Carta abierta de un antitaurino a Sebastián Castella

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El autor (que se adhiere al pensamiento del artículo) cede hoy su espacio a su hermano, el escritor y farmacéutico Rafael García Maldonado, que publica una carta abierta al torero Sebastián Castella, que hace unos días hizo público un manifiesto en defensa de la tauromaquia en el que pedía a los taurinos reivindicar la fiesta sin deshonra.

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Estimado Sr. Castella,

Me llamo Rafael García Maldonado y soy amante de los toros. He leído su carta con atención y, si me lo permite, voy a escribirle unas palabras.

No había escuchado jamás su nombre, ni el suyo ni el de prácticamente ningún matador de toros actual, así que va a tener usted que perdonarme este atrevimiento. Con respecto a mí, los que me conocen le dirán que soy cualquier cosa menos un radical, un violento o un hippie. Soy farmacéutico, una profesión noble, de la que tengo cinco generaciones detrás. Desde hace unos años también soy escritor de novelas. Me apasionan la lectura, la historia y los animales, y de esta triada de aficiones saco conclusiones y certezas que me hacen decirle que su carta está llena de despropósitos, falsedades y demagogia barata. Sobre todo, de ignorancia. Me ha hecho usted pasar vergüenza ajena, y por eso estoy aquí, escribiéndole.

Habla usted como “matador profesional”, que ya es en sí un disparate, y se queja de que la imagen de los toreros está hoy día vilipendiada, de que no hay libertad, de que existe una persecución política e ideológica, etcétera. Incluso dice que Europa le maltrata y que tiene usted derecho al trabajo, algo que, siguiendo su lógica, también podrían reclamar los mafiosos y los proxenetas. Este era un país libre, o algo así, añade con todo el resentimiento que le da (algo hasta cierto punto comprensible) ver cómo su siniestra profesión tiene los días contados.

Porque le diré que lo que se opone a todo lo que usted intenta torpemente defender se llama progreso moral y compasión. Usted no se va a poder jubilar como matador porque haya una revolución antitaurina, sino porque la sociedad avanza en su moral, en sus costumbres, y ustedes no lo hacen. Ya casi nadie puede ver cómo sufre un animal. Intoxica y miente cuando dice que el toreo es del pueblo, que no tiene ideología y que es de artistas y poetas. ¿Compara usted la literatura, la pintura y la música con la masacre de un noble animal porque a determinados artistas (Picasso, pone de ejemplo; un genio malvado y sádico) les gustase dicho espectáculo y los trataran en sus obras? ¿Un novelista que también retrate el crimen hace del asesinato cultura? Creía que no se había atrevido a tanto, pero vi que sí cuando nos amenaza con una ridícula imitación de Bertolt Brecht: ‘hoy van a por los toros, mañana será otra modalidad artística’.

Nos llama antiliberales a los que pedimos la abolición de la salvajada con la que usted se gana la vida. Pero, ¿qué sabe usted de liberalismo? ¿Es liberal no tener compasión por los seres vivos que sufren igual que yo? ¿Es liberal que yo mire para otro lado cuando están siendo descuartizados entre aplausos nobles rumiantes indefensos en cosos de mi país? Los liberales tenemos dos principios sacrosantos, que son la tolerancia y la compasión, hacia los animales humanos y hacia los animales no humanos. Eso es más importante que toda la catarata de artículos de derecho que cita en su misiva de forma torticera.

Las corridas de toros, señor Castella, son una brutalidad objetiva, un ejemplo agonizante del pueblo bárbaro que fuimos hasta hace muy poco. No hay éticamente por donde defender nada con una mínima lógica, más allá de lo que siempre dice Sabina: ‘Al que no le gusten los toros que no venga’. Se tortura y mata a un gran rumiante hasta la muerte. Punto. Ni arte ni milongas.

El toro, por si usted no lo sabe, no es bravo, es un rumiante especializado en la huida. De no estar cerradas las puertas de la plaza, se marcharía lejos, a pastar con el resto de sus congéneres. Embiste, entre otras cosas, por miedo. Por terror y porque se le provoca con el tormento. Porque antes de salir a la plaza a los toros les untan los ojos con vaselina y prácticamente no ven, porque les golpean los riñones con sacos terreros, porque les afeitan los cuernos, porque se les clava una divisa que hacen que salgan desesperados de dolor a la arena. El resto, la escalofriante puya del picador, las banderillas, etcétera, ya lo conoce. Todo eso duele mucho. Muchísimo, igual que le dolería a usted, porque su sistema límbico (el sistema cerebral del dolor, busque en Wikipedia) es exactamente igual al tratarse de un mamífero grande. Señor Castella, su combate es falso, y encima está amañado.

