Vivir la vida

Vivir la vida

Quén se atreve a hablar de felicidad eterna a seres que ni imaginan qué es? Referirse a recompensas y castigos es entrar en el juego humano más maligno: el de la avidez y del temor, el de la compraventa; es convertir a dios en un tenebroso contable de culpabilidades. Quizá lo divino de veras sólo se halle en lo ordinario y en lo cotidiano. Quizá la santidad es un misterio tan grande como dios, y cuanto mayor sea, a la manera de la oscuridad, se verá menos, y, a la manera de la belleza, sólo será verdadera cuando carezca de la consciencia de sí misma. Por eso yo no estoy nada convencido de que la gran cuestión sea si hay vida tras la muerte, sino si hay vida durante la vida. En eso, en vivir, reside la primera obligación de cualquier ser. Los que desdeñan esta vida son los que más desean que haya otra eterna; por eso suelen pecar de crueldad, porque están dispuestos a cualquier sacrificio, ajeno sobre todo. Si dios y el cielo existen, están aquí y ahora. Si no somos capaces de percibirlos ahora y aquí, tampoco podremos percibirlos después. Al rayo de luz no hay quien lo capture con la mano; sólo un espejo lo tomará y reflejará. Tal es la razón de que las religiones sean innecesarias: nos predican el difícil modo de entrar en una casa cuyas puertas están de par en par abiertas; nos hacen temer que se apague la luz de nuestra vela cuando gozosas voces cantan a pleno día.

ANTONIO GALA

http://www.elmundo.es/opinion

Pintura de Matisse

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