Un gran pequeño paso

Un gran pequeño paso

Josh Cathcart, ayer en la sede la empresa Touch Bionics, en Escocia, donde le fue colocado un brazo biónico. / MARK RUNNACLES (GETTY)

 

Algún día la medicina regenerativa aprenderá a reconectar los nervios sajados por un accidente traumático, a regenerar un dedo o una mano perdida, incluso a reparar las neuronas cerebrales que antes controlaban un miembro y han muerto por un golpe, un tumor o las servidumbres de la edad. Pero nadie sabe si eso va a llegar en 50 días o en 50 años. Y esa diferencia puede parecer poco en las escalas de la historia, pero lo es todo para las personas que sufren de una discapacidad y se dedican cada día a cultivar sus esperanzas de curarla, o al menos paliarla. Así que, mientras esperamos a que avance la biología, lo mejor es que empecemos a utilizar la robótica. Ya.

No, el brazo protésico de la firma Touch Bionics —el que lleva el pequeño Josh Cathcart en la foto— no es el objetivo final de la robótica médica. No está controlado por las señales del cerebro —como lo está el brazo de carne y hueso que Josh lleva en el lado izquierdo—, sino en los movimientos residuales de un par de músculos de su muñón. Esta tecnología tampoco puede extrapolarse al gran grupo de pacientes que, casi siempre por accidentes de tráfico, se han quedado parapléjicos o tetrapléjicos por rotura de la médula espinal. La prótesis de Touch Bionics es solo un pequeño paso hacia el futuro. Pero basta mirar la foto para ver cuál es la verdadera medida de un pequeño paso.

Los proyectos de biónica más ambiciosos, muy activos tanto en EE UU como en la UE, apuntan directamente a la cabeza: con implantes cocleares conectados al cerebro auditivo, con vídeos que mandan señales al cerebro visual, y con brazos y piernas biónicas capaces de interpretar las señales del córtex motor, la parte del cerebro, situada más o menos encima de las orejas, que normalmente controlan los movimientos del cuerpo. Si entender el cerebro es el gran reto científico del siglo XXI, manipular sus señales de entrada y salida es una de las grandes esperanzas de la medicina actual, sobre todo para ayudar a sordos, ciegos y personas paralizadas. La alegría del pequeño Josh, que tiene nueve años, está más que justificada. No solo por su brazo biónico actual, sino porque es lo bastante joven como para ver avances científicos más espectaculares en el futuro, y beneficiarse de ellos. Enhorabuena.

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