¿Le gusta la historia? Le contaré algo al respecto muy interesante. Usted es católico, imagino, como todos los matadores. Pues verá, el papa Pío V, en el siglo XVI, dijo esto en una bula: “Esos espectáculos donde se corren toros no tienen nada que ver con la piedad cristiana; por ser espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres, sino del Demonio”. Emplean ustedes siempre un argumento lamentable también para esto: los toros son una tradición puramente española. Mentira. Ha habido corridas de toros en todos los países de Europa, sólo que las abolieron hace casi tres siglos (Inglaterra, por ejemplo). En España también se abolieron cuando hubo reyes más o menos ilustrados que vieron que semejante atrocidad nos alejaba de la Europa culta y refinada, como fueron Carlos III y su hijo, Carlos IV. Fue Fernando VII, el monarca más nefasto de la historia de España, el que volvió a introducir las corridas en España, junto con el absolutismo y la Santa Inquisición. El pack completo. El toreo actual a pie, el suyo, el amanerado de medias, luces y manoletinas, se lo debe a ese repugnante traidor y asesino monarca. Hoy día sólo hay corridas en España, el sur de Francia y en los países latinoamericanos con las élites más carcas e insolidarias, como las españolas de hace 50 o 60 años.

Por el respeto que de todos merecen los verdaderamente discriminados, no anime a la carcundia patria a salir de ningún armario, porque haría de nuevo el ridículo al ver que son cuatro gatos los aficionados a esa siniestra fiesta. Empleen el dinero de las subvenciones públicas en formación, en buscar un trabajo digno. No apelen más a la tradición (¿acaso no lo es la ablación del clítoris en Somalia?) ni al liberalismo. Ah, y no diga tampoco aquello del sufrimiento de los demás animales, las gallinas en las jaulas y todo eso, porque le adelanto que tampoco me gustan nada, y que compro huevos de gallinas del campo, que es donde deberían estar los toros.

Atentamente,

Rafael García Maldonado

http://elasombrario.com/vias-de-escape

1 comentario en “Carta abierta de un antitaurino a Sebastián Castella

  1. Pura demagogia. Cuando indulten a las ocas de que las revienten el higado, a los caballos de ser montados, a las mulas de arrastrar cargas de por vida, dejen de sacar sardinas y las ahoguen en los barcos, matanzas de cerdos y ovejas, dejen de tener a las vacas eternamente produciendo leche con chupones de acero inoxidable en los establos, dejen de hervir los capullos de seda, quemar hormigas con la lupa, aplastar cucarachas con la zapatilla, se dejen de tener canarios, loros, periquitos enjaulados, cuando los mismos que están contra los toros a veces les oigo que les parece bien y defendible que una madre acabe con la vida de su hijo mientras está protegido por la naturaleza en su vientre, cuando dejemos de mirar a otro lado ante las matanzas de niños, mujeres y hombres a los que dejamos morir de hambre, en alta mar o en guerras… quizás entonces me plantee que el indulto llegue también a nuestros queridos toros bravos. Nuestra lidia acaso sea el último vestigio de aquellas cacerías con lanzas que se ven reflejadas en los dibujos de las cuevas de Altamira… mil veces mas dignas que electrocutar a un pobre animal para que supuestamente no sufra cuando lleva días hacinado en camiones camino del matadero… Si señores, para comerse un conejo primero hay que darle un cachete en la nuca, o perseguir al pollo y retorcerle el pescuezo para la comida del domingo… A base de esconder la muerte, por sensiblería hemos llegado a lo antinatural… La muerte es necesaria en la vida… Y la lidia española es acaso el último lugar en el que aún se puede ver… Otras muertes sí que dan lástima. Ya quisiera yo vivir como el toro bravo, libre en las dehesas, mimado como un atleta, ser símbolo de una cultura y morir en un ruedo, mejor que ser carne de cañón en un frente ajeno, como los millones de jóvenes que cayeron en las guerras mundiales del pasado siglo, o devorado por los virus, las bacterias o un cáncer que se me coma sin poder defenderme en una humillación infinita… Y no os equivoquéis.. No soy un aficionado taurino, pero lo que no es no es.

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