Himnotizados

Himnotizados

Cada vez que reaparece la trifulca constitucional se recuerda que países muy avanzados no tienen Constitución escrita o la han reducido al mínimo. Lo que no se pondera lo suficiente es uno de los más refinados rasgos de civilización: contar con un himno sin letra. La chapuza dominical de pincharle a Carolina Marín los versos de Pemán devolvió el gran debate a la casilla cero: ¿necesita España una letra que llevarse a la boca? Los himnos son todos canciones de batalla con letras sanguinarias que dan, por este orden, miedo, risa o vergüenza. Con todos los respetos para el gremio de percusionistas: demasiado platillo. Si no se puede andar por el mundo sin himno, ahorrémonos la parte bochornosa.

A menos que Rajoy haya puesto a Moragas a trabajar en ello, el último presidente que pensó en añadir subtítulos a la Marcha Real fue José María Aznar, que encargó a media docena de poetas una copla que él pudiese llevar en el walkman al Parlamento para que sus señorías votasen el hit. Los convocados a la operación triunfo fueron Joan Margarit, Jon Juaristi, Ramiro Fonte, Abelardo Linares, José Jiménez Lozano y Luis Alberto de Cuenca (entonces secretario de Estado de Cultura y mítico letrista de la Orquesta Mondragón). La selección tenía dos virtudes. Una: los seis nombres son fijos en toda antología que se precie. Dos: era tan correcta que parecía un chiste: van un catalán, un vasco, un gallego, un andaluz y dos castellanos a La Moncloa y dice el de Valladolid… Lo que dijeron los cuatro que aceptaron —Margarit y Jiménez Lozano se dieron de baja— quedó en estos 12 versos: “Canta España, / Y al viento de los pueblos lanza tu cantar: / Hora es de recordar / Que alas de lino / Te abrieron camino / De un confín al otro del inmenso mar. / Patria mía / Que guardas la alegría de la antigua edad: / Florezca en tu heredad, / Al sol de Europa / Alzada la copa, / El árbol sagrado de la Libertad”. Los acentos están en su sitio, pero se echa de menos un pellizco de humor, sobre todo, tratándose de grandes escritores cuya literatura rezuma ironía.

Hecho el experimento, queda claro que la chanza en un himno es un acto de sabotaje. Somos civilizados, pero no tanto. En un cajón duerme aún la letra que Agustín García Calvo compuso por encargo de la Comunidad de Madrid allá por los ochenta. Aparte de explicar el estado de las autonomías con chispa digna de Amanece que no espoco, el anarquista zamorano y catedrático de griego plagó de minas la composición: “Mire el sujeto / las vueltas que da el mundo / para estarse quieto”. Así no hay quien declare una guerra.

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