El mexicano, adicto a flagelarse

Aficionados mexicanos en la semifinal de la Copa Oro. Foto: AP / David Goldman
Aficionados mexicanos en la semifinal de la Copa Oro.
Foto: AP / David Goldman

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- No pocos ensayos e investigaciones abordan la fascinación de México por la tragedia, el sufrimiento, el dolor y la melancolía. El mexicano es “un animal que se entrega a pantomimas de ferocidad”, esbozó Octavio Paz.

El repertorio de escándalos, ejecuciones, fosas y desapariciones presenta elementos suficientes para reforzar el flagelo colectivo. Cada que se propaga un caso de injusticia inmisericorde, invariablemente respondemos con un rosario de azotes a nuestro pueblo: “México no tiene remedio”. “Este país va al precipicio”. “Nos lo merecemos por ignorantes y egoístas”.

La furia oportunista irrumpe en los asfaltos, virtuales y urbanos. Llegamos a pensar que la tan míticamente anhelada revolución ciudadana ha emergido de entre el marasmo. Las consignas, las pancartas y las exigencias rompen los resignados silencios. Parece que los tiranos se tambalean… hasta que el barullo agoniza de olvido y rutina. El escándalo ha muerto, viva el escándalo.

No es que los campos de exterminio labrados en México sean una invención mediática. Es una realidad: los ciudadanos comunes somos blanco cotidiano de la bestialidad. Lo que sí puede tener una intensa carga de costumbre mítica es nuestra predilección por evadirnos en lamentaciones.

“Se cree que el alma de los mexicanos es melancólica; sus canciones dolientes, quejumbrosas, lánguidas, suelen dar idea de un pueblo que sufre. La verdad es que nuestro pueblo no es precisamente melancólico sino patético. Su alma no es triste sino trágica…”escribió el ensayista Félix Palavicini en Estética de la tragedia mexicana.

La exposición de carne humana dota a la población de argumentos visuales para mantenerla en el elogio de los lamentos. Nos sabemos candidatos a ser borrados de la faz de la tierra, a que nos encierren en la cárcel con cargos que parecen sacados de una mala novela policíaca. A que, cuando seamos víctimas del Estado, nuestra enlodada reputación revista las historias baratas de la nota roja. La tragedia inconsciente alimentada por la tragedia real: La certeza irrefutable de que el gobierno y los descuartizadores son uno mismo.

Los detalles son redundantes. Somos conscientes del tamaño, la crueldad y la impiedad del monstruo. ¿Por qué entonces agotarnos con señalar sus características? ¿No nos basta con el triturar de sus prehistóricas garras? ¿Debemos regodearnos con el escatológico relato? ¿No es macabro sentenciarnos entre nosotros, las víctimas? ¿Para qué enaltecer la desvergüenza? ¿Queremos permanecer exhaustos de implorar piedad a un verdugo amorfo?

La costumbre de leer sólo las páginas negras nos lleva a menospreciar los triunfos campales. Tantos funcionarios depuestos tras de ser exhibidos por un video grabado con la minúscula cámara de un teléfono. Los excarcelados gracias a la presión multitudinaria de ciudadanos solidarios. Los candidatos independientes haciendo competencia a los partidos políticos. Las agresiones repelidas mediante plataformas sociales y policías comunitarias. El presidente exhibido en su majestuosa pequeñez; la pareja y familia presidencial, desnudadas en sus vulgares despilfarros. Los medios lacayos obligados a ejercer por primera vez un esbozo de crítica. Las versiones oficiales destrozadas frente al inocultable ojo de millones de conscientes. Las plumas, lentes y valentía de miles de periodistas de a pie frente a las metralletas.

Pero, cuidado, el triunfalismo es otro extremo engañoso. El apogeo del hedonismo espiritual ofrece medidas igualmente evasivas: No leer periódicos, no enterarse de “las malas noticias”, meditar y orar para frenar la maldad, decretar en positivo y abocarse al egoísmo desmedido, ya que “el cambio está en uno”.

Ni lutos permanentes ni optimismos adolescentes. México es sólo una extensión de la naturaleza propia de lo mundano: Amaneceres y atardeceres; sequías y abundancia; dolor y placer; días grises e intrascendencias.

Entregarse al mundo sin ebrios fanatismos es estar conscientes de la complejidad del contexto histórico, de nuestras raíces y antecedentes; de lo avanzado y lo retrocedido, de lo lastimosamente real y lo utópicamente posible. De los rezagos y las vanguardias.

Miles de héroes, anónimos y populares, honraron a México entregando su vida; agachar la cabeza, abrazar la derrota como irremediable destino es banalizar su esfuerzo. Es aceptar la muerte en pleno gozo de la vida.

Es cierto, las bestias andan sueltas, pero, también es cierto: Las bestias han sido asesinadas, han renacido y han vuelto a desaparecer. El ciclo de la vida es lo único inevitable. México no es esa simplona idiosincrasia heredada a la que nos aferramos.

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