¿Cuándo se jodió la Fiesta?

¿Cuándo se jodió la Fiesta?

Tiempo atrás, con el toreo ocurría lo mismo que con casi todo lo relevante. Incluido el propio tiempo. “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si intento explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”, decía con cara de asombro san Agustín. Nadie, para entendernos, sentía la necesidad, tiempo atrás, de cuestionar el sentido, significación y origen de una práctica indisolublemente unida al propio sentido, significación y origen de lo que, nos guste o no, somos. Pero eso se acabó. Illumbe se reabre y lo hace un par de días antes de la fecha más taurina de la que es capaz el calendario. El 15 de agosto -¿quién se acuerda?- sólo trabajaban los toreros. Y, en efecto, entre la indignación de unos y la euforia del contrario, surge la pregunta. ¿En qué momento se jodió todo?, que diría Zavalita.

¿Cuándo se jodió la Fiesta?

Los más sensibles hablan de, precisamente, una nueva sensibilidad en la que no cabe ni la carne cruda ni la sangre poco coagulada. No es tanto vegetarianismo como, en términosfoucaultianos, una nueva manera (más limpia, no menos culpable) de administrar el espectáculo público del dolor. Para qué insistir. En el polo opuesto, los defensores, los aficionados, se debaten entre un confuso braceo de argumentos turbios en el que se mezcla la raíz, la tradición, la Cultura, Hemingway y dos huevos duros. Eso, además de un sentimiento telúrico que une el verso de la vida con la rima de la muerte. Todo retórica. Y no necesariamente brillante.

Y, sin embargo, entre el ruido de la pelea cainita tan nuestra, nadie parece ni quiere caer en la cuenta de la decadencia de un espectáculo degradado, sin nervio y, definitivamente, mortecino.Joaquín Vidal, siempre él, colocaba allá en el fragor del Cordobés y del desarrollismo, el momento en el que se empezaron a torcer las cosas. También los toros vivieron su burbuja. Lo que salió de aquello fue un espectáculo triunfalista, turístico, fraudulento, cursi y, lo peor, muy aburrido. Quizá, ahora sí, una copia de lo que, como país, acabamos por ser. Y eso, a juzgar por las crónicas antiguas, nunca fue así. El propio sentido de una fiesta tan cierta como inexplicable es la emoción. Sin ella, urgen las explicaciones, las subvenciones, la necesidad de un argumento.

Lo peor que le ha podido pasar a los toros es el taurino atemorizado; el taurino con complejo de culpa empeñado en la defensa a ultranza (siempre con la coartada culturalista) de lo, admitámoslo, indefendible. Y en ese enfrentamiento con la sensibilidad moderna, los defensores han terminado por renunciar al espíritu propio de una fiesta que siempre fue una pelea contra el tiempo y contra las definiciones… Y se jodió todo.

LUIS MARTÍNEZ

http://www.elmundo.es/opinion

Pinturas de Fernando Pardo y Cesar Val

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