Acto de guerra

Soy perfectamente consciente, respetado lector, que a estas alturas debe usted estar harto. Por un lado, harto, por otro sublevado y por otro más, desconcertado. No crea que no me he resistido a ese impulso fácil, casi obligatorio, de escribir sobre los atentados que tuvieron lugar hace cuatro días en la ciudad de París. Todo mundo habla y escribe de ello. Ad nauseam. Y por eso mismo sufrí la tentación de abordar cualquier otro tema menos manoseado, sea o no de actualidad. Ya chole.

 Acto de guerra

Sin embargo, el hecho es de una significación enorme y posee numerosas connotaciones y derivaciones. Y no todo, ni mucho menos, ha sido dicho. En medio de ese diluvio de noticias y comentarios, aunque parezca mentira, hay huecos, ausencias. Faltas. Dejemos de lado que muchas de las crónicas son contradictorias e incluso falsas. Y muchas de las opiniones insuficientes, fáciles o erróneas.

De manera que, venciendo esa tentación, y abusando de su paciencia e indulgencia, me dispongo yo también a trillar lo trillado. No perderé la oportunidad áurea que lo acontecido me brinda para expresar, desde mi propia e inusual perspectiva, aquello que está clamando a gritos ser expresado. Y que amenaza prolongarse y convertirse en una serie especialmente larga de escritos y reflexiones.

Ello tiene que ver con la historia, pasada y futura de la civilización. Y tiene que ver con la actual coyuntura crítica por la que atraviesa, estos precisos años, esta precisa civilización.

Entrémosle. Lo sucedido ha provocado un auténtico alud mundial de indignación y repudio. Es natural. No obstante, a pesar de ser del todo comprensible, no deja de ser exagerado. Como que se han desgarrado demasiadas vestiduras, con demasiada teatralidad. Ello ha comportado que en un sector nada despreciable se produzca un sentimiento crítico y de descalificación ante tales muestras desmedidas de horror y condena.

Dichas voces enfatizan el que en acciones mortíferas equivalentes y recientes no se haya desatado semejante alboroto. Recuerdan que cuando hace apenas unas semanas la aviación estadunidense bombardeó el hospital de Médicos sin Fronteras de Kunduz en Afganistán, provocando la muerte de decenas de víctimas, entre pacientes y personal médico, muchos de ellos quemados vivos, no se desató, ni mucho menos, un escándalo ni una condena semejantes. Reconozcamos que en ese caso existían dos atenuantes, tan claros como definitivos: uno, se había tratado de “un error” y dos, los atacantes eran gringos.

Hace dos semanas un grupo guerrillero cercano al Estado Islámico derribó un avión de pasajeros que regresaban de sus vacaciones en las playas del Mar Rojo, matando a más de doscientas personas. De ello se habló un poco más porque eran muchos, pero no demasiado porque eran rusos.

Y el jueves, un día antes de Francia, el propio Estado Islámico reivindicó las explosiones que mataron a más de 40 personas en las calles de Beirut, y cuya muerte quedó del todo oscurecida por las de la Ciudad Luz.

De acuerdo, París es París, y lo que suceda ahí, de un desfile de modas a un atentado, gozará de una resonancia de la que carecen otros pueblos y urbes. Lo que sea de cada quien. Pero ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Dicha resonancia es ante todo, sobra decirlo, mediática, y cada vez más los pobladores de la Tierra nos dejamos pastorear por ese Cuarto Poder que, me temo, ya se ha convertido en el Primero.

Digámoslo claro: la cadena de atentados en la rive droite, la margen derecha del Sena fueron espectaculares. Sensacionales. En el sentido estricto de ambos adjetivos. Hubo quien no dudó en calificar lo acontecido como “el 11 de septiembre francés”, comparación únicamente sostenible si se equiparan no cuantitativamente, sino por el papel que ambas metrópolis juegan como centros del mundo.

Ello no justifica, sin embargo, las expresiones definitivamente desorbitadas que hablan de una “agresión a la humanidad en su conjunto” o de un “ataque a la libertad y a la civilización occidental”. Afirmaciones fuera de lugar, que sólo estados de ánimo cercanos a la histeria pueden explicar.

La única cosa sensata que ha dicho desde ese momento el presidente Hollande fue, ayer en la mañana frente al Pleno del Parlamento reunido de urgencia, cuando proclamó que “Francia está en guerra”. Así es. Lástima que se haya dado cuenta apenas orita y que haya sido necesario que la sangre corra sobre los emblemáticos adoquines de sus calles. Francia ya estaba en guerra cuando atacó a Libia y Mali, y cuando, hasta hoy día, sigue atacando a Siria, la República Centrofricana y el Chad.

La pregunta clave es, después de lo acaecido, cómo y qué tanto están dispuestos los gabachos de allá a continuar esa guerra, si se van a aliar a los Estados Unidos en su inminente expedición punitiva, y si la Unión Europea va a aprobar tales propósitos

Proponer a semejante estructura acatar normas leoninas originaría sin duda objeciones severas. En los ámbitos decisivos europeos la aventura nunca tendría éxito. Vemos incluso cómo algunos diplomáticos externan tajante rechazo a secundarla.

En efecto, monsieur Hollande, La France est en guerre. Sigue en guerra. La única novedad es que los tiznadazos ya están llegando al otro lado del frente. Los atentados del viernes, al margen de cualquier otra consideración, sólo pueden ser definidos así: como un acto de guerra.

MARCELINO PERELLO

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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