El verano del cohete

El verano del cohete

Cuando oigo hablar una vez más de la “gran novela norteamericana” y veo que se propone otra candidata al título (casi siempre de varios cientos de páginas, ampulosas y vulgares), no puedo por menos de sonreírme. Porque, si tal cosa puede existir, la gran novela norteamericana se publicó hace ya casi setenta años y más que una novela al uso es una serie de relatos enlazados como capítulos que prolongan un tema central. Lo más curioso es que la acción de la gran novela americana no transcurre en Norteamérica, sino en Marte. Por lo demás, todo está ahí: el esfuerzo de los pioneros y la arrogancia colonial, la amenaza apocalíptica de las bombas atómicas, el encuentro con lo diferente que obliga a preguntarse quién es uno mismo, el atractivo de lo exótico en pugna con el encanto acogedor de lo familiar, el amor conyugal que se aburre de su adjetivo, la osadía de respetar y ser humilde para alguien educado en lo arrollador, la espera del milagro que está dentro de nosotros o nunca llega, la soledad tornasolada en que crecen los niños…

Que nadie espere en Crónicas marcianas, siempre mencionada entre las cuatro o cinco obras maestras de la ciencia ficción, ninguna profecía sobre avances científicos venideros: los prodigios instrumentales ocasionalmente mencionados son del género alfombra voladora y varita mágica, no del Gran Colisionador de Hadrones que busca el bosón de Higgs. Ciertamente, el libro habla del futuro, aunque para nosotros ya no lo es porque, salvo los tres últimos capítulos, el resto de los relatos se escalonan entre 1999 y 2005. Más que sobre el futuro, Crónicas marcianas trata sobre el tiempo, su oscilación entre la brevedad de la vida humana y el abismo que la precede igual que la seguirá. El tono de estos relatos ensartados es siempre inquietante y va desde el desgarro de la nostalgia por lo perdido hasta el puro pánico ante su inesperado regreso. Borges, en su prólogo, declara que su lectura le llenó de “terror y soledad”. También podríamos hablar de un cándido romanticismo que, cuando parece inevitable que caiga en lo empalagoso, nos clava una última flecha emponzoñada con alguna rara variedad de angustia.

Ignoro qué efecto tendrá este libro sobre los lectores de hoy, cuando los viajes interplanetarios aparecen más en los dibujos animados que en la primera plana de la actualidad. A mí, que soy niño del Sputnik,de la perrita Laika, de Gagarin y del viaje a la luna (“un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”), Ray Bradbury me dio con estas crónicas la orden que no he tenido más remedio que obedecer: “¡También tú tienes que escribir!”. Sus páginas guardan para mí el sabor amarillo y ventilado de una siesta de verano, alguna de aquellas de hace bastante más de medio siglo en que las leí por vez primera. Mis capítulos preferidos entonces fueron Un camino a través del aire, con su mensaje antisegregacionista, y sobre todo Usher II, casi un manifiesto vital y literario para el devoto de Poe que siempre he sido. El verano, Bradbury, el vino del estío (como se titula otro de sus mejores novelas)… ¡cuánto envidio al chico de catorce años que precisamente este verano lea Crónicas marcianas! Y al que no lo lea, también.

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