“San Juanito” entre los pasos

"San Juanito" entre los pasos

ULISES

RAÚL DEL POZO

Torrijas sin calorías aunque con canela, apoteosis de imágenes, marea de cucuruchos, nazarenos de todos los colores y clases, turbas de Cuenca, siluetas de los encapuchados, y de puerta a puerta el miserere, que aterroriza. Unos de ‘vía crucis’ y otros de playa. La eterna lucha entre don Carnal goloso y doña Cuaresma ascética. Las esculturas de los santos se exhiben cuando está otra vez de moda una feroz iconoclasia, ahora del otro monoteísmo. Como escribe Baldwin, la raíz de nuestros problemas es que seguimos encadenados a tótems, tabús, sacrificios sangrientos, liturgias y sacrificios rituales, sectas con banderas, “con el fin de negar el hecho mismo de la muerte, que es el único hecho cierto que tenemos”.

Aquí hace 79 años también se practicó la iconoclasia feroz por parte de los creyentes y de los ateos. Ahí tienen la estatua de ‘san Juanito’, con nombre de cachondeo. Es una talla de Miguel Ángel (1,3 metros) que en la Guerra Civil quedó reducida a 14 cachitos y ha sido rehabilitada en un prodigioso ‘puzzle’ de láser, nailon y vidrio. Un milagro ocurrido en el Centro de Restauración de Florencia. La reparación ha durado 19 años. La talla vuelve primero al Museo del Prado y después regresará a la capilla del Salvador de Úbeda de la Casa Ducal de los Medinaceli, donde fue destruida la imagen, después de que convirtieran el templo en tinada.

Han dicho estos días que la estatua la destrozaron los anarquistas. San Juanito no tuvo la suerte de que lo salvaran de la quema Rafael Alberti y María Teresa León como salvaron de las llamas a unGreco. Cuando preguntaron a los incendiarios por qué lo hacían contestaron: “Hay santos”. Es que en aquella espantosa máquina de matar los crímenes se perpetraban, sobre todo, en la retaguardia. Mientras en Teruel se ensayaba el primer Stalingrado, con la última carga de caballería a 15º bajo cero y los dos bandos de españoles se mataban como caballeros, en toda La Mancha y en Andalucía se daban matarile a los que no combatían.

A propósito de la Semana de Cuenca escribía César González Ruano: “La saña roja no dejó apenas otro testimonio de una grandeza periclitada que la talla del Cristo de la Agonía”. La saña roja no fue del mismo estilo en la ‘capital de la gloria’, donde Alberti y los poetas republicanos evitaron que los junkers quemaran las obras de arte del Museo del Prado.

Tantos años después podemos ver el prodigio que Miguel Ángel esculpió con la exactitud de un genio que era, además de pintor, arquitecto. Fue capaz de transformar en santos los músculos que palpaba diseccionando cadáveres en la Capilla Sixtina. Aquel protegido de Lorenzo de Médicis creía, al igual que los griegos, que el desnudo era de carácter divino. “Por su interés hacia el desnudo masculino -escribió Cela- se vio censurado por el celo eclesiástico y la reacción anticlásica. Tuvo que dedicarse a los temas religiosos, como la Piedad, en el que el crucificado era el único desnudo consentido”.

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