Azar y responsabilidad

Azar y responsabilidad

El azar existe. Para algunos es sólo una medida de nuestra ignorancia, pero en realidad es parte constitutiva de la naturaleza. En todo caso, forma parte ineludible de nuestra existencia. Y saber aceptar, capturar o utilizar aquello que el azar nos ofrece es uno de los ingredientes fundamentales de aquello que llamamos sabiduría.

En particular, el desarrollo de la civilización es un delicado encaje en el que se entretejen la causalidad con la casualidad. Con la modernidad, a partir del siglo XV, pero sobre todo desde el siglo pasado, se impone la idea de que el mundo está regido por una concatenación de procesos causa-efecto. Y curiosamente en esto coinciden tanto los religiosos, creyentes en La Causa, como los racionalistas, que preconizan al hombre “dueño de su destino”. A nuestra generación le toca hacerle lugar, tanto en el terreno de las cosas como en el del hombre, a ese exiliado del pensamiento y la cultura: el azar.

Influidos tal vez por la invención del ferrocarril, los pensadores del siglo XIX concibieron el progreso como unidimensional y predeterminado, como una vía de tren, precisamente, en la que se puede estar más atrás o más adelante, ir más lento o más rápido, pero nunca ir en otra dirección y muy rara vez en sentido contrario.

Hoy ya no podemos ver las cosas así. Hoy debemos considerar que la línea de desarrollo que ha seguido la humanidad es una de las muchas —infinitas— que hubiera podido tomar. No somos pasajeros de algún tren que, muy quitado de la pena, se deja llevar por la seguridad de los rieles. Somostuaregs en el Sahara, sin brújulas ni camellos. Ni estrellas en el cielo. O mejor, termitas que vamos, a ciegas, construyendo una galería, llevados un poco por nuestra voluntad, otro poco por las imposiciones externas, y mucho por el azar imprevisible.

Planear itinerarios óptimos tendría resultados, pero únicamente emprendiendo sacrificios. Algunos querrían utilizar imposiciones, afrontar soluciones impopulares sin eludir los lógicos apremios materiales al reducir alternativas. Aunque hilvanarían urdimbres enfrentando viejos obstáculos.

Es perfectamente posible concebir otros escenarios del devenir en el que los inventos que hoy parecen inevitables no existieran u ocuparan, al menos, otro lugar. La electricidad, la gasolina o los antibióticos son perfectamente prescindibles en otros mundos posibles y no por eso menos “desarrollados” que el nuestro. La propia rueda no es tan insustituible como las doctrinas eurocéntricas la quieren presentar; su ausencia en el mundo americano antes de la Conquista no prueba que éste fuera menos desarrollado, sino que el desarrollo es posible sin ella.

La verdad, “lo correcto”, es infinito e incomprensible. Inabarcable. O mejor, cada camino en el ilimitado desierto de arena del conocimiento posible es una verdad. Así, el “modelo de desarrollo”, como le gusta decir a cierta tecnoburocracia, que nos ha llevado a la grave degradación de nuestro único hábitat posible, es debido en buena medida al azar. Esto no quiere decir que podemos entonces desresponzabilizarnos. Tal como lo dije al comienzo, el azar es constitutivo de la realidad y se encuentra engranado en el origen y en el destino de nuestros actos, en sus motivaciones y en sus consecuencias.

Formamos parte de una cultura que elude con una facilidad asombrosa la responsabilidad. Rara vez nos asumimos como los protagonistas de nuestro hacer. Mis alumnos de matemáticas casi nunca dicen “no lo puedo hacer”. Prefieren la fórmula “no me sale”, mucho menos compremetedora. Somos gente que no tanto “hace las cosas” como “las cosas le pasan”. El que el azar juegue en nuestra vida, individual y colectiva, no excluye el que también nosotros, como sujetos, juguemos. Es como si un jugador de poker o dominó atribuyera su desastre sólo a la mala suerte. La suerte —buena o mala— está ahí, sin duda, pero también lo están las decisiones, el cálculo, el temple y el deseo del jugador.

Mi recordado Erich Maisner me comentaba alguna vez que cuando se construyó Ciudad Satélite, hace más de 50 años, nadie podía prever el “desarrollo” que tendría esa zona de los suburbios de la Ciudad de México y que, aunque se hubieran tomado medidas previsoras para facilitar el acceso y la salida de vehículos (que no se tomaron), no se hubieran podido evitar —dada la magnitud del aluvión humano, de fuera y de dentro, de pobres y ricos, que cayó sobre la zona— los majestuosos y prácticamente permanentes embotellamientos del Periférico Norte. Algo hay ahí del orden del azar.

No obstante, cuando veo lo que está pasando hoy en las riberas del Periférico Sur, hacia el Ajusco, hacia Tlalpan o hacia Xochimilco, cómo se “desarrolla” la zona y se construye un edificio junto a otro, en un frenesí demente, sin vías de acceso ni zonas de estacionamiento, como si no hubieran aprendido nada de lo que pasó en el norte. El Periférico hace mucho que dejó de ser periférico y hoy es otro Circuito Interior. Y pienso cómo en unos años más, cuando todos esos hormigueros entren del todo en funcionamiento, el Periférico también ahí se desbordará de coches, y se convertirá en otra gigantesca y casi inmóvil fábrica de contaminantes, y no habrá ni segundos ni terceros pisos que valgan. Ahí ya no se trata del azar. Ahí se trata de irresponsabilidad. De irresponsabilidad criminal.

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