La fe es ciega

La fe es ciega

En la Edad Media los hombres vivían y morían de verdad, con los ojos abiertos. La vida y la muerte izaban sus fulgores como dos poderosas reinas que fuesen hermanas siamesas. A la vez se escribían ‘libros de buen amor’ y ‘libros de bien morir’. Los ciclos de la liturgia, las estaciones del año, el uso y el desuso del propio corazón tenían entonces un imponderable significado. El ‘media vita in morte summus’ del antifonario suponía una excepción: la de aquellos para quienes la vida era sólo una larga agonía camino de la muerte. Para los otros, el rostro de cada abril volvía a sembrar en un mundo enteramente nuevo. El presente era difícil y arriesgado, pero también lo único que debía ser, con entregada pasión, tenido en cuenta. Si en las Semanas Santas los disciplinantes arrastraban sus ensangrentados arrepentimientos era porque estaba próxima la gloria de la resurrección. Con la primavera retorna Proserpina a la superficie de los campos; con la primavera retorna también el Cristo, como Proserpina, desde los infiernos. La religión cristiana no habría alcanzado su gran predicamento si no hubiese prometido la vida eterna. El mundo como valle de lágrimas no era un producto fácil de vender. San Pablo lo sabía: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”.

ANTONIO GALA

http://www.elmundo.es/opinion

Pintura de:

Ricardo Cruz Fuentes

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