EL ARTE DE FABRICAR QUIMERAS: LA FABULOSA SIRENA DE FIJI

EL ARTE DE FABRICAR QUIMERAS: LA FABULOSA SIRENA DE FIJI

Las sirenas son criaturas de cuidado. Se advierte incluso desde su etimología: la palabra sirena surge del nombre que se daba a la cuerda con la que los escitas capturaban a sus enemigos.

En los mitos y los cuentos, las sirenas fueron la perdición de más de un marinero. Los griegos decían que estos seres tenían una voz tan seductora que enloquecían a los hombres y los hacían abandonar sus barcos. Por eso Odiseo pidió que lo amarraran al mástil antes de permitirse escuchar su canto. En el mundo fuera de los mitos, durante mucho tiempo se creyó en las sirenas. Mientras la ciencia no las decretó imposibles, siempre hubo quien confundiera el perfil de un lobo marino o el canto de una ballena con las damas de los mares. Y, como la vida imita a la ficción, esta creencia en las sirenas resultó también fatídica para muchos marineros.

Allí tenemos, por ejemplo, a Samuel Barrett Eades. El científico y escritor Jan Bondeson cuenta la historia de este personaje del siglo XIX en su libro La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural. Samuel era copropietario de un barco mercante llamado Pickering. En uno de sus viajes, un mercader le mostró una sirena disecada, que había pescado en algún lugar de las costas de Japón. Eades pensó que la sirena lo haría millonario y vendió su barco con tal de comprarla. La criatura era pequeña, como del tamaño de un chango, y era imposible distinguir la unión entre el torso, con esa cabeza peluda que parecía retorcerse de dolor, y la cola de pez. Más de un naturalista la juzgó verdadera y se exhibió en Londres y en Nueva York con un enorme éxito comercial. Inclusive cuando el anatomista William Clift declaró que era una farsa, Eades todavía logró hacer algo de dinero exhibiéndola en algunos circos. Pero poco a poco la sirena perdió su fama, y el marinero perdió el juicio contra el copropietario de su barco, furioso porque lo había vendido sin darle su parte correspondiente. El juez obligó a Eades a trabajar para él en su barco hasta que pagara la deuda. La única herencia que el marinero condenado dejó a su hijo fue la sirena, que llegó a manos del señor Moses Kimball.

EL ARTE DE FABRICAR QUIMERAS: LA FABULOSA SIRENA DE FIJI

Kimball era un farsante de primera que había engañado a todo mundo, haciendo pasar a una mujer de 80 por una de 160. La hacía presentarse en público y aseguraba al público haber sido nana de George Washington. Kimball contrató a un hombre y lo disfrazó de científico para que declarara que la sirena era verdadera. Después comenzó a exhibirla en el museo de su propiedad, el Scudder’s Museum, y se hizo millonario.

La mentira es un arte. Fabricar sirenas no es cosa fácil. Existe una enorme tradición de sirenas falsas, como la que dice haber visto Edmund Burke, la que describió en 1718 Samuel Fallours o la que Linneo casi fue a ver a Dinamarca. La mayoría provenían de oriente y estaban hechas con huesos y pelo de chango y cola de salmón u otros peces. De todas ellas, la de Fiji sigue siendo la más famosa.

Hoy, la taxonomía se considera a sí misma un arte. En ciertos lugares del mundo se realizan concursos en donde los taxidermistas compiten por ver quién esculpe mejor y quién da más apariencia de vida a sus cadáveres. En muchos sitios hay tiendas donde se venden animales disecados, y también se venden animales imposibles: lebrílopes, quimeras o sirenas. Se venden ahora no como engaño, sino como ficción, como un engaño asumido.

La sirena de Fiji fue una farsa tan bien construida que hubo muchos después que intentaron imitarla. Jan Bondeson asegura que la sirena que hoy se encuentra en el Museo Peabody en Harvard, y que se hace pasar por la de Fiji, es falsa. Es muy distinta a la que vemos en los grabados que todavía existen de la original. Es el engaño del engaño, la mentira hecha mentira.

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