MÚSICA PARA NUNCA OLVIDAR A ALAN LOMAX

En el verano de 1941, Alan Lomax recorrió el delta del río Mississippi en busca de un músico llamado Robert Johnson, a quien quería incluir en las grabaciones del Archivo de Canciones Folclóricas de la Biblioteca del Congreso. De adolescente ya había acompañado a su padre, el gran folclorista John A. Lomax, a esta región del sur de Estados Unidos, donde descubrieron nada menos que al cantante Huddie Ledbetter, mejor conocido como “Leadbelly”. Fue Alan Lomax quien pasó incontables días grabando a personas como Jelly Roll Morton y Woodie Guthrie, al igual a cientos de músicos menos conocidos, para que quedara testimonio de la belleza que acontecía allí donde nadie estaba mirando.

El propósito expreso de su viaje al Mississippi había sido “encontrar al negro que hubiera tenido menos contacto con el jazz, el radio, y el hombre blanco” para grabar el espíritu genuino de su región y cultura. Uno de esos lugares fue la Penitenciaria Estatal de Louisiana , conocida como “Angola”, donde encontró a Leadbelly y a otros prisioneros que se reunían a cantar para mitigar el encierro. “Los prisioneros en esas penitenciarías tenían simplemente dinamita en sus performances”, apuntó. “Había más calor emocional, más poder, más nobleza en lo que hacían que lo que todos los Beethovens y Bachs pudieran producir”.

Otro sitio que Lomax pudo encontrar “donde los negros están casi enteramente aislados de los blancos” fue, evidentemente, en las plantaciones del delta, donde conoció a un Muddy Waters de 26 años y lo grabó por primera vez en la historia.

Alan Lomax nació en Texas en 1915 y pasó más de medio siglo grabando música folk en el sur de Estados Unidos, Haití y Las Bahamas. Grabó a pescadores gallegos, tejedores de las Hébridas, campesinos, leñadores y prisioneros del Mississippi, pastores de Campania o predicadores de las Islas del Mar de Georgia para que tocaran frente a un micrófono y pudieran formar parte de una “rocola global”, como él llamó a su enormeLomax internaarchivo de música folk de la Biblioteca del Congreso, aún desconocida para el resto del mundo. Pero también grabó a estas personas con el propósito de que ellos mismos se escucharan y pudieran apreciarse desde esa distancia necesaria de la tecnología. “Lo increíble es que cuando podías reproducir este material de regreso a la gente, cambiaba todo para ellos”, señaló Lomax.

En una plática inaugural del Festival Smithsonian, para el que fue consultor durante muchos años, el etnomusicólogo apunto:

En eventos como este nos damos cuenta de nuestra fuerza. Nos damos cuenta de lo bellos que somos. Lo negro es hermoso. Lo apalache es hermoso, e incluso el viejo y cansado Washington es a veces hermoso: cuando los estadounidenses se reúnen y se enamoran de nuevo entre ellos.

Muchos de los músicos que grabó durante sus viajes luego ganarían fama internacional, sin embargo, al Sr. Lomax no le interesaba simplemente descubrir talentos escondidos en personas comunes; quería también proteger las tradiciones populares de los efectos de homogeneización de los medios modernos. El folclorista inauguró un movimiento llamado “Cultural Equity” (equidad cultural), que era “el derecho de toda cultura a preservar sus tradiciones culturales y reconectar a personas y comunidades con su patrimonio creativo”. Lo que hizo, en sus palabras, “fue poner tecnología de sonido a disposición del folk, para llevar canales de comunicación a todo tipo de artistas y áreas” y mostrarles lo valiosos que eran.

Pero nadie supo mejor que él que lo importante no era solamente la música; el blues y el folk no pueden separarse de la vida. De la política. De la muchas veces terrible y opresiva realidad cotidiana que vivía esta gente en el sur de Estados Unidos: de eso estaba hecha su música. La gente cantaba y tocaba como parte inseparable de su acontecer diario y como un consuelo y una inspiración donde no había nada. Por ello al lomaxinternaentrevistar cantantes terminaba por registrar el testimonio oral de su situación social. No es sorprendente que el FBI tuviera un caso abierto de Lomax por 30 años consecutivos; su trabajo impulsaba los estudios y derechos civiles afroamericanos. Con su generosísimo archivo, este hombre estaba demostrando que esa sección marginada de la sociedad era parte esencial de la cultura americana, y además, de muchas maneras, la más apasionante de todas.

La función principal de la música [escribió en 1954] es recordarle al escucha que pertenece a una cierta parte de la raza humana, que viene de cierta región, pertenece a cierta generación. La música de tu lugar… es un símbolo rápido e inmediato de todas las emociones más hondas que comparten las personas de tu parte del mundo.

Lomax murió en 2002 a los 87 años y dejó atrás una colección personal de 5 mil horas de sonido, mil 220 metros de película, 2 mil 450  videocasetes e incontables documentos, que ahora han sido digitalizados precisamente por la Asociación de Equidad Cultural que él fundó en 1983. Su muerte obtuvo un memorable obituario de una página en la portada delNew York Times porque, para entonces, el mundo mainstream ya había caído en cuenta que Lomax hizo la diferencia.

Tantas regiones de Estados Unidos por primera vez se hicieron seguras de sí mismas, de sus senderos y raíces, y tantos de nosotros –entre ellos Bob Dylan– nunca hubiéramos encontrado otras maneras de sentir el mundo si no existiera Alan Lomax y su archivo. A 100 años de su nacimiento, celebrémoslo escuchando su fascinante archivo.

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