David Bowie, The Police, Flashdance (Giorgio Moroder). A partir de los años 90, las cosas empeoraron, aunque como punto a favor, la presencia de músicos afroamericanos, hasta la fecha, ha vivido su mayor auge.

El declive de la industria radica en el abismo que le separa de lo que ocurre realmente en la creación musical, tanto en vivo como por medio de Internet. Es un club conservador que arropa a unos cuantos, más por relaciones públicas que por arte, cuyo espectro es limitado (otro ejemplo: en los 60 y 70, ni la sicodelia ni el punk fueron registrados).

Protegen a lo que según sus criterios, vende. Pero lo malo no es vender, sino que lo puesto en venta es cada vez más básico y pobre.

Desdeñan y boicotean (porque les hacen sombra) a los artistas de calidad que llenan festivales, y les siguen llamando independientes, aunque sean más numerosos que los afiliados a sus grandes sellos. Y aunque a veces guiñan el ojo a este tipo de músicos, forjados desde el talento genuino Amy Winehouse, en 2008; Arcade Fire y Black Keys, en 2011; Daft Punk, en 2014; Beck ahora), es inevitable cómo ese castillo de cristal se sigue desquebrajando

(lista completa de ganadores en www.grammy.com).

 

patipenaloza.blogspot.com

